Ganó Fox, no el PAN

  • Toda acción presidencial tiene un costo político y Fox comenzará a sentirlo en cuanto asuma la Presidencia de México

Federico Dueñas de la Peña

El pasado 2 de julio en México el que realmente ganó las elecciones presidenciales fue Vicente Fox, no el Partido Acción Nacional (PAN), y su verdadero apoyo fue el “Club de Amigos de Fox”, fundado el 16 de septiembre de 1998 el que aglutinó a 5 millones 500 mil socios, mientras que el padrón de los miembros del PAN de acuerdo al Instituto Federal Electoral (IFE) no llega ni a 400 mil nombres.

Las elecciones del 2 de julio fueron, como dijo el brillante filósofo Carlos Monsivais, el HARTAZGO del PRI, contra el cual principalmente votó el sector juvenil urbano a nivel nacional. El mismo Fox dijo públicamente a tres días de su triunfo, que el PAN será uno más de los partidos que continuarán debatiendo por la instauración de la democracia en México y que ninguno de los actuales dirigentes formará parte de su gabinete de gobierno.

El mismo PAN deberá vigilar que Fox cumpla con los ofrecimientos de campaña. Fue lapidario y concreto: “Gobernaré yo, no el PAN”. Si hacemos a un lado las emociones y los triunfalismos verbalistas del momento de la victoria de Fox, no debemos olvidar que el temor de que el feroz neoliberalismo impuesto por tres ex presidentes, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, no es diferente de los compromisos que Fox asumió durante su campaña apoyado por intereses económicos de importantes magnates mexicanos y extranjeros, algunos de ellos dentro del Club de Amigos de Fox, así como por las presiones de los apoyos financieros de la banca internacional, el Banco Mundial, el BID, entre otros, cuyo neoliberalismo continuará empobreciendo (¿más todavía?) a los cincuenta millones de mexicanos ya empobrecidos por Zedillo y su partido a la fecha.

La ofrecida transición a la democracia de Fox es un reto que costará mucho sudor lograr. Hay compromisos antiguos y nuevos que no se pueden hacer a un lado con facilidad, pues toda acción presidencial tiene un costo político y Fox comenzará a sentirlo cuando comience a trabajar en la Presidencia después del primero de diciembre.

Por otro lado, el todavía PRI no quiere morir. Ha perdido el sillón de Los Pinos pero cuenta todavía con el gobierno en 20 de las 31 entidades federativas donde controla además los congresos locales. La revancha, el resentimiento, la decepción, la rabia medianamente contenida y el instinto de sobrevivir, de conservar privilegios “obtenidos” en 71 años de dictadura partidista no se abandonan de la noche a la mañana, son elementos simultáneamente intelectuales y pasionales que seguramente pondrán en jaque al nuevo presidente.

En un ambiente en el que recién se alcanza la libertad electoral, las demandas de los gobiernos priístas son una sólida presencia, así no sea mayoritaria, en las cámaras federales, en las que seguro tratará de poner en jaque los nuevos proyectos que por estos días son acuñados por gente ajena al Partido Acción Nacional.

Así pues, el nuevo presidente tendrá que negociar con los partidos de oposición, incluyendo al mismo PAN que lo registró como su candidato al sillón de Los Pinos. El mismo Fox ha establecido las reglas del juego. Un juego en el que se corre el alto riesgo de resultar linchado no sólo por los partidos de oposición, sino también por sus mismos correligionarios al verse desplazados por otras personas a la hora de repartir los puestos del nuevo gobierno.

Eso ya lo vivimos aquí en el 90 con el triunfo electoral de doña Violeta, cuando las huestes salvajes del maltrecho comandante sentenciaron … ¡y cumplieron!: “Mandaremos desde abajo”. Cumplieron y siguen cumpliendo, sólo recordemos el pacto libero-sandinista.

El autor es empresario privado.  

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