- Un alto número de gobiernos
municipales democráticos ofrecería la base estructural para que las elecciones generales del 2001
alejen toda posibilidad de volver
al centralismo de liberales
y sandinistas
Mario Alfaro Alvarado
¿Por qué cuesta tanto entenderlo? En las entrevistas de prensa periodistas y candidatos saltan sobre las elecciones municipales y se entusiasman, como ante una golosina, en el tema de las candidaturas para las elecciones presidenciales. Desanima la poca importancia que le dan a las elecciones municipales.
No es de extrañar la fascinación que ejerce en muchas mentes la Presidencia de la República. Ven en ella algo así como la varita mágica de los cuentos infantiles, que daba al que la poseía cuanto su dueño le pidiera. Así es la Presidencia, con ella se obtienen chinampas y palacetes de recreo, carreteras privadas, sirvientes, admiradores adulones, fama (aunque sea mala), cómplices en los negocios clandestinos…
Ese mágico atractivo contamina a los candidatos. Cada candidato se siente próximo a la Presidencia y su personalidad simula emitir efluvios radiantes de poder, fortuna y grandeza.
Y mientras los candidatos se satisfacen promoviendo sus candidaturas, los pactistas liberales y sandinistas toman posiciones para controlar el aparato electoral. Han colocado en el Consejo Supremo Electoral a sus más fieles seguidores, para defender las ganancias del pacto y para cumplir sin titubeos las instrucciones que les dicten sus respectivos caudillos. Así, en cualquier momento en que fallen las medidas de exclusión contra los partidos y candidatos de la tercera fuerza, esos acólitos incondicionales harán lo que sus jefes les ordenen.
¿Quién puede dar constancia fidedigna que las firmas descalificadas por los comisarios políticos del PLC y del FSLN, que dominan el Consejo Supremo Electoral, son realmente firmas adulteradas o en alguna forma ilegítimas? Eso sólo lo saben los que dirigen la operación descalificadora. El haber descalificado miles de firmas al PLC para justificar la sacada de juego a los demás partidos, no convence a nadie por mucho que la propaganda estatal alabe el procedimiento. Aquí todo acto de gobierno lleva sobre sí la pesada carga de la desconfianza popular y no es por mero capricho que se desconfíe del gobierno y de sus obras y de sus palabras.
Las elecciones del último año del siglo y las del primero del siglo venidero, definirán la suerte que correrá el pueblo nicaragüense en los próximos veinte años, porque en esas elecciones se decidirá si volveremos a la dictadura o continuaremos en la agotadora tarea de perfeccionar la democracia que tenemos.
Las alcaldías son el núcleo democrático de la sociedad organizada, donde se practica el autogobierno con la participación de los vecinos locales. Todos conocen los problemas de su municipio, saben de sus propias capacidades para resolverlos y aúnan esfuerzos para darles soluciones.
Sobre esta premisa, es fácil inferir que un alto número de gobiernos municipales democráticos ofrecerá la base estructural que se necesita para que las elecciones generales del 2001, alejen toda posibilidad de volver al centralismo de liberales y sandinistas. Esta es la importancia de las elecciones municipales, vistas con escaso interés cuando se abordan los temas políticos ante las cámaras de televisión.
Si no hay una participación significativa de la tercera fuerza política –o como se le quiera llamar–, las elecciones municipales darán a los partidos pactistas la plataforma que necesitan para consolidar el bipartidismo establecido en el pacto y se distribuirán holgadamente al país para sus propios beneficios. Desde ese momento el voto popular no tendrá valor alguno, como no lo tuvo en las dictaduras del pasado, liberal y sandinista.
Las próximas elecciones serán también las preliminares del pugilato que liberales y sandinistas sostendrán en las elecciones del 2001. Eliminada la tercera fuerza como adversaria en las elecciones municipales, quedará despejado el camino para el gran duelo político entre liberales y sandinistas. El pacto se caerá en pedazos y cada bando se prepara para la batalla decisiva del 2001.
El Partido Liberal Constitucionalista se ha asegurado, como hizo Somoza, la mayoría en las directivas de todos los órganos e instituciones del Estado. Su rival, el Frente Sandinista, coloca en los puestos claves a los miembros del partido modelados en la obediencia militar y que todavía reaccionan con determinación y entusiasmo ante la consigna ¡Dirección Nacional Ordene!.
El autor es periodista.