¿Se terminó el pacto?

La amnistía que la Asamblea Nacional le concedió a Carlos Guadamuz durante la escandalosa sesión del miércoles pasado, contó con un entusiasta apoyo liberal y con una violenta oposición sandinista. Para algunos, este hecho significó el fin del pacto Alemán-Ortega. Para otros, no es así.

Lo que es indudable es que el ahora amnistiado ex director de Radio Ya ha quedado habilitado por los liberales para poder ser candidato a la Alcaldía de Managua por el partido Camino Cristiano, al cual se unió después de haber sido expulsado de las filas del Frente Sandinista. Hace algunos meses Guadamuz se hizo acreedor de la furia rojinegra cuando acusó a la alta dirigencia de ese partido de “sucios” y de “traidores” por no haberlo apoyado en sus aspiraciones edilicias. Por lo visto, los dirigentes sandinistas no tienen intenciones de perdonarle esos insultos.

El Partido Liberal Constitucionalista, por su parte, decidió que le convenía amnistiar a Guadamuz. ¿Por qué lo hizo? Una razón aparente, y que muchos aceptan, es que fue para permitir que Guadamuz compita en las elecciones de noviembre y así quitarle votos a Herty Lewites, candidato del FSLN para la Alcaldía de Managua. No cabe duda que si Guadamuz entra en la carrera electoral le quitaría votos a Lewites. La pregunta es: ¿cuántos? Si nos basamos en la encuesta reciente de M&R Consultores, pudiéramos concluir que la cantidad sería mínima, ya que el señor Guadamuz aparece en el último lugar de simpatía entre los posibles candidatos a alcalde, mientras que Lewites aparece en el segundo lugar, después de Pedro Solórzano.

Si los liberales creen que Guadamuz sólo podría afectar marginalmente al candidato del Frente, la amnistía concedida pudo haber obedecido a otras motivaciones, pero si ellos creen que Guadamuz puede sustraerle una cantidad sustancial de votos al candidato roji-negro, entonces sí que es posible que lo hayan amnistiado por ese motivo. En todo caso, es evidente la disposición del PLC de utilizar la Asamblea Nacional con fines electoreros, inhibiendo o desinhibiendo conforme le convenga a sus intereses.

Pero cabe otra posibilidad para el otorgamiento de la amnistía: el interés mutuo de los pactistas. Si ambos partidos creen que Carlos Guadamuz no constituye un peligro electoral para ninguno de los dos, en ese caso, la confrontación que escenificaron el miércoles en la Asamblea Nacional, les habría servido para hacerle creer a sus seguidores que el pacto —que ha causado inconformidad entres sus simpatizantes— no existe, o que llegó a su final. En ese caso ambos partidos terminan ganando y sin perjudicarse mutuamente.

Pero esa cortina de humo, en todo caso, no debe llamar a engaño. El pacto es algo que no se puede terminar, porque está totalmente consumado. Se concretó y se consumó en las reformas constitucionales de enero, en la Ley Electoral vigente, y en el festín de favores y prebendas que el PLC y el FSLN intercambiaron a comienzos de año. Es obvio que la armonía entre Alemán y Ortega irá desapareciendo en la medida en que vaya avanzando el proceso electoral, o como humorísticamente lo expresara en una oportunidad el caricaturista Manuel Guillén: “hasta que la codicia los separe”. Pero podemos estar seguros que ambos pactistas no han ni siquiera pensado en la posibilidad de renunciar a sus reuniones secretas para continuar negociando intereses partidarios y personales.

Lo cierto es que el pacto ha llevado al país a una situación delicada. Si Ortega y Alemán hubiesen tenido un mínimo de deseos de enrumbar al país por una senda democrática, se hubieran abstenido de forzar el proyecto arbitrario y excluyente que ahora agobia a Nicaragua. No fue así. Ambos consideran su pacto como un triunfo, pero como bien señalara Mijail Gorbachov en una entrevista que concedió recientemente a una revista italiana: “cuando el éxito es excluyente es muy inestable”. Esto es algo que los pactistas no han querido comprender, y si lo comprenden, es obvio que no les importa. Al fin de cuentas, para ellos, es sólo Nicaragua la que pierde.  

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