Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos, esos hermanos nuestros que han llegado ya a la gloria del cielo, nos acompañan con su intercesión e iluminan nuestra vida con su ejemplo. Los santos son esa multitud inmensa que nadie podía contar, de la que habla el Apocalipsis, revestidos con la túnica blanca de la Pascua de Cristo y llevando en sus manos las palmas de la victoria del amor (cf. Ap 7,9). Ellos, “siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su propia vida un don a Dios y al prójimo” (León XIV, Ángelus, 1 de noviembre de 2026). La santidad, a la que ellos han llegado y a la que nosotros aspiramos, no es una hazaña humana. Es, ante todo, un don de Dios, el único Santo, que en Jesús se ha acercado a nosotros. Él nos sigue invitando: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo” (Lv 19,2). Dios nos llama a la santidad y Él mismo nos la da.
Como cada año en esta fiesta, hoy escuchamos el evangelio de las bienaventuranzas, que nos lleva a un monte. Moisés había subido a un monte para recibir la Ley; ahora quien sube es Jesús, y lo que nos ofrece no es una lista de mandamientos, sino una buena noticia destinada a toda la humanidad. Se sienta como un maestro, y lo primero que escuchamos de su boca no es ni una serie de normas ni una amenaza. Es una exclamación: ¡Dichosos! Es una llamada a la dicha, a la felicidad. Jesús está convencido de que el camino hacia Dios no está pavimentado con prohibiciones, sino con profunda alegría.
En la Biblia, el adjetivo “dichoso”, que se repite varias veces en el evangelio de hoy, designa a quien ha elegido el camino recto, el camino acertado. Cuando el primer salmo dice: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados” (Sal 1,1), se refiere a quien no se ha equivocado de camino ni se ha desviado. Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús nos indica el camino de la felicidad y de la vida, y anima a quienes lo han elegido a perseverar en él. Jesús nos dice algo muy sencillo y muy audaz: si quieren ser felices de verdad, este es el camino.
Las bienaventuranzas son el camino a seguir. En cada una, Jesús nos ofrece una selfie, un autorretrato suyo: quien las vive sigue al Maestro. Él fue el pobre que enriqueció a todos, el manso y humilde de corazón que jamás hizo daño a nadie, el que lloró encontrando en Dios su consuelo, el que tuvo siempre hambre y sed de hacer la voluntad del Padre, el misericordioso con quienes no merecían misericordia, el de corazón limpio de toda doblez, el que anunció la paz y la selló entregando su vida.
Las bienaventuranzas no son solo un retrato de Jesús, sino también de los santos que lo han seguido con fidelidad y le han entregado su vida. Ellos son el signo más hermoso del Reino de Dios que ya está en medio de nosotros (cf. Lc 17,21). Los santos son pobres de espíritu porque reconocen sus limitaciones y confían plenamente en Dios; se contentan con poco y comparten con los demás lo que tienen y lo que son. Los santos pasan por el dolor y el llanto, pero ninguna de sus lágrimas se pierde, pues encuentran en Dios su consuelo; rechazan la violencia y jamás reaccionan agrediendo a los demás; viven con hambre y sed de justicia, deseando y luchando por un mundo como Dios lo quiere, y reciben en su corazón la seguridad de no quedar defraudados.
Los santos son también misericordiosos, dispuestos a inclinarse ante toda miseria humana para perdonar a quien ha fallado y ayudar a quien lo necesita; son limpios de corazón, sin doblez ni malas intenciones; son constructores de paz, promoviendo el diálogo y la reconciliación; aun calumniados y perseguidos por defender la verdad y el bien, permanecen firmes en la fe y la caridad.
Las bienaventuranzas son el camino de la santidad y la alternativa para un mundo mejor: un mundo hecho de bondad, transparencia, misericordia y justicia, sin violencia ni mentira. No han sido vividas solo por los santos que están en los altares: también las viven hoy los santos de la puerta de al lado, de los que hablaba el papa Francisco. Son la madre que se desvela por sus hijos y la abuela que reza en silencio. Son el padre que trabaja con honradez y el joven que no se deja arrastrar por la corrupción. Son el enfermo que sufre sin amargarse y el vecino que perdona sin llevar la cuenta. Nadie los canoniza, pero Dios los conoce y los llama por su nombre.
El mundo de las bienaventuranzas es un mundo que no existe; pero no existe porque todavía no lo hemos construido. Jesús no nos propone un sueño imposible. Es cierto que ese mundo solo se realizará plenamente en la vida eterna, pero podemos acercarnos lo más posible a este ideal y empezar a construirlo desde ahora, en la historia. Conformando nuestro corazón con las bienaventuranzas, podemos ir sentando las bases de ese mundo distinto.
La santidad no se vive huyendo del mundo ni encerrándose en una piedad privada. Quien acoge las bienaventuranzas y camina según su lógica va modelando, poco a poco, su corazón a imagen del corazón de Dios. Las bienaventuranzas son medicina de Dios: sanan por dentro y, desde dentro, también sanan la convivencia. San Pablo lo expresa con una imagen hermosa: “Revístanse de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia” (cf. Col 3,12). Es como ponerse un traje nuevo. Quien se viste así actúa con bondad y sencillez, deja de herir con la lengua y con el gesto, aprende a perdonar de corazón y se convierte en buena noticia para quienes viven a su lado. Así empieza a cambiar el mundo: desde corazones que se dejan transformar por el amor de Dios.
Nos lo recordaba hoy el papa León XIV: “La santidad no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a todos allí donde vivimos” (Ángelus, 1 de noviembre de 2026). No pensemos que la santidad es para otros, para héroes espirituales, para los místicos. Ser santos es, sencillamente, tomar en serio a Jesús y dejar que su camino sea el nuestro. Jesús nos invita a empezar hoy, en la casa, en el trabajo, en la sociedad. “Miren qué amor tan grande nos ha dado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!” (1 Jn 3,1). Pidámosle cada día, en oración, el don de la santidad.
Pidamos hoy a los santos, nuestros hermanos mayores, que nos enseñen a confiar, a perdonar, a compartir y a no perder la esperanza. Escuchemos siempre a Jesús, una y otra vez, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro. Dejemos que sus palabras nos conmuevan, nos desafíen, nos inviten a un cambio real de vida y nos guíen por el camino de la santidad (cf. Gaudete et exsultate, 66). Desde el monte, Jesús nos mira hoy con ternura y nos revela su secreto más íntimo: “Créanme, yo he vivido así y he sido feliz. Vivan así también. No se equivocarán. ¡Dichosos ustedes! Serán felices y harán felices a otros. Sigan así.”