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La Policía debería prohibir el uso de morteros en las manifestaciones políticas, porque la forma en que los usan, imitando un lanzagranadas, los ha convertido en arma peligrosa. El saldo de al menos 15 heridos o quemados, incluidos niños, en la concentración sandinista del 19 de julio, es motivo suficiente.
Pero al margen de que las autoridades consideren la prohibición, los líderes políticos podrían dar el ejemplo eliminándolos de sus actividades, porque también constituyen una expresión primitiva del quehacer político nacional.
Por diversas razones en la historia nicaragüense, las manifestaciones políticas, electorales o no, han tenido su dosis de violencia, pero ya es tiempo de comenzar a cambiar esa cultura, del puñetazo y el morterazo, aun cuando sólo lo hagan con el afán de celebrar.
Un hombre perdió su mano y su mujer y sus hijos resultaron con lesiones menores, el jueves en La Borgoña, donde los manifestantes, después de su vigilia, dejaron un mortero abandonado en un campo de béisbol.
Es difícil cambiar una cultura política de décadas, pero es necesario hacerlo porque sería trágico heredarle a los niños de hoy un comportamiento arcaico en un contexto social y político más juicioso, como suponemos que transcurrirá la vida a mediano plazo en Nicaragua, si prospera la democracia y ninguna dictadura vuelve a entronizarse.
Los cohetes y morteros habían sido inofensivos como ingrediente bullicioso de las celebraciones folklóricas y patronales, hasta que a los agitadores políticos se les ocurrió, en los años 90, lanzarlos desde un tubo recortado, semejante a un fusil, tal vez rememorando la época de guerra que, de seguro, muy pocos querrán que vuelva.
Muchos años antes, los indígenas de Monimbó usaron morteros y bombas de contacto como arma de defensa, frente a la guardia de Anastasio Somoza en 1978, cuando se insurreccionaron tras el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Eran otros tiempos y su defensa tenía justificación.
Tras las elecciones de 1990, con la derrota sandinista y la desmovilización de los contras, la guerra pasó a la historia y la mayoría de nicaragüenses empezamos a pensar que lo más importante era pacificar y democratizar el país, para reconstruirlo.
Eso implicaba cambiar ideas y actitudes, sobre todo la forma intolerante de hacer política. Hemos avanzado pero falta mucho y sería razonable, con ese fin, erradicar símbolos de violencia como los morteros.