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Hay pensamientos que no solamente asustan sino que aterrorizan. El siguiente es para mí uno de ellos: “El crecimiento económico para que sea saludable en el caso de Nicaragua debe consistir en el aprovechamiento de recursos escasos utilizados bajo planificación definida con rigurosas prioridades”. Esta frase del Dr. Francisco Láinez –quien fuera presidente del Banco Central en los años sesenta, y ministro de economía al inicio del actual gobierno–, está en una entrevista publicada el 25 de mayo del presente año en un folleto titulado “Nicaragua para todos”.
La lectura de la entrevista trajo a mi memoria múltiples ejemplos de economías dirigidas o planificadas que terminaron en el más rotundo de los fracasos. Pero también me convenció aún más de que el conflicto entre libertad y dirigismo económico es un asunto que no tiene fin. Es una lucha permanente y sin tregua, y así lo será por siempre. Se trata en última instancia de algo muy simple: ¿Quién debe tomar las decisiones: el individuo o el Estado? No cabe duda que quienes proponen una “planificación definida con rigurosas prioridades” no están pensando en ampliar la capacidad decisoria de las personas en el ámbito económico, sino en el fortalecimiento de una instancia planificadora burocrática con pretensiones de saber mejor que los individuos mismos lo que más conviene a sus intereses. Son las “alturas dominantes” de Lenin que irremediablemente nos llevan por el “camino a la servidumbre” contra el que tan sabia y proféticamente nos previniera Hayek en 1944.
Friedrich Hayek, ganador del Premio Nobel de Economía en 1974, estaba claro del terrible destino final al que lleva la planificación estatal, y advertía sobre la importancia de la libertad individual frente al poder planificador del Estado. Por eso decía que “…cuanto más planifique el Estado, más difícil es para los individuos trazar sus propios planes”. Los resultados que se logren tendrán mucho que ver con quién haya tomado las decisiones. Mientras más las tome el Estado, menos libertad, desarrollo y bienestar habrá en la sociedad. Y hay algo más trágico aún: cuando los planificadores se dan cuenta de que la cambiante realidad ha hecho trizas sus planes tornándolos inútiles e inservibles, no tienen más alternativa que pretender “corregirlos” recurriendo a una mayor cuota de poder que sólo pueden obtenerla restringiendo aún más la libertad individual, hasta que por fin llevan a la sociedad a un inmovilismo asfixiante y destructivo.
La mentalidad dirigista, planificadora y estatista, es enemiga del mercado. En los albores del tercer milenio son pocos los que abiertamente se oponen a él, pero son muchos los que lo hacen de manera disimulada, argumentando que las “imperfecciones” del mismo hacen necesaria la regulación estatal. Las regulaciones son el primer paso del camino que conduce a la planificación. Contra ellas debemos también estar alertas. Oportuna en ese sentido –al igual que lo fuera el campanazo de Hayek en los años cuarenta–, es la llamada de atención que recientemente hizo el Dr. Alvaro Bardon, ex presidente del Banco Central de Chile. Fijémonos bien en lo que dice: “Hay que dejar a las personas tranquilas; lo único importante es abrir la economía y los mercados a la más amplia competencia, lo que no se consigue regulando ni protegiendo”.
Vale la pena advertir las posiciones divergentes de los dos ex presidentes de bancos centrales. Mientras el chileno promueve la libertad del individuo como factor decisivo para el desarrollo económico, el nicaragüense lo relega a un segundo plano y propone que sea el Estado el que asuma el rol planificador de la economía.
Nicaragua no crece más económicamente, no porque no haya planificación estatal, sino porque la institucionalidad es débil y no favorece la inversión. ¡Pero cuidado!, porque hay quienes erróneamente confunden institucionalidad con planificación. Nada más alejado de la verdad. La institucionalidad que necesitamos establecer es una que favorezca al máximo la libre competencia y la libertad individual. (De hecho, no puede haber competencia sin libertad individual.) Cualquier pretensión de crear una institucionalidad en torno a la planificación estatal está condenada al fracaso. Sólo las personas, actuando libremente en forma individual o asociativa, pueden crear riqueza, esto es, bienes y servicios, que son los que se necesitan para mejorar el nivel de vida de un país. Ningún Estado, por fuerte que sea, tiene esa capacidad.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA