- Para Chávez, lo fundamental no son las empresas, sino los
trabajadores, pero jamás se ha puesto a pensar que si la empresa no gana dinero, se seca la
fuente de trabajo
Carlos Alberto Montaner
¿Qué va a pasar en Venezuela tras las elecciones del 30 de julio? Va a pasar lo peor. Si Chávez gana –lo que parece muy probable– el país se encaminará velozmente hacia el despeñadero. El coronel pisará con más fuerza el pedal del horror. Hasta ahora cuanto ha ocurrido sólo ha sido el ensayo general para el desastre mayor que se avecina. Veremos más éxodo, más penurias, más desempleo, más destrucción de las clases medias y más fuga de capitales. ¿Cómo se puede predecir un panorama tan desolador de forma tan categórica? Porque una sociedad sólo puede ser lo que le permite y potencia su aparato productivo, sus empresas, y cuanto hace el presidente Chávez es contrario al desarrollo económico. Es un fabricante de miseria nato. Es un destructor de empresas.
El asunto es tan sencillo que da vergüenza tener que insistir: la riqueza sólo se produce en las empresas. No es en la universidad, ni en los cuarteles, ni en las iglesias. Se puede tener magníficas universidades, como las había en la URSS o en la Bulgaria comunista, en medio de un país miserable. Se puede tener un ejército de médicos brillantes y desesperados chapoteando en una letrina, como sucede en Cuba. Pero si se quiere un país próspero, equilibrado, donde todos los sectores tengan un parecido nivel de desarrollo, eso sólo se puede lograr con un vasto, diverso y sólido tejido empresarial.
¿Y eso no puede hacerse desde el Estado? Es casi imposible. Los gobiernos son pésimos empresarios. ¿Por qué? Porque el principal objetivo de los gobiernos no es producir eficientemente sino satisfacer a la clientela política que los mantiene en el poder. Donde funciona el mercado, el empresario está obligado a conquistar cada vez mayores cuotas de productividad. Es una batalla agónica. Tiene que premiar al trabajador eficiente y penalizar al que no lo es. Su norte es la competencia. Si no actúa de esa manera la quiebra es inevitable. Cuando los gobiernos son empresarios, la lógica es otra: entonces la empresa se convierte en un surtidor de privilegios para los cortesanos. PEMEX, la petrolera estatal mexicana, necesita ocho personas para producir lo mismo que un empleado de la Shell.
¿Qué ha hecho Chávez para ganar las elecciones del 30 de julio? En medio de una feroz recesión decretó un generoso aumento general de salarios. ¿A la gente no le alcanzaba el dinero? Sencillo: denle más. Pobrecillos. A Chávez le importaba un comino si las empresas podían o no pagarlo. La ley le traería una montaña de votos. Los votos de los que, al menos por un tiempo, conservaban el empleo. Le tenía sin cuidado si la medida provocaba el despido de miles de trabajadores o si destruia la tesorería de cientos de empresas. Lo básico era el gesto generoso, exhibir una noble preocupación con el pobre asalariado.
Hace dieciocho meses, cuando Chávez llegó al poder, Venezuela era un país pobre, organizado en torno a un Estado rico que controlaba el 70% del PIB. Por el camino tomado esa perversa relación se acentuará progresivamente. Cada mes, cada año que pase, el empresariado será más débil, la proporción de riquezas en manos del Estado será mayor, y los ciudadanos serán cada vez más pobres. ¿Cómo se enfrentará Chávez a esta situación? Como siempre: con discursos altisonantes, patrióticos, como Castro, el otro loco suelto en el fecundo manicomio caribeño. Así son los revolucionarios: semejantes a una curiosa especie africana de sapos que crían los huevos en la boca. Vomitan vida. Convierten las palabras en cosas y las cosas en palabras. Se encaraman en una tribuna, hablan durante tres horas, sienten la electricidad de las masas y la descarga de adrenalina les confirma que han cumplido con la patria. Luego regresan a la casa de gobierno en medio de la adulación más abyecta y comienzan a planear la próxima perorata.
¿Le bastarán a Chávez los discursos para mantenerse en el poder en medio de una creciente pobreza? No. En su momento vendrán el recorte de las libertades y las descalificaciones peligrosas. Es casi inevitable. El complemento de los gobernantes fracasados es el aumento de la policía política. El discurso encendido es sólo el aperitivo. El plato fuerte estará hecho de palo y calabozo. Así ha sido siempre. Eventualmente, quien no apoye a su gobierno será un traidor a la patria, un enemigo de los pobres, un canalla. Quien intente salvar su fortuna será un delincuente egoísta. ¿Y los medios de comunicación privados? Obvio: mientras más aguda sea la crisis general de las empresas, más vulnerables serán a la presión del Estado y a la extorsión de los gobernantes. Cada anunciante que quede en el camino será un soporte menos que tendrá la prensa libre. Pero esto es bueno para Chávez. Le beneficia. Lo que le conviene para remodelar a Venezuela de acuerdo con sus fantasías revolucionarias no es la solidez de las empresas, sino su debilidad. Él sabe que es ahí donde se crea la riqueza. Por eso quiere destruirlas. Él quiere ser la única fuente de riqueza. Aunque cada día que pase el país descienda un peldaño hacia el infierno. [FIRMAS PRESS]