En Rusia, los enemigos están por todas partes 

Las razones de la creciente obsesión del Kremlin con los supuestos enemigos de Rusia no son difíciles de discernir. La desilusión con la guerra de Ucrania va en aumento, incluso entre quienes alguna vez creyeron en la propaganda nacionalista de Putin.

El abuelo enterrado en el jardín

Como nuevo zar de todas las Rusias, Putin echa mano de Stalin para alentar la campaña bélica contra Ucrania, el pequeño país vecino al que decidió someter a una “operación especial” que ya cuesta más de un millón de muertos, y por tanto hay que presentarlo como un demonio sobre el que no se debe exagerar.

El marxismo y los molinos de viento

Aún quedan nostálgicos de la utopía marxista con su fracasada dictadura del proletariado… Más peligrosos son los leninistas que aún piensan que con un puñado de terroristas profesionales y una caterva de corruptos pueden mantener sometido a un país que desea ser libre. Vana ilusión.

Genocidios silenciosos

La realidad de la humanidad del aún no nacido lleva por lógica a la conclusión de que matarlo es un homicidio y hacerlo en masa genocidio

El indiscreto encanto de la guerra

Ante la decisión sandinista de subvertir Centroamérica y aliarse con la Unión Soviética, Reagan pensó frenar a los comandantes financiando y armando a los campesinos nicaragüenses que constituirían el ejército contra

Stalin

Durante la dictadura de Stalin cerca de cinco millones de personas fueron encarceladas y obligadas a trabajos forzados, un millón fueron ejecutadas y dos millones perecieron en el brutal cautiverio

De «héroes» y «revolucionarios» a sanguinarios dictadores

Mugabe, Stalin, Ceaucescu, Gadafi… y la lista sigue. Muchos de los dictadores más sanguinarios de la historia llegaron al poder bajo el título de “revolucionarios”, pero acabaron convirtiéndose en algo igual o peor que aquello contra lo que alguna vez lucharon.

El poder contra el pensamiento

Según los historiadores, Stalin tenía un afán enfermizo de poder absoluto. Puesto a la cabeza del Estado comunista después de la muerte de Lenin, no aceptaba competencia de liderazgo

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