¿Quién apuesta por el hombre?

Ministerio Arquidiocesano de PredicaciónMadre de la Nueva Alianza

Cada día que pasa, parece que el hombre deja de creer cada vez más, en sí mismo y en los demás. El escepticismo es la postura del hombre y de la mujer desencantado; una y otra vez manipulado y traicionado que ha cortado las alas a sus esperanzas y no cree en el mañana. Ya nadie cree en palabras, en discursos, en promesas y, quien aún pretende hacer creer lo contrario, lo único que demuestra es que oculta sus auténticos intereses. Las palabras están devaluadas, y lo que nos hace soñar, creer y esperar se eclipsa en el horizonte del esperar humano. ¿Cuándo es que muere la esperanza? ¿Por qué dejamos de creer en el hombre y en el mañana de éste?.

Dejamos de creer en el hombre cuando éste se enmascara y se esfuerza por ‘actuar’ como persona, olvidándose de ‘ser’ persona. Tras la constatación de malas actuaciones, el hombre deja de creer en el hombre, se esfuman los caudillos y se disipan las esperanzas. La esperanza muere cuando se obliga al hombre a esperar reiteradas veces defraudando su espera; un sentimiento de vaciedad, de traición se apodera del espíritu humano, y éste enferma de desconfianza, y la esperanza empieza a morir. Así mueren muchas esperanzas religiosas y políticas, y cuando un pueblo en masa asiste al entierro de tales esperanzas, asisten a su propio entierro. La muerte de la esperanza se anuncia por la aparición del escepticismo, el pesimismo y el nihilismo. El principal antídoto contra este mal es el optimismo. Dietrich Bonhoeffer afirma que “el optimismo es voluntad de futuro. En su esencia, el optimismo no es un punto de vista sobre una situación actual, sino que es una fuerza vital, una fuerza de esperanza; allí donde los demás abandonan, la fuerza de mantener erguida la cabeza; allí donde todo parece fracasar, la fuerza de soportar los reveses, una fuerza que nunca entrega el futuro al enemigo, sino que lo reivindica siempre para sí”. Quien pone el acento en las palabras vacías tiende a vaciarse y a contagiarse con el pesimismo, ¡el gran enemigo de la esperanza, el mismo que la entrega al mal que corroe el presente! Quien miente al hombre y quien miente a un pueblo, lo desprecia, “y quien desprecia a un hombre, nunca logrará hacer algo de él”. Cuántas mentiras y traiciones entretejen nuestra historia, cuánto menosprecio al hombre que pone su esperanza en un mañana que no llega, y lo que es peor, que le es arrebatado por promesas bajas y vanas.

Ya no se debe poner la confianza en quienes se han cubierto de falsedad y han cubierto de ignominia a nuestra tierra. Quienes se equivocaron ayer y se equivocan hoy, ya perdieron su oportunidad de ser una respuesta para el nicaragüense. Quien ha traicionado el presente, nos ha robado espacios de futuro; y quien se ha abrigado con las mantillas de la demagogia, sólo puede empeñar sus principios, su fe y su Patria. La desconfianza no es sin embargo, el camino de la construcción de una nueva historia y de una historia más humana. La democracia no se identifica con la pérdida de la memoria histórica; y el progreso tampoco se define por el incremento de espejismos a los que tienen acceso sólo ojos privilegiados. El odio de clases nos dejó sin valores; la emergencia y restitución vertiginosa de una única clase que se olvida de las demás, propició una guerra y cuantas veces se olvide de su tarea de ser promotora del bien común, y fiel propulsora de una inversión que no deshumanice al poseedor del capital, propiciará guerras que alzarán una única queja: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué necesitamos para salvar la esperanza? ¿Quién cree y desea creer en el hombre?

D. Bonhoeffer se pregunta: ¿Aún somos útiles?. “Hemos sido mudos testigos de actos malos, estamos de vuelta de todo, hemos aprendido el arte del disimulo y de la palabra equívoca, la experiencia nos ha enseñado a desconfiar de los hombres. A menudo hemos privado a nuestro prójimo de la verdad o de una palabra libre que le debíamos. Insoportables conflictos nos han reblandecido o nos han hecho quizás cínicos; ¿somos aún útiles? ¿Lo que necesitaremos no serán genios, ni menospreciadores de hombres, ni sagaces tácticos, sino hombres sencillos, humildes y rectos? ¿Será bastante fuerte nuestra capacidad de resistencia interior contra lo que nos ha sido impuesto y suficientemente despiadada nuestra sinceridad frente a nosotros mismos como para poder reencontrar el camino de la sencillez y la rectitud? ¿De la fe en el hombre y en Dios? Dios aún cree en nosotros ¿y nosotros en El? De nuestra respuesta, pende el mañana: apostarmos escépticamente por un puño de tierra o esperamos confiadamente en un mañana para esa tierra que llamamos: Patria. Dios bendiga a Nicaragua.  

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