El 26 de julio pasado, cuando se conmemoró en Cuba el 47 aniversario del asalto al Cuartel Moncada, Fidel Castro marchó en La Habana al frente de una multitud de más o menos un millón de personas, que voz en cuello demandaba la suspensión del embargo estadounidense que ha estado en vigencia por más de 38 años. Calzado con zapatos tenis fabricados –muy seguramente– en el mundo capitalista, Castro caminó hasta la Sección de Intereses de Estados Unidos, lugar donde finalizó la marcha. Allí mismo abordó su Mercedes Benz color negro, y una vez dentro del lujoso automóvil, es muy probable que haya encendido un puro, que se haya frotado las manos con disimulada satisfacción, y que en lo más recóndito de su ser haya expresado con profundo alivio: ¡bendito embargo! Después de todo, Castro sabe perfectamente bien que el embargo sigue siendo la excusa de oro que necesita para justificar ante el pueblo cubano la terrible escasez y miseria que se padece en la hermosa isla.
Sólo los irredentos izquierdistas creen todavía que la desastrosa situación económica que se vive en Cuba es consecuencia del embargo que Estados Unidos le impuso a comienzos de los años 60 en respuesta a las confiscaciones, estatizaciones y alineamiento beligerante con el mundo comunista, que Castro jubilosamente decretó en esa época. Son incapaces de aceptar que la razón primaria del caos económico es la existencia de un sistema político y económico que niega la libertad de las personas para producir, vender y disfrutar del fruto de su trabajo. Los que creen que el embargo es la razón primigenia del fracaso de la revolución cubana deberían preguntarse por qué fracasaron las economías de la extinta Unión Soviética y la de todos los países de Europa del Este que giraban en su órbita. ¿Es que acaso creerán que su derrumbe también se debió a algún “bloqueo imperialista”?
Pero las voces que claman por el levantamiento del embargo no proceden sólo desde el interior de Cuba, sino también –y con mucha mayor fuerza todavía– de muchos congresistas norteamericanos representantes de estados agrícolas, y de los mismos empresarios de esos estados que desean entrar al mercado cubano. Dwayne O. Andreas, amigo personal de Fidel Castro y presidente de la billonaria empresa transnacional, Archer Daniels Midland (ADM), que se anuncia con el ultracapitalista eslogan de “el supermercado del mundo”, es uno de los más fuertes proponentes de la finalización del embargo. Para Andreas, Cuba es “…un mercado de 11 millones de personas, y un mercado muy, muy importante… es como otro estado de la Unión, el estado 51”.
En la comunidad cubana del exilio existe una gran resistencia a la suspensión del embargo. Muchos cubanos exiliados creen que una afluencia mayor de turistas norteamericanos a Cuba, y el aumento del flujo comercial que necesariamente seguiría a la apertura, fortalecería la capacidad de represión de Castro. El exilio tiene razón, pero sólo en parte. Lo que, aparentemente, su vehemente anticastrismo les impide ver, es que la presión que a muy corto plazo esa apertura generaría sobre el régimen, haría que éste saltara en pedazos más pronto que tarde. Castro sabe muy bien eso, y en el fondo debe temer a la ausencia del embargo.
Andreas tiene razón cuando dice que “si el embargo se levantara, Cuba rápidamente se convertiría en un país más democrático y capitalista”. Obviamente que Castro aborrecería ese inevitable resultado, porque sería el fin del oprobioso calvario que le ha impuesto al pueblo cubano por más de 40 años. Y aquellos socialistas que odian al capitalismo, sufrirían lo indecible al ver que el vilipendiado mercado triunfó –una vez más– sobre la fracasada ideología socialista.