- Ante la miseria y
el desamparo, la Constitución es algo muy serio, pero muy distante
Sergio J. cuarezma T.
Diez y diez minutos de la noche. Frené frente al disco rojo del semáforo. Bueno, lo había en aquel momento; era el que regulaba los giros, a la izquierda Hospital La Mascota, a la derecha residencial El Dorado, de frente el Mercado Huembes. ¿Se ubican?.
Estaba en la fila izquierda, el tercero, delante de mí, para variar, dos taxis; viernes de noche. Preámbulo para unos, de descanso, para otros, simple rutina. Un bombillo de una cuartería alumbraba tenuemente la esquina derecha, casas –nos hemos acostumbrado en llamarles así– frágiles, desmedradas, figuras chorreadas de lodo y tristeza, fósiles de lágrimas de pobreza. Detuve la mirada en algo muy tierno, una niña, entre tres y cuatro años, en cuclillas, con sus coditos reposados en sus rodillas y sus dos pequeñas manos deteniendo con firmeza su mentón. Vestido pálido, zapatos blancos, charol, sucios, hebillas rotas. Estaba sola, nadie en la esquina, su pequeña espalda parecía recostarse tenuemente a la pared de la cuartería, como cuña humana, soportando el peso de la pared, de base de cemento, o por lo menos aparenta serlo, de madera el resto. ¿Qué hacia? pensé.
Descubrí que miraba atentamente hacia un sitio; seguí la ruta virtual de sus pequeños ojos y me topé con una mujer. Del frente de unos de los autos, salía una señora; alta de vestir humilde, en su vientre descansaba una batea de chucherías, caramelos, cigarros, gomas de mascar, chocolates, bombones… Caminaba entre la fila de automóviles, anunciaba, a veces, la mercancía, otras sólo caminaba, de oeste a este, de este a oeste, pero su mirada pertenecía a la niña. Ambas se miraban fijamente, tenían entre sí un diálogo mudo, pero expresivo, ¡estamos unidas!, parecía que se decían.
Las luces traseras de los vehículos teñían de rojo pálido el rostro de los conductores y la silueta de los vehículos, noche oscura, la niña en cuclillas, nada la perturbaba, seguía cada paso de la mujer, su madre, sin duda. Cruzaron en mi mente tantas cosas, formales y legales, derecho a la dignidad, a disfrutar de una infancia feliz, de tener una familia; el derecho a dormir y disfrutar de una vida segura, a jugar, pasear, gozar, comer, a tener una casa, una de verdad; a ver dibujos animados, leer, escribir, soñar, tomar leche y un buen trozo de pan, o una taza de sopa de frijoles, jugar con la pandilla de hermanos y hermanas a indios y vaqueros, sencillamente, a disfrutar la vida. La Constitución Política, ante aquella imagen, me pareció muy seria y distante, llena de buenas voluntades, que creo. Pero muy distante, al fin.
Salud, educación, seguridad social, vivienda digna, agua potable, energía eléctrica, derechos que, parece, como gritan unos, no son para nuestra gente, porque no estamos preparados a tenerlos, gozarlos, disfrutarlos: ¡no estamos preparados, estas cosas sólo son para las personas que viven en los países desarrollados!, chillan llenándose la boca de disparates y de una sospechosa complicidad, de un crimen perfecto. La niña cruzó sus bracitos, seguía con su mirada a la mujer de los caramelos…, imperturbable, forzada a esperar que su madre venda algún “gallito, M&Ms, Snickers, Malboro”, para arrancar centavos de la comisión de la venta, y comprarle un sueño, una noche de infancia, durmiendo como se lo merece y a la hora debida, a las ocho de la noche, sin hambre y con su madre al lado, y no de los vehículos, lejos de ella, en cuclillas, mientras la espera.
….pe, pe, pe, el conductor del auto de atrás, que sin darme cuenta se había situado con la misma paciencia de los otros a esperar la luz de color verde del disco del semáforo, tocó impaciente repetidas veces la bocina, volví la mirada y comprobé que la luz verde brillaba intensamente, podía pasar. La niña, quedó atrás, en cuclillas; aferrada a la mirada de la vendedora de sueños dulces, de su madre. Treinta segundos, entre el rojo y el verde, toda una historia, toda una vida, toda una realidad. Anoche pasé, la misma hora, la misma esquina, no había semáforo, ni mujer, ni niña, sólo una rotonda.
El autor es catedrático de Derecho Penal y Criminología.