Los tropiezos de la mediocridad

  • Así como el tipo de cultura política define negativamente el perfil de nuestros gobernantes, también es cierto que la cultura de no exigir
    calidad está profundamente arraigada en nuestro medio

Juan Carlos Santacruz

Existe una tendencia generalizada a culpar a los demás por nuestros propios errores. Cuando nos piden cuentas siempre tendemos a buscar una excusa que en lo posible sensibilice a nuestro interlocutor.

Basta recordar las famosas frases de la década del 80: “no se pudo por el bloqueo”; y en el 90 “Por las secuelas de la guerra”, o por la “década perdida”; “por el huracán Mitch…” los países donantes, el contralor… el pacto… etc.

Así como el tipo de cultura política define negativamente el perfil de nuestros gobernantes, también es cierto que la cultura de no exigir calidad al producto finalizado, la cultura del menor esfuerzo, también están profundamente arraigadas en nuestro medio.

Y esos niveles de irresponsabilidad con la calidad del producto, es decir, con lo que hacemos cotidianamente, quizás día a día se retroalimenten desde la óptica de que ya no competimos para superar a nadie porque estamos en el último peldaño de pobreza, como país a nivel del Continente y somos firmes candidatos a ser considerados como nación paupérrima.

Todos estamos en la responsabilidad de reflexionar acerca de la calidad del producto y si usted estimado lector no sabe por dónde comenzar, hágalo por la Constitución de Nicaragua y ubíquese en la flamante rotonda de la Centroamérica, inaugurada por el Sr. Presidente y el Sr. Alcalde, el primero en representación de todos los ciudadanos y el segundo en representación de todos los managuas, y ambos totalmente flanqueados por banderas rojas del PLC, y usted lo pudo ver en televisión. Y luego analice la oscuridad de dicha rotonda y las inundaciones de los alrededores, y continúe con la carretera a Masaya e interróguese cómo es eso de que el diseño no estaba finalizado y ya se estaba ejecutando el proyecto; y para no salirse del tema continúe con los puentes resquebrajados de Occidente porque el hierro utilizado no era de la calidad exigida.

Y si le restan dudas sobre la calidad del producto busque explicación al comportamiento de jerarcas gubernamentales que abastecen a la institución que sirve en empresas de su familia. Y para completar la tristeza, la gran cantidad de oportunidades de créditos que perdemos como país por no formular los proyectos con la calidad exigida internacionalmente. Y para colmo de la “razón de la sin razón”, la Corte Suprema de Justicia emitiendo fallos fundamentados en artículos derogados.

Y los privados no escapan de la mediocridad que todos avalamos por no “complicarnos la vida” y consumimos tomates, melones, sandías, pipianes, lechugas… regados con agua contaminada del lago.

Y contratamos los servicios de afanadoras, hasta consultores y ministros, no por la calidad probada de su trabajo, sino por consideración a quien los recomendó.

Mientras no tengamos la voluntad de hacer las cosas con calidad, nunca podremos despojarnos del síndrome de vivir de limosnas condicionadas como país pobre, muy pobre, y como ciudadanos subsistiendo de remesas familiares.

El autor es Sociólogo.   

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