- Era un verdadero líder de Dios, independiente, democrático y libre
Anita Chamorro de Holmann
Monseñor era todo una sola blanca sonrisa, sencillo, humilde, humano, muy humano, por eso se ganó la confianza y la estima de los más pobres o mejor dicho, los más necesitados como son las vivanderas del Oriental, a quienes les servía como centinela, estímulo y amparo. Cómo lo aprecian y lo valoran… El Padre Mondragón con sus artimañas sabía cómo llegar a ellas, con sus consejos a ese gremio lo convirtió en un clan cristiano, era un verdadero líder de Dios, democrático, independiente, libre, esa era su meta. Ellas votaban por las opciones propuestas por él.
Tengo un dilema, les expuso cuando fue elevado a Monseñor, tengo que nombrar a una madrina y ustedes son tantas… yo a todas y a cada una quisiera tenerlas de madrina, pero ¿qué hacer en este caso? Ellas se reunieron por unos segundos y luego a una sola voz se oyó la unánime decisión: que sea doña Margarita la madrina, qué mejor que ella, madre y mujer ejemplar, sufrida y valiente, defensora de la fe cristiana y defensora de los oprimidos, ella nos representará a todas. Y fue así como doña Margarita Cardenal de Chamorro tuvo el honor de ser nombrada madrina de Monseñor Oswaldo Mondragón, quien le llegó a comunicar esta decisión con su peculiar y propio humor; disimulando su humildad con una blanca sonrisa: “Doña Margarita, le anuncio que ha sido nombrada mi madrina por las vivanderas del Oriental, ¿está dispuesta a ser mi madrina?, imagínese usted un pijul vestido de pitahaya –¿se imagina usted?–“. Y le contó el cuento de la decisión por unanimidad por el poderoso clan de “las vivanderas”.
Doña Margarita tuvo la gracia de recibir su último pan de la vida el mismo día de su muerte de manos de su ahijado en la Iglesia del Cristo de Las Colinas, en donde el Padre Mondragón era párroco entonces, apenas hace justo dos años el Padre Mondragón celebró la misa del primer aniversario de su madrina. El consagró su vida al servicio de Dios, entregándose de lleno al servicio de los demás, a quienes llenaba de fortaleza y de amor cristiano con sus sabios consejos, su ejemplo y el gran amor y veneración que le profesaba a la Madre de Dios, sobre todo en el sagrado dogma de su Inmaculada Concepción. Les tengo que confesar que no pude contener mis lágrimas cuando vi salir el féretro del Padre Mondragón de la Iglesia de la Virgen de Lourdes hacia su última morada terrenal, cuando el coro entonaba el canto tan reconocido que confirma el dogma de la fe:
“Pues concebida, fuiste sin mancha, Ave María, Ave María”.
El la amaba y era tan devoto de la Virgen que siempre predicaba sobre Ella. Estoy segura que el Espíritu Santo penetraba su mente, también era devoto del Dios Niño. Un día me dijo: “yo le pido al Niño, pues creo que el Niño es más accesible, más fácil de convencer… pues no sé, lo siento más dispuesto, que a veces si no me oye le digo a su mamá que le recuerde”.
¿Padre, y cuando usted se muera puedo contar eso? Le dije. “Sí y desde ahora podés contarlo, sí niña, desde ahora”, repitió. Mientras en su rostro se dibujaba con picardía una sola blanca sonrisa.