La otra manzana

Algunas personas consideran que la elaboración del llamado mapa del genoma humano o libro de la vida, que se anunció simultáneamente el lunes recién pasado en Washington y en Londres, es como volver a morder la manzana prohibida de Adán y Eva.

En realidad, cada descubrimiento o avance científico que marca nuevas fronteras en el desarrollo del conocimiento humano, va siempre acompañado de expectativas optimistas y advertencias pesimistas. Por su propia naturaleza (por la fuerza del instinto de conservación), los seres humanos tienden a recelar de los cambios y de los novedosos descubrimientos.

Pero la verdad es que, en el caso del mapa del genoma humano, nadie está en capacidad de advertir con certeza cuáles y cuántas serán las consecuencias positivas y negativas de este histórico avance científico, que fue conseguido después de 47 años de esfuerzos ininterrumpidos y a un costo mayor de 3 mil millones de dólares.

Para explicar de la manera más sencilla las posibles grandes bondades que tendrá el conocimiento del mapa del genoma humano, se dice que éste será algo así como un manual de instrucciones para el uso de las personas. O sea que cada persona podrá tener su librito de instrucciones para manejarse a sí misma, lo cual le permitirá evitar o tratar adecuadamente las enfermedades de transmisión genética, vivir saludablemente y prolongar la existencia.

La inconmensurable magnitud de los beneficios que se podrían derivar del conocimiento del código genético para prevenir y combatir las enfermedades congénitas, se puede apreciar al menos aproximadamente si se considera que, según los científicos, actualmente hay identificadas unas 5,500 enfermedades de las llamadas monogénicas, o sea que se derivan o transmiten por medio de un solo gen humano; y hay otra cantidad más o menos igual de enfermedades que se generan y transmiten de modo poligénico, o sea mediante la interacción de diversos genes humanos; aparte de las muchísimas otras dolencias que se derivan de la interacción de los genes con los factores externos.

Sin embargo para que esa maravillosa posibilidad benéfica se pueda convertir en realidad, hacen falta por lo menos unos 30 ó 40 años más de investigaciones científicas y la inversión de otros miles de millones de dólares. Además, cuando sea posible elaborar el librito de código genético de cada quien, no muchas persona podrán tenerlo, y también hay que tomar en cuenta que se correrá el riesgo de que la información genética pudiera ser utilizada con fines no precisamente humanitarios.

Para muestra un par de pequeños botones: Ya antes de que se anunciara la elaboración del mapa del genoma humano, y a pesar de que éste es incompleto todavía (será completado dentro de tres o cuatro años), el gobierno de Islandia vendió a una empresa multinacional los derechos sobre la información genética de todos los islandeses. Y en Inglaterra, el gobierno accedió a la demanda de las compañías de seguros de solicitar la información genética de sus clientes, que será opcional suministrarla pero los costos de los seguros aumentarán para quienes no quieran darla.

Es por eso que el Papa Juan Pablo II advirtió ya hace dos años, en abril de 1998, que “el genoma humano no sólo tiene un significado biológico (sino que) también es portador de una dignidad antropológica”. Y agregó que “no es lícito realizar ninguna intervención sobre el genoma que no se oriente al bien de la persona… así como tampoco es lícito discriminar a los seres humanos basándose en posibles defectos genéticos, descubiertos antes o después del nacimiento”.

Pero somos humanos y la manzana del misterio de la vida nos tienta siempre a morderla.   

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