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En una oportunidad escuché a un alto dirigente de la empresa privada decir que la única posibilidad que tiene Nicaragua de salir de la pobreza es mediante la realización de un gran proyecto, como el de la ruta interoceánica en cualquiera de sus dos versiones: una vía férrea (llamada popularmente “canal seco”) o un canal acuático como el de Panamá. Los estimados de inversión van desde los 1,500 millones de dólares para el primero, hasta los 25,000 millones para el segundo. “No es posible” –decía– “que produciendo caña, maní, sorgo y cosas así podamos salir de esta situación”.
Habrá quienes estén de acuerdo con la opinión del dirigente empresarial, pero otros no lo estamos. Eso no quiere decir que nos opongamos a la consideración de proyectos de esa naturaleza, sino que simplemente nos rehusamos a aceptar que ellos sean –necesariamente– “una solución”, y mucho menos aún, “la única solución”,
De momento existen dos grupos privados que están impulsando la idea de una vía férrea. El Gobierno, por su parte, ha formado una comisión para investigar las posibilidades de un canal acuático. Todo eso nos parece bien, porque en Nicaragua todo puede cambiar, menos su posición geográfica, por lo que conviene estar enterados de la posible demanda de rutas de tránsito alternas al Canal de Panamá. La posición geográfica de nuestro país, combinada con una alta tasa de crecimiento del comercio mundial, hace inevitable que nuestro país siga siendo considerado como una de las opciones por donde puede construirse una nueva ruta interoceánica, y en el caso de un canal acuático –según los entendidos en la materia– en la única opción, dada la abundante cantidad de agua que tiene el Gran Lago de Nicaragua.
Pero de ahí a confiar en que un gran proyecto sea la panacea de nuestros problemas económicos, hay una gran diferencia. Peor aún: es peligroso. Basta observar las experiencias de otros países en donde los proyectos multimillonarios, lejos de haber sido “la solución” esperada, resultaron ser más bien una especie de maldición. Ahí tenemos el ejemplo de Venezuela con su industria petrolera. Los líderes de ese país hicieron creer a los venezolanos que el oro negro bastaría para darles a todos el tan ansiado bienestar económico. Los venezolanos lo creyeron y se olvidaron de aprender a trabajar y de producir. Hoy, después de una breve fiesta petrolera, Venezuela está en una situación económica, social y política, miserable. México es otro caso similar.
Otros países, en cambio, sin ningún recurso natural ni megaproyecto salvador, han pasado de la pobreza a la riqueza en un tiempo relativamente corto. Taiwan es uno de ellos. La izquierda política mundial en los años 50 describía a Taiwan como “una fábrica semi-colonial” de los Estados Unidos –una posición muy parecida a la que tiene la izquierda actual en relación a los países donde operan fábricas maquiladoras–. Los taiwaneses en aquel entonces producían sólo chucherías, y tenían un ingreso per cápita muy similar al que tenía Nicaragua. Hoy, sin embargo, Taiwan es un país industrializado, productor de alta tecnología, y con un ingreso per cápita 34 veces superior al nuestro. Su punto de partida fue la agricultura, precisamente el sector que nuestro dirigente empresarial menosprecia.
Mucha razón tiene el investigador y escritor económico, Lawrence Harrison, cuando dice que “el subdesarrollo es un estado mental”. Si creemos que estamos condenados a ser pobres, y que sólo un golpe de suerte puede salvarnos, pues seguiremos siendo pobres y continuaremos, como hasta ahora, concentrando nuestros esfuerzos en preservar y en aumentar la “ayuda internacional”, o en encontrar una tabla de salvación en un mega proyecto.
Por eso es que muy mal haría el Gobierno si presentara cualquiera de esos grandes proyectos como “la solución” a nuestra miseria, ya que con ello estaría fomentando en la ciudadanía una vana ilusión y una mentalidad de jugador de lotería. Eso sería lamentable. Nosotros estamos convencidos de que Nicaragua puede levantarse, debe levantarse y se levantará, en la medida que eliminemos barreras a la inversión privada. Para eso es indispensable una institucionalización del país que sea favorable a la operación de un sistema de economía de mercado sin ataduras ni privilegios, único sistema capaz de aumentar el nivel de vida de la población y de preservar, al mismo tiempo, la existencia de una sociedad libre.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA