Masaya, una vez más

  • Hoy los masayas y nindirises han vuelto de nuevo a andar el mismo camino de hace más de 228 años, si bien es cierto con una actitud diferente, pero siempre con la
    misma fe inquebrantable

Justo Pastor Ramos

“Sube mi oración delante de ti como el incienso. El don de mis manos como la ofrenda de la tarde”. Salmos 141: 2.

Ignorar los cimientos sobre lo que descansa el edificio admirable del espíritu del hombre es permanecer en cierto modo, al margen de la vida. El 16 de marzo de 1772, desesperados se conmovieron nuestros antepasados a causa de la más grande actividad volcánica que registra nuestra historia contemporánea, la tarde del recién pasado 6 de julio vuelve a colmarse una vez más de angustia el corazón de Masaya. Una nueva convulsión telúrica emanada de las milenarias cicatrices que oscilan eternamente sobre nuestra geografía, impone la muerte y la desesperación en Quebrada Honda, cuando el diamante hermoso de la Laguna de Apoyo esparcía sereno su cristalino esplendor, un convulsivo estruendo desgrana las piedras de la montaña que privan la prometedora existencia de una niña dulcemente indefensa y más tarde botaría viviendas y templos de oraciones en los que de sus retablos arrancaría también imágenes de Cristo que producirían las lágrimas de Lucrecia Valencia, que hoy han de pasar a la historia como referencia de la fe, de lo sagrado y lo divino, de la adoración y del culto.

El 16 de marzo de 1772 ante el turbulento arrebato del viejo Popogatepe que centelleante amenazaba con el total exterminio, los antiguos masayas llevaron desde su templo hasta el bajadero de El Carmen a la Virgen de la Asunción, implorando en este lapso fúnebre su intercesión ante el Todopoderoso para que pusiera fin a la ígnea tempestad. En Nindirí los aterrorizados ancestros chorotegas tomaban también en devota rogativa al Señor de los Milagros, quienes suponían que la catástrofe tenía causas sobrenaturales y que esto sucedía como un castigo celestial por practicar aún viejas creencias míticas, pensando así anduvieron de rodillas por muchas horas sobre las arenadas y siempre floridas calles del poblado lacerándose con duras “coyundas de cuero crudo” hasta hacerse sangrar abundantemente el cuerpo.

Hoy los masayas y nindirises han vuelto de nuevo a andar el mismo camino de hace más de 228 años, si bien es cierto con una actitud diferente, pero siempre con la misma fe inquebrantable de un pueblo creyente que encuentra en esa fe la seguridad, la paz, el amor, el gozo y, aún, el éxtasis; vuelve por esas mismas calles llevando la esperanzadora plegaria en la que imploran “perdón y misericordia”, y como siempre hay un pedazo de cielo entre el mundo de sombras que nos rodea, van clamando al Divino Creador para que abra sus manos sobre la pradera que ha dado un espacio a la recreación del alma y vuelva a entretejer en el corazón abatido el verso que viene de lo alto con la poesía de la piedad celestial.

Nuestro pueblo creyente y seguro bajo el cielo de Nicaragua, como en todos los tiempos, implora el amor de Dios, desde lo más elevado del sentimiento humano y canta, con devota serenidad, el “Perdona a tu pueblo Señor”, expresión rogativa que recordarán los campos y los prados florecidos con el azul del cielo y la fuerza de la tierra, que recordará un pueblo penitente que invoca con fe, estando consciente que es barro de la carne en el milagro de Dios, que es el aroma de sus manos en el que puso un pedacito de su cielo con el rumor inconfundible del espíritu divino.

Masaya la “India Bonita” de Tzultacah, señor del valle y la colina, del rumor de la selva, del bosque y la montaña: la “melodiosa hechicera” de nuestro insigne Rubén, ha merecido del Dios Todopoderoso su misericordia por la fe que mueve montañas; ha recibido la solidaridad de quienes han compartido su tragedia, como lo hizo Managua cuando rezó y pidió piedad a la Sangre de Cristo en una inmensa manifestación de fe y penitencia.

El infernal cinturón de fuego sobre el que nos asentamos continuará, indudablemente, abriendo sus fauces ocultas y se desgranarán de nuevo las piedras de la montaña, pero el alma, como el corazón del hombre que reza a nuestro Dios, seguirá adelante trascendiendo el tiempo con la fe y la fortaleza que distingue. “Porque ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe”.

El autor es historiador, residente en Nindirí.  

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