- El país ha vivido
demasiado tiempo con una mínima presencia de extranjeros
Carlos Alberto Montaner
El gobierno español, nervioso, medita una nueva ley de extranjería. España vive una situación insólita en su historia. Por primera vez puede calificarse como una nación rica necesitada de inmigrantes. Su sociedad envejece, el índice de natalidad es de los más bajos del mundo, y dentro de tres o cuatro décadas por cada jubilado sólo contará con el sudor de un agobiado trabajador. Pero una cosa es el diagnóstico de los demógrafos y economistas y otra muy distinta la disposición de la sociedad a abrir sus puertas.
El país ha vivido demasiado tiempo con una mínima presencia de extranjeros. Apenas hay negros, asiáticos o personas de piel aindiada. A fines del siglo XV expulsó a los judíos. Cien años más tarde les tocó a los moriscos. Y esa xenofobia, confundida con el patriotismo, siempre ha estado acompañada de una permanente sospecha contra la diversidad y el pluralismo. No hay ningún país de la Unión Europea con un menor porcentaje de inmigrantes. La ideología oficial de la clase dirigente en todos los partidos es hoy democrática y tolerante, pero la España profunda, la gente, es racista, como lo demuestran los linchamientos de marroquíes en Almería o la huelga de padres y alumnos en un colegio vasco cuando unos niños gitanos fueron admitidos en la institución. Si se hiciera un referéndum sobre la inmigración, lo más probable es que triunfarían quienes se oponen a ella. Lo mejor es no hacerlo.
Tampoco es para rasgarse las vestiduras. En realidad, todas las sociedades son racistas y detestan, temen o desprecian a los extranjeros. Así es el bicho humano.
Todo esto viene a cuento de la legislación que prepara el parlamento español. No basta con regular el ingreso de los extranjeros para evitar la incómoda presencia de las mafias. Eso hay que hacerlo, pero, simultáneamente, antes de que se desborden las pasiones, hay que agravar las penas contra la violencia de origen étnico y legislar muy seriamente contra la discriminación. La idea subyacente es que cualquier forma de racismo constituya un delito grave severamente castigado.
¿Otra recomendación? Por supuesto: si España quiere facilitar la adaptación de los inmigrantes y reducir las zonas de conflicto social, no debe ser restrictiva con ellos en el terreno laboral. Es un error tratar de crear categorías rígidas («sirvientes», «campesinos», etc.) que sólo sirven para inducir a la mentira o a la ilegalidad. La economía de mercado es un sistema de tanteo y error en el que trabajadores y empresarios van buscando la oportunidad económica más rentable. Obligarlos a sólo desempeñar un oficio o profesión es un disparate. Es preferible otorgar la residencia sin restricciones, de manera que la persona encuentre libremente el espacio natural que le depara el mercado. No es verdad que los extranjeros les van a quitar sus puestos a los nativos. Tampoco es inteligente otorgar permisos temporales de trabajo. Eso crea inestabilidad en los inmigrantes y sicológicamente les impide integrarse en la sociedad. El objetivo no debe ser que presten sus manos o sus cabezas durante un tiempo corto, sino que echen raíces, se mezclen, y se queden, si quieren, para siempre.
España necesita inmigrantes, y cientos de miles de latinoamericanos, especialmente de su torturada región andina, hoy buscan un lugar bajo el sol en el que puedan trabajar y reconstruir sus vidas, machacadas por la violencia, descarriladas por la acción de gobiernos incompetentes o corruptos, y castigadas por la naturaleza. El destino lógico de esa riada de colombianos, venezolanos, ecuatorianos y peruanos —las grandes corrientes migratorias de hoy— es España. Es la misma cultura, la misma lengua, la misma religión. Debería ser relativamente sencilla su integración a la sociedad española. Hay también un argumento moral nada desdeñable: a lo largo del siglo XX millones de españoles se establecieron en América Latina en busca de libertades o de un mejor desempeño económico. La reciprocidad es el síntoma más evidente de la justicia y de la decencia. Caracas, Buenos Aires, La Habana o Montevideo no se entienden sin sus canarios, gallegos y asturianos. Esa emigración fue muy positiva tanto para España como para América Latina. Es el momento de abrirles las puertas a los antiguos anfitriones. Pero hay que saber abrirlas. [FIRMAS PRESS]