La fascinación con el Estado

  • Nicaragua necesita más
    emprendedores y menos Estado. Pero los emprendedores deben de estar fuera de este último, a fin de que se pueda dar el divorcio
    indispensable entre el poder
    político y el poder económico

Jorge [email protected]

En Nicaragua hay muchas personas que consciente o inconscientemente tienen depositada su fe en el Estado. Lo consideran como el instrumento ideal y omnipotente para lograr el desarrollo económico y social de nuestra nación, o para, -como suelen decir nuestros locuaces políticos- “darle respuesta a la problemática del país”. Eso se aprecia de manera especial en artículos de opinión que con frecuencia aparecen publicados por economistas, sociólogos, ecologistas y columnistas regulares. De esa fe y fascinación no se escapan ni los diputados liberales. Cuando en ocasiones hablo con alguno de ellos me quedo preguntando que qué es lo que entenderán por liberalismo. Y ya no digamos nada del encanto que el Estado ejerce en los miembros de partidos de izquierda.

Ahora bien; esa fe ahora no se manifiesta de manera abierta como en el pasado, sino que queda discretamente disfrazada en forma de críticas, comentarios o propuestas. Se terminaron los tiempos en los que era política e intelectualmente correcto idolatrar públicamente al Estado, lo que de ninguna manera significa que solapadamente no se le siga quemando el incienso de la admiración desmedida. Los términos “neoliberalismo” y “globalización” se han convertido en las palabras código de sus adoradores. En ellas engloban todos los males, reales e imaginarios, que existen en la sociedad. Con esos términos manifiestan su desdén por el sector privado y empresarial, y por todo aquello que tenga que ver con el mundo de los negocios, al cual consideran intrínsecamente explotador y corrupto.

Lamentablemente, los escritos de esas personas forman opinión en los lectores y refuerzan mitos e ilusiones utópicas de lo que un gobierno puede realmente hacer para impulsar el desarrollo de un país. En todos ellos se percibe una gran desconfianza en la capacidad de los individuos para resolver problemas y para mejorar sus condiciones de vida. Las empresas y los negocios no son vistos como una forma legítima de mejorar la situación económica de sus dueños y de sus familias, ni como instrumentos que satisfacen las necesidades de los ciudadanos y que son saludables para el país, sino como inmorales mecanismos de enriquecimiento a costa de los pobres.

Hay en esas personas, sin duda alguna, un problema de mentalidad, el cual, afortunadamente, no es compartido por todos aquellos nicaragüenses creativos y emprendedores que no esperan que el gobierno sea el que les resuelva sus problemas, sino que ponen en marcha ideas y acciones productivas que son las que van transformando a Nicaragua. En nuestro país existe, a partir de 1990, un sistema que permite tomar iniciativas individuales. Es por eso que vemos cantidad de negocios que en los años 80 eran inimaginables, cuando toda iniciativa individual era ahogada por un Estado controlador y omnipresente.

No podemos hacernos falsas ilusiones. Son las personas -las que actuando de manera individual, o asociadas voluntariamente en la consecución de un interés empresarial legítimo- quienes pueden con su esfuerzo y ambición hacer que el país se desarrolle. El Estado tiene un rol legítimo e importante que jugar, y es el de facilitar el ambiente y las reglas del juego que le permitan a los individuos planear y ejecutar sus proyectos. La defensa de la vida, de la libertad y de la propiedad, son las funciones que le corresponden. El resto es asunto de los individuos. Es el Estado “pasivo” que proponían Locke y Montesquieu, pero es una pasividad fecunda porque permite el accionar creativo de las personas. Es lo contrario del torpe y estéril activismo estatal que todo burocratiza y paraliza.

Nicaragua necesita más emprendedores y menos Estado. Pero los emprendedores deben de estar fuera de este último, a fin de que se pueda dar el divorcio indispensable entre el poder político y el poder económico. Cuando esa saludable separación -que no significa confrontación- no ocurre, el resultado es que ni el individuo ni el Estado pueden hacer el aporte que verdaderamente les corresponde al bienestar de la sociedad. Es por eso que el funcionario estatal debe dedicarse al cumplimiento de sus funciones y dejar el mundo de los negocios al sector privado, algo que desafortunadamente no ocurre aquí. Pero en todo caso, los nicaragüenses debemos de estar atentos para no sucumbir ante los cantos de sirena de aquéllos que satanizan la iniciativa privada y que glorifican al Estado.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  

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