- El truco estuvo en quitarle al gobierno la posibilidad de organizar y de contar los votos. Con fraudes, mentiras y trampas, el PRI se amarró a la silla presidencial por siete décadas. Pero fueron los mexicanos a través del Instituto Federal Electoral (IFE) quienes desamarraron el nudo de corrupción y de manipulaciones priístas
Jorge Ramos Avalos
“Estas son las mañanitas, que cantaba el rey David…”. Eran casi las 12 de la noche y miles de personas reunidas frente al edificio del Partido Acción Nacional (PAN), le estaban cantando las mañanitas a Vicente Fox. Ese domingo había cumplido 58 años. Pero también, ese mismo día, Fox se había convertido en el primer candidato de la oposición en la historia de México en ganar unas elecciones presidenciales.
“Me siento a toda máquina”, le gritó Fox a sus simpatizantes. Así quedaron enterrados 71 años del férreo y corrompido control del Partido Revolucionario Institucional (PRI) sobre la Presidencia. Por fin llegaba la democracia a México.
Hasta el dos de julio, México tuvo una democracia a medias. La alternancia en el poder se había dado desde los municipios hasta las gubernaturas, pero nunca en la Presidencia. Fox y millones de mexicanos lograron ese cambio.
El truco estuvo en quitarle al gobierno la posibilidad de organizar y de contar los votos. Con fraudes, mentiras y trampas, el PRI se amarró a la silla presidencial por siete décadas. Pero fueron los mexicanos a través del Instituto Federal Electoral (IFE) quienes desamarraron el nudo de corrupción y de manipulaciones priístas.
El país que amaneció tras las elecciones del dos de julio es un México nuevo, un México plural, un México en que ya no se vale eternizarse en el poder ilegítimamente. Esto no quiere decir que los problemas se resolverán de la noche a la mañana. El México después del dos de julio no es, tampoco, el paraíso. De hecho, las expectativas respecto a Vicente Fox son tan grandes, que es inevitable que el primer presidente de oposición en la historia de México decepcione a muchos. Pero por fin los mexicanos nos deshicimos del embrujo del PRI.
Irónicamente, esto fue posible gracias a un presidente priísta. Ernesto Zedillo se ha convertido en el Gorbachev mexicano. Gorbachev democratizó la antigua Unión Soviética pero, sin quererlo, acabó con el partido comunista. De la misma manera, la participación de Zedillo fue fundamental para que México diera el brinco a la verdadera democracia; se cortó el dedo y dejó que otros organizaran las elecciones. Y al hacerlo acabó con el poder de su propio partido que, aparentemente, no sabía ganar sin trampas. Sin querer queriendo, Zedillo desmoronó al PRI.
Otra de las lecciones del dos de julio es que no hay que confiar en las encuestas. La mayoría de ellas, antes de las elecciones, daba como ganador a Francisco Labastida por un pequeño margen. Pero cuando los mexicanos se dieron cuenta que podían confiar en el sistema electoral –cuando se convencieron que su voto iba a ser contado– le dieron una patada al PRI.
Los mexicanos del 2000 fueron como los nicaragüenses de 1990; guardaron celosamente su voto y, al sacarlo, dieron la sorpresa. Así cayeron los sandinistas en Nicaragua y así cayó el PRI en México.
Al final, Octavio Paz tenía razón cuando describió así el carácter de los mexicanos en su libro El Laberinto de la Soledad: “máscara el rostro, máscara la sonrisa”. Es decir, los mexicanos se dejaron la máscara puesta y escondieron sus verdaderas intenciones a los encuestadores. Y luego se volcaron a las urnas para decir: basta ya del PRI.
La mayoría de los mexicanos que nos fuimos de México –rascamos los 18 millones– al igual que los mexicanos que votaron por la oposición, somos en parte responsables de que el PRI perdiera. Personalmente siento que el triunfo de la oposición –Fox a nivel nacional y el centroizquierdista, Andrés Manuel López Obrador en la ciudad de México–, me quita un enorme peso de encima. Tengo 42 años y muchas veces dudé que pudiera ser testigo de este cambio. El fantasma del PRI invencible me perseguía. Pero ese mito quedó hecho trizas el dos de julio.
Ahora puedo ver hacia el pasado con más calma y hacia el futuro de México con esperanza.