- ¿Cuántos analistas políticos se
hubiesen podido imaginar que el inicio del nuevo milenio traería el colapso de dos de los partidos políticos más
poderosos de la Tierra?
Roberto Porta Córdoba
Extraordinaria, positiva y refrescante… así se puede catalogar la victoria de Vicente Fox y su Partido Acción Nacional (PAN) el domingo pasado en México. El PRI, el partido hegemónico de la política mexicana por más de setenta años, finalmente se quedó sin gas. Lo más interesante es que este cambio de guardia -tan necesario para la oxigenación de la democracia y para la confianza en el cambio sin violencia- no solamente se dio en México, sino que también sucedió a miles de millas de distancia, y en este mismo año, en Taiwan, donde el férreo partido Kuomintang (KMT) también tuvo que ceder el poder, después de ostentarlo por más de cuatro décadas.
Indudablemente, estamos contemplando historia. ¿Cuántos analistas políticos se hubiesen podido imaginar que el inicio del nuevo milenio traería el colapso de dos de los partidos políticos más poderosos de la Tierra? Después de todo, el PRI había controlado la esfera política mexicana de una manera tan absoluta que el gigantesco aparato de persuasión y la penetración de su estrategia proselitista representaban lo que se consideraba una ventaja insuperable. En Taiwan, el KMT, considerado el partido más rico del mundo con capital de US$20,000 millones de dólares -suficientes para cancelar nuestra deuda externa más de tres veces- y con 121 empresas inversionistas bajo su tutela, no pudo evitar que el Partido Progresista Democrático (PPD) -con apenas 14 años de creación- erosionara su clientela política a niveles catastróficos. ¿Qué ocurrió en México? ¿Qué sucedió en el partido del veneradísimo Chiang Kai-shek en la lejana Taiwan?
En el primer caso, se trata de la “crónica de un desencanto anunciado” con el partido oficialista. Inevitable. Predecible. A pesar del agresivo proceso de privatización, de la voluntad de libre mercado expresada a través del NAFTA y de la apertura hacia los medios de comunicación iniciados por el Presidente Carlos Salinas (1988-1994), la vida del ciudadano mexicano común no mejoró. A pesar de las excelentes maniobras macroeconómicas de su sucesor, el Presidente Ernesto Zedillo, quien logró que la economía creciera a un promedio de 5.1% en los últimos cuatro años, que la creación de empleos creciera en un 3% y que la inflación bajara desde un 52% en 1995 hasta un 12% este año, la brecha entre ricos y pobres es más grande que nunca. Si a eso le sumamos la corrupción bochornosa atribuida a Salinas y la percepción inevitable de que el PRI no sólo recurrió por años a las prebendas masivas, sino que estaba ya practicando el fraude electoral a todos lo niveles para mantenerse en el poder, hizo que el mexicano decidiera cambiar de baraja.
El caso de Taiwan es diferente, sin embargo, el deseo de cambio fue igualmente manifiesto. El Partido Progresista Democrático (PPD) obtuvo casi el doble de los votos obtenidos por el partido oficialista Kuomintang (KMT). No fue una victoria abrumadora, fue una derrota humillante. Factores muy particulares tuvieron que ver en este caso. Por un lado, la insistencia del KMT en proclamar su visión soberana sobre la China Continental se probó finalmente incompatible con el deseo independentista promulgado por el PPD; la etnia y el localismo de la nueva generación de taiwaneses empezó a encontrar un foro más apropiado para su causa de identidad nacional en el joven PPD. Como es evidente por su pujante economía, el nivel de vida del taiwanés promedio no fue necesariamente el elemento crucial al momento de visitar las urnas. Su apetito por una democratización total y una dilucidación política parecen haber sido las prioridades del votante de esa remota isla.
Dos países, dos historias, un mismo resultado: un cambio sin violencia, un paso gigantesco en la consolidación de la institucionalidad, pero más importante… un nuevo testimonio de que la democracia moderna funciona y que los golpes de urna han comenzado a reemplazar a los luctuosos golpes de estado.
El autor es funcionario de la Vicepresidencia de la República.