Es muy probable que Nicaragua sea quien le dé a Centro América su primera santa. Se trata de Sor María Romero Meneses, nacida en Granada el 13 de enero de 1902, y fallecida en Las Peñitas, Departamento de León, el 7 de julio de 1977. A Sor María le tocó vivir la mayor parte de su vida en Costa Rica, país en el que –obedeciendo las disposiciones de sus superioras– se estableció en 1931. Pertenecía a la orden Hijas de María Auxiliadora, conocidas también como Salesianas de Don Bosco.
Esta religiosa nicaragüense hizo allá muchas obras sociales que –a 23 años de su muerte– todavía perduran. Un orfanato de niñas, un consultorio médico, talleres de costura, granjas, casas de habitación para los pobres, etcétera. Y todo eso lo hizo callada y eficientemente, sin contar con ayuda de organismos internacionales de ninguna especie. Sus recursos económicos provenían de la generosidad de la misma gente que observaba que sus obras eran buenas y de mucho beneficio para los pobres, pero como ella misma decía, era de Cristo Jesús y de Su Santísima Madre de quien más recibía favores para el buen éxito de sus empresas.
Sor María fue una mujer extraordinaria. Extraordinaria en su fe, en su sencillez, en su tesón, en su amabilidad y alegría, en su capacidad organizativa, en su sentido práctico, y en su amor a Dios y a los pobres. Rechazaba la publicidad. Una de sus biógrafas, Sor María Doménica Grassiano dice: “Jamás buscaba alabanzas en sus trabajos.” Eran tales sus deseos de pasar desapercibida que ni siquiera dejó que se supiera el día que cumplió cincuenta años de vida religiosa, evitando así cualquier festejo o celebración en su honor.
Una gran cantidad de gente de toda Centro América, y aun de otras partes del mundo, recurría a ella en busca de alivio para sus males. Para todos tenía una palabra de aliento y de consuelo, y son incontables los testimonios de personas que experimentaron sanaciones milagrosas después de pedirle a Sor María que intercediera por ellas ante Jesús y la Virgen. Por eso no resulta extraño el hecho de que muchas personas que fueron testigos de la vida santa y ejemplar de esta granadina, se dedicaran después de su muerte a promover su canonización, ya que consideraban que Sor María tenía abundantes méritos para ser elevada al honor de los altares.
Para ese proceso la Iglesia Católica establece una serie de reglas muy estrictas. Es un proceso prolongado, costoso, y que implica muchas investigaciones y verificaciones de testimonios y milagros. Por eso es que aquellos que admiran y quieren a Sor María, y que desean verla algun día honrada con el título de Santa, tienen ahora sobrada razón para estar contentos, porque el 7 de marzo de este año, el grupo de teólogos que sigue su causa en Roma, declaró después de un largo proceso investigativo, que en la vida de Sor María Romero se dieron suficientes “virtudes heroicas” que justifican la continuación del proceso de canonización. Esto quiere decir que de un momento a otro el Papa Juan Pablo II puede otorgarle el título de Venerable.
Pero ahora sus admiradores tienen también otro motivo de regocijo, porque el 30 de marzo pasado una persona reportó un milagro que se dio después de haberle estado suplicando a Sor María que intercediera en la solución de su problema. El milagro –que ha sido debidamente verificado– era, de acuerdo a las reglas eclesiásticas, necesario para optar al título de Beata, que es posterior al de Venerable y anterior al de Santa. Todo esto da lugar a un justo motivo de alegría para los fieles católicos. Ojalá que de ahora en adelante el proceso continúe con mayor fluidez y dinamismo, para que pronto podamos honrar a esta ejemplar nicaragüense con el título de Beata, y posteriormente con el de Santa.