Hacia un modelo de desarrollo

  • El desarrollo de la manufactura agrícola
    generaría gran demanda de tierra y mano de obra, ya que éstos son los insumos
    principales en la producción de los
    bienes del sector que la nueva industria
    requeriría para funcionar

Eduardo Duque Estrada O.

En 1955 el 46% del total del comercio mundial estaba compuesto por productos primarios (bienes agrícolas) mientras que el restante 54% se componía de bienes manufacturados (bienes industriales); para 1965, o sea 10 años después, ya la participación de los bienes agrícolas había bajado a 34%, mientras los bienes manufacturados alcanzaban el 66% del comercio mundial. La explicación más lógica de este fenómeno llevó el nombre de Ley de Engels, la cual afirma que la demanda por bienes primarios es inelástica con respeto al ingreso, por lo que ante aumentos en el ingreso nacional de los países desarrollados, la demanda por estos bienes agrícolas crece en menor proporción. O sea, el hecho de que uno tenga más dinero no significa que uno comerá más. Esta tendencia del comercio internacional a favorecer los bienes manufacturados convenció a los expertos de CEPAL (Comisión Económica para América Latina) en los años 60’s que el único camino era la industrialización, la cual se debería llevar a cabo mediante la sustitución de las importaciones, proceso en el cual se incentivaba a los entes económicos a participar en la producción de bienes manufacturados, mediante concesiones fiscales, créditos subsidiados, protección arancelaria, etc. A este esfuerzo se le legalizó en el difunto Mercado Común Centroamericano, y como todos sabemos, no logró la deseada industrialización.

En los años ochenta, los países de Centroamérica coquetearon con un nuevo modelo, el de sustitución de exportaciones, o sea, regresar al sistema agroexportador, pero produciendo bienes exportables diferentes a los tradicionales café, azúcar, carne y bananos. Se experimentó con melón, flores, macadamia, maní, etc., y aunque en algunos casos se logró cierto éxito, éste sigue sin ser suficiente para sacar a nuestros países de su pobreza. La sobreproducción, las cuotas y el acceso a los mercados internacionales siempre dejan a los productos primarios en desventaja con relación a la producción de manufactura para la exportación. Ahora, las escuelas de economía abogan por la globalización de los mercados, para que cada país tenga acceso a demandas mayores (por sus bienes) logrando una expansión de la industria exportadora y por ende, mayor crecimiento. Toda aquella industria que se estableció bajo este marco no logró su etapa de maduración, la cual era insertarse en el mercado internacional.

Ahora bien, según la teoría económica del comercio internacional, un país debería de especializarse en la producción de aquellos bienes donde se tenga ventaja competitiva, lo que quiere decir que debemos especializarnos en la producción de bienes que utilizan intensivamente los insumos más abundantes en el país; en el caso de Nicaragua, tierra y mano de obra. Esto nos llevaría de vuelta a la producción de bienes primarios, y de regreso al problema anterior.

La solución, según el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres, Inglaterra (I.L.A.S.), es el desarrollo de una industria de producción de manufactura con un alto grado de “integración hacia atrás”, o sea, una industria que genera una gran demanda de insumos del sector donde tenemos mayores recursos, el agrícola. El desarrollo de la manufactura agrícola generaría gran demanda de mano de obra y tierra ya que éstos son los insumos principales en la producción de los bienes agrícolas que la nueva industria requeriría para funcionar. No es una idea nueva, pero definitivamente no ha existido un esfuerzo de parte de los gobiernos centroamericanos por incentivar el desarrollo de esta industria.

La creación de empresas de manufactura agrícola traería como ventaja la capacidad de penetrar más fácilmente el mercado internacional, logrando mayor demanda que la existente en el mercado regional, generando a su vez mayor demanda por productos agrícolas (sus insumos).

Claro que no es tan fácil hacerlo como decirlo, ya que se debe investigar los mercados para saber qué nichos están disponibles, de forma que los mercados nos digan si debemos producir jalea de guayaba, piña enlatada o aceite de maní. La función del Estado, por su parte no debe de ser pasiva, sino más bien, al igual que se hizo con la “Ley de incentivos para la Industria Turística”, orientar al inversionista hacia esta industria con un paquete de leyes que facilite e incentive dicha producción.

Para poder alcanzar dicha meta es necesario hacer cambios en aquellos aspectos de política que influyen en la producción agrícola, tales como Políticas de Precio (cuotas, tarifas y subsidios), Políticas Macroeconómicas (disponibilidad de crédito, inflación, tasa de interés, tipo de cambio) pero principalmente Políticas de Inversión Estatal (Investigación Agrícola, Infraestructura, Educación de campesino). En lo que llevamos del gobierno liberal, no ha existido una propuesta clara en el sector agrícola, bajo el precepto de que si no somos eficientes en la producción de un bien, y es más barato importarlo, es mejor no producirlo y cambiar de actividad; lo que suena muy bien, en el largo plazo, pero en corto plazo esta pasividad nos puede llevar a peligrosos índices de desempleo y hambre en el campo.

El autor es Economista.  

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