EDGARD RODRIGUEZ [email protected]
Hay muchas cosas que pueden decirse de Tany Pérez, el terrible artillero cubano, que tenía por costumbre hacerse presente en esos momentos de asfixiante angustia que por lo general, terminan por arrugar a los demás.
Sin embargo la verdadera esencia de Pérez, mucho más grande incluso que sus propias estadísticas, fue su espíritu ganador, justo lo que compactó la constelación de estrellas que formaron la “Gran Maquinaria Roja”, de la cual fue su eje articulador.
Atanasio empujó más carreras que superastros como Mantle o DiMaggio, disparó más hits que leyendas como Williams o Gehrig, participó en 7 Juegos de Estrellas y actuó en cinco Series Mundiales y definió la última que ganó en 1975.
Sin embargo, durante 11 años pasó rebotando en la entrada del Salón de la Fama, hasta finalmente abrir sus puertas y unirse a figuras como Morgan o Bench con quienes hizo posible el dominio de Cincinnati a mediados de los setenta.
Morgan y Pete Rose encendían el fuego, volaban en las colchonetas y anotaban a favor de los Rojos. Y se les reconoció aún cuando las apuestas aislaron a Rose. Sin embargo Pérez, quien empujaba a ambos hacia el plato, permanecía en el olvido.
No obstante, el cubano que remolcó al menos 90 carreras durante once temporadas de su trayectoria, está listo para entrar a Cooperstown mañana y darle brillo a un sitio que pese a sus luminarias, reconoce a figuras del calibre de Tany.
Tany Pérez fue en esencia un limpia-bases, un empujador de carreras. No se trató de un jonronero nato o un hiteador. El estaba listo para dar el zarpazo en el momento de mayor trascendencia y empujar a su equipo hacia la victoria.
“La primera cosa que yo desee cuando fui a un campo de pelota, fue ganar”, afirma el cubano, quien puso de relieve ese sentimiento a través de su carrera de más de 20 años en las Grandes Ligas, que hasta ahora será reconocida.
El gran pecado de Pérez, fue que nunca ganó un liderato en algo importante, no bateó 400 jonrones (379) y su average de por vida fue un difuso .279. Sin embargo, a la hora de calibrar su presencia en los momentos decisivos, pocos están adelante.
Tany se convertirá este domingo, en el séptimo latino en ser exaltado a Cooperstown, donde se unirá a Roberto Clemente, Juan Marichal, Luis Aparicio, Orlando Cepeda, Rod Carew y Martín Dihigo, verdaderos “ases” en nuestra historia.
FISK NACIO PARA CATCHEAR
El historial de Carlton Fisk es amplísimo. Sin embargo, lo que verdaderamente ilustra su devoción por un deporte que jugó con el corazón, fue aquella escena registrada en 1990, cuando tumbó a Deion Sanders, quien se negó a correr tras una rola al infield.
“No merece estar en este juego”, se limitó a decir en aquella ocasión Fisk, sobre el entonces prospecto de los Yanquis, interesado más en mostrar sus aretes y cadenas que sus habilidades para electrizar las tribunas y defender su salario.
Pero Fisk no sólo fue un respetuoso del juego. Fue capaz de descargar 351 jonrones y de trabajar durante 2,226 partidos como catcher. En ambos rubros ha sido el mejor de la historia, mientras destacaba en la conducción de los lanzadores.
Su carrera comenzó en 1972 y de entrada capturó el título de Novato del Año, ganó un guante de oro y encabezo la liga en triples. Fisk fue un receptor ágil y con una enorme flexibilidad, pese a su gran tamaño (6.3) en una posición para bajos.
Dice Tim Kurkjian de ESPN, que una vez preguntaron a Buddy Bell, el actual timonel de los Rockies, que describiese a Fisk. Y lo hizo con una contundencia tal que no hubo necesidad de más: “el fue un hombre”.
Pero fue un hombre fuerte y grande. Durable y batallador, pero sobre todo, alguien que ejerció su papel de hombre, porque entendió el juego y su rica herencia, a través de sus 24 años de carrera, 13 de los cuales los pasó en Chicago.
Su jonrón ante los Rojos en el sexto partido de la Serie Mundial de 1975, es el punto más luminoso en una carrera, que alcanzó puntos culminantes también en 1983, al empujar a los Medias Blancas al play offs ante Baltimore.
En 1985 disparó 37 jonrones, pese a sus 37 años. Actuó en 10 Juegos de Estrellas y fue el mejor cuando su equipo más lo necesitaba. Sólo él y Yogui Berra tienen más de 300 jonrones y más de mil remolques entre los receptores en la historia.
No fue tan buen bateador como el actual Mike Piazza. Tampoco es tan exacto como Iván Rodríguez con el bate, mascota y brazo, pero ninguno recoge el verdadero espíritu de liderazgo en un receptor que tanto hizo resaltar Fisk.
Por esto, mañana junto a Pérez serán recibidos en el Salón de la Fama del béisbol.