Pero a veces, cuando la luna está en su apogeo, extrañamente sueña con aquella cueva y ve como aquel inmenso ser y la cueva entera son devorados por ella retornando a lo imaginario
Bayardo Quinto Núnez
Sara la cocinera. Un relato de Bayardo Quinto Nuñez
Sara estaba de pie frente al restaurante donde trabajaba, observaba incesantemente y con una miraba furtiva, melancólica pero optimista en todos los sentidos.
Con ese puñal
Don Pedro el fotógrafo preparó su cámara, iluminó el local y se aprestó a registrar el “crimen”, se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos. La joven pareja estaba todavía desvanecida.
Nos toca irnos
Cayó la noche, se encontraba lóbrega, solo los perros aullaban y se escuchaba el ulular del viento en lo silente de la esa noche, entonces el “fantasma” del tío Bernardino despertó y el estudio donde dormía estaba vacío y todo negro.
La realidad de la ventana
Flavio muchas, en muchas ocasiones, hacía un soliloquio realista: Mi ventana me enseña que el tiempo pasa sin detenerse y que el frío y la lluvia van dando lugar a un cambio hermoso en el paisaje de mi barrio.
¡Deseos sibilinos!
La noche de esa época era un intenso cielo azabache repleto de muchos presagios. El vecino Filiberto esa noche soñó y despertó gritando, te amo, te amo y era tan fuerte el grito que él mismo logró sacarse de su sueño profundo y mágico y una vez despierto pensó: Si alguien escuchó mis gritos de seguro estará pensando está loco, pero qué importa lo que piensen de notable imaginación.
La aguja
Un día se presentaron varios niños y se pusieron a rebuscar en un arroyo, en pos de clavos viejos y de cosas de cosas. Era una ocupación muy sucia, pero se divertían de lo lindo. ¡Ay! exclamó uno, se había pinchado con una aguja de zurcir en la búsqueda y dijo: “Marrana”. No soy ninguna marrana, sino una señorita, protestó la aguja.
El negro ataúd
La abuelita Matilde murió sentada en su sillón como toda una Reyna, los familiares la pusieron en el negro ataúd que en vida dio hacer, se vía tan hermosa, era un misterio que todas las arrugas le habían desaparecido y en su boca se dibujaba una sonrisa, era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron un libro bajo su cabeza, pues ella así lo había pedido y con una rosa entre sus páginas.
Los días disfrazados
El día venía disfrazado de señorita, y se llamaba Candelaria o Venus, según el lenguaje de los lugres que frecuentaban los amigos Alejandro y Bernardo. Por lo demás, afirmó que era de carácter pacífico y dulce, aunque aquel día se sentía alegre y desenvuelto, era el día bisiesto, que le comentaba al tataranieto de Bernardo, el cual da libertad a la mujer, pues, según una “antigua costumbre”, ella es la que se declara, sin necesidad de que el hombre le haga la corte.
Hablando con la muerte
Prodigar las voces más arcaicas del indiscreto examen del vulgo, he tomado por eso este espejo y doy gracias a las estrellas por su claro derrotero. No responsabilizo a nadie de mi muerte, le comentaba Ismael a Jacinto.