El gremio cafetalero, productor de nuestro principal rubro de exportación, alega estar en dificultades financieras. Las razones que aduce son los bajos precios internacionales, la falta de infraestructura, los altos costos de producción, la inseguridad en el campo, y un problema surgido a raíz de la interrupción en el financiamiento de un programa de renovación de cafetales durante el gobierno anterior, que obligó a algunos de sus miembros a usar recursos de habilitación de corto plazo para financiar actividades productivas de mediano y largo plazo.
Los caficultores están en conversaciones con el Gobierno para buscar solución a los problemas que enfrentan. Por lo pronto, la Financiera Nicaragüense de Inversiones (FNI) –que transfiere recursos externos a la banca privada, la que a su vez los canaliza a los productores–, ha accedido a considerar la situación crediticia de cada uno de los productores a título individual. Con el estudio de cada caso se determinará la causa del atraso en los pagos y se decidirá si amerita o no una prórroga de hasta dos años. El tratamiento caso por caso nos parece que es una medida acertada, porque no sería correcto darle el mismo tratamiento a los caficultores que están en dificultades por razones ajenas a su voluntad, que a aquéllos que lo están porque han desviado prenda o porque han sido descuidados en el manejo de sus propiedades.
Aquellas prácticas de la época sandinista, cuando el sistema financiero estaba totalmente en manos del Estado y otorgaba condonaciones de deudas a diestra y siniestra, deben ser cosas del pasado. Ese comportamiento absurdo e irresponsable de una banca que operaba con criterios estrictamente políticos y no económicos, le causó un gran daño al país. Estableció la cultura del no pago y contribuyó a destruir la capacidad productiva.
La administración de una finca cafetalera, en términos gerenciales, es similar a la de cualquier otra empresa: requiere de la aplicación de sanos principios administrativos. El incremento de la productividad, o sea, el aumento de la producción de quintales por manzana debe ser una de las metas principales de los productores. La productividad en Nicaragua es sumamente baja, e inferior a la de otros países cafetaleros centroamericanos. Eso hace que los costos de producción unitarios sean sumamente altos.
Los cafetaleros deben también de estar claros que el café es un producto que año con año tiene fuertes fluctuaciones de precio. Eso debería obligarlos a ser cautelosos en el manejo de sus recursos financieros. Un año con buenos precios no quiere decir que sea el momento para gastar todos los ingresos, porque pueden estar seguros que vendrán años de malos precios y de bajos ingresos. La reinversión de las utilidades –cuando las hay– en el aumento de la productividad, es la mejor forma de asegurarse contra los años de las vacas flacas.
Por otro lado está el papel del Gobierno. El Gobierno debe ser un verdadero facilitador y no un entorpecedor de la producción. Los altos impuestos, los altos costos de los combustibles, son –entre otros– factores que no favorecen a los empresarios del gremio caficultor ni de ningún otro gremio productor. Cuando los productores le reclaman al Gobierno por esos altos costos, éste alega no poder hacer nada al respecto. Pero eso no es cierto. El Estado no puede ni debe resolverle todos los problemas a los productores, pero tampoco debe agravárselos. Una conversación abierta y sincera entre ambos grupos se hace urgente y necesaria. Asimismo, las retenciones que están en manos del Gobierno y que legítimamente le pertenecen a los caficultores deben regresar a éstos de inmediato para que con ellas puedan ayudarse en la solución de sus problemas. El sector cafetalero produce una buena proporción de las divisas que le ingresan al país. Merece ser escuchado con atención, respeto, y buena voluntad.