La gran lección de las dos Coreas

  • No hay en la historia un mejor ejemplo sobre a dónde conducen las hipótesis marxistas cuando se llevan hasta sus últimas
    consecuencias: Precipitaron
    a Corea del Norte a la
    hambruna, la pobreza y el
    desabastecimiento más cruel

Carlos Alberto Montaner

Parece que la pesadilla de Corea del Norte comienza a disiparse. Ese apretón de manos entre Kim Jong-il, el mandamás de Pyonyang, y el presidente del Corea del Sur, Kim Dae-jung, es el primer paso en el camino de una lenta reunificación que, en su momento, debe culminar con la desaparición del engendro oportunistamente creado por los soviéticos al fin de la Segunda Guerra Mundial. El único inconveniente que acarrea el fin de las dos Coreas es que no hay una manera más pedagógica de entender el contraste entre el marxismo y la economía de mercado que situarse en la frontera que separa a estas dos naciones, mirar al norte e inmediatamente mirar al sur.

Recordemos los hechos: a principios del siglo XX (en 1905) se consumó la forzada absorción del viejo reino de Corea por el naciente imperio japonés.

Cuarenta años más tarde, al fin de la Segunda Guerra, Estados Unidos, que se había enfrentado a Japón en el Pacífico, desembarcó en el sur de Corea y comenzó la toma militar de la península. La URSS desembarcó por el norte. Finalmente, los dos ejércitos se encontraron en una línea imaginaria: el Paralelo 38. Al norte se crearía un Estado comunista tutelado por Moscú. Al sur, una nación capitalista auspiciada por Washington. En 1950, poco después de la victoria de los comunistas en China, Moscú ordenó la invasión del sur. Tres años después, y al costo de cientos de miles de muertos y de la destrucción de casi toda la infraestructura de la península, los comunistas aceptaron su fracaso y se retiraron al norte del Paralelo 38.

¿Ha servido para algo la experiencia política de Corea del Norte? Por supuesto: no hay en la historia un mejor ejemplo sobre a dónde conducen las hipótesis marxistas cuando se llevan hasta sus últimas consecuencias. Corea del Norte ha sido el Estado más rigurosamente fiel al marxismo de cuantos han existido sobre la faz del planeta. La idea de la superioridad de un modelo económico en el que la propiedad de los medios de producción estén exclusivamente en manos del Estado —-aplicada sin excepciones en Corea del Norte—- ha precipitado a ese país en la hambruna, la pobreza y el desabastecimiento más cruel.

Desolador panorama que convive con el desarrollo de la tecnología nuclear, la balística y la industria aeronáutica como consecuencia de otra perversa consecuencia del marxismo: la falta de controles democráticos que se padece en las «dictaduras del proletariado», y la paranoica noción de que la especie humana vive en medio de una perenne lucha entre clases y Estados adversarios, superstición que genera un constante esfuerzo bélico que drena y malgasta todos los excedentes de la sociedad, impide el ahorro y asigna los escasos recursos disponibles a los sectores dedicados a hacer la guerra o a prepararse para entrar en combate.

Pero hay más: la organización vertical de los partidos comunistas, montada sobre la creencia de que le corresponde gobernar a la vanguardia de la clase obrera, inevitablemente genera tiranos endiosados. Lenin, Stalin, Hoxa, Castro, Ceaucescu, Zikov, todos esos ridículos padrecitos de la patria, no son casualidades ni aberraciones: constituyen la regla. Son la natural consecuencia del marxismo-leninismo. Por eso donde el comunismo ha sido más riguroso, en Corea del Norte, es donde el mesianismo ha llegado a la locura de Kim Il-sung, amado líder del que se coleccionaban las sillas en las que alguna vez había colocado sus gloriosas posaderas.

En 1953, cuando se firma el armisticio y las dos Coreas tienen que comenzar de cero, los socialistas de todo el mundo apostaron por los del Norte. ¿Qué ha sucedido cuarenta y siete años más tarde? Al sur del Paralelo 38 yace uno de los más notables ejemplos de lo que puede lograr la economía de mercado: un país que técnica y científicamente forma parte del Primer Mundo, que ha evolucionado hacia formas democráticas de gobierno, con un nivel de prosperidad semejante al de Portugal, pero con un índice de distribución de la riqueza bastante más equitativo. ¿Y el Norte? Un verdadero desastre: un absurdo coro de gentes andrajosas y muertas de miedo dedicadas a cantarle alabanzas al amado jefe. No hay duda de que es conveniente terminar de una vez con este horror. Lo triste es que se pierde la lección de economía política más contundente de nuestro tiempo. [©FIRMAS PRESS]

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