HOMILÍA DEL DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO. Miami, 25 de octubre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas:
En el evangelio de este domingo, uno de los fariseos, experto en la Ley de Moisés, se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” (Mt 22,36). Aunque la pregunta estaba formulada con el afán de poner en aprietos a Jesús (cf. Mt 22,35), expresaba una de las preocupaciones del judaísmo de la época. Muchos maestros de Israel se preguntaban qué era lo verdaderamente esencial y decisivo en la religión y discutían para encontrar un principio unificador o un mandamiento fundamental que expresara toda la voluntad del Señor.
Jesús responde al doctor de la Ley no con una norma legal o un rito religioso, sino con un verbo: “amar”. Y lo pronuncia dos veces: “amarás, amarás”, en futuro, como si quisiera abrir un camino infinito que no se acaba mientras el mundo exista. Le ofrece un camino por recorrer, le hace una invitación dirigida a su libertad: “amarás”. Es un mandamiento que no se puede imponer desde fuera. El amor forzado no es amor.
La respuesta de Jesús se inspira en el Shemá, una oración del libro del Deuteronomio que todo judío piadoso repite dos veces al día y que comienza así: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,4). Del versículo siguiente extrae Jesús “el primer mandamiento”: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37; cf. Dt 6,5). Y afirma: “Este es el más grande y el primero de los mandamientos” (Mt 22,38).
A continuación, Jesús añade un “segundo mandamiento”, que califica como “semejante al primero” (cf. Mt 22,39), y cita otro texto bíblico, esta vez del libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18; Mt 22,39). Esto es lo más decisivo de la respuesta de Jesús: colocar el amor al prójimo junto al amor a Dios, como dos amores inseparables y principios unificadores de toda la voluntad divina. Para Jesús hay un único amor con dos rostros: el de Dios y el del prójimo.
Jesús concluye su respuesta diciendo: “En estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40). El amor a Dios y al prójimo da unidad a toda la revelación divina y la sostiene. Sin este doble amor, todo se cae, pierde valor y nada tiene sentido. Todos los mandamientos de la Ley de Moisés y todas las palabras de los profetas encuentran su fundamento y su expresión en este amor doble e indivisible a Dios y a los demás.
Lo primero es amar a Dios con todo lo que somos. Amarlo con nuestras fuerzas y nuestras debilidades, con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestra fe y nuestras dudas, cuando brilla el sol y cuando oscurece. Es como si Jesús dijera: lo amarás como puedas, lo mejor que puedas, con lo que tengas. No basta con creer que Dios existe o con confesar que es el único Señor. Dios quiere tener con nosotros una relación amorosa, personal, íntima. Él nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,19) y espera nuestra respuesta. Al amor solo se responde con amor.
Amar a Dios no es un asunto de sentimientos ni de exaltaciones emotivas. No se trata de sentir algo especial. Amar a Dios es, sobre todo, hacer su voluntad, no como esclavos obligados por temor, sino como enamorados que desean agradar a la persona amada. Amar a Dios es decidirnos siempre por aquello que mejor expresa el misterio de su amor, buscando en todo el bien, la verdad y la fraternidad. Amar a Dios con todo lo que somos es también confiar en sus caminos, que tantas veces no son los nuestros (cf. Is 55,8), y dejarnos conducir por él sin querer controlarlo ni encerrarlo en nuestros esquemas humanos. Amar a Dios es no sustituirlo nunca por los ídolos engañosos que nos esclavizan y nos roban la felicidad.
Amar a Dios con todo nuestro corazón no significa que él acapare todo nuestro corazón. Al contrario, siempre nos quedará corazón para amar a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo. Es más, amando a Dios los amaremos sin cálculo ni engaño, porque Dios no roba el corazón, sino que lo ensancha y lo hace capaz de amar a todos. De ahí que Jesús proponga otro mandamiento, semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39).
Para Jesús, el prójimo es imagen viva de Dios. El prójimo tiene rostro y voz, tiene corazón, hambre de amor y de belleza. Amar a Dios y al prójimo. Un ojo hacia Dios y otro hacia el hermano, con el corazón hacia el cielo y los pies en la tierra. Así quiere Jesús que amemos los cristianos. No separemos los dos mandamientos, los dos rostros del amor. No podemos amar a Dios, nuestro Padre, sin servir, perdonar y ayudar a nuestros hermanos y hermanas: “Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’, y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20).
A veces no odiamos a nadie, pero pasamos de largo ante el hermano que sufre. Lo más contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. La indiferencia reduce al otro a la nada, como si no existiera ni nos importara. Amar al prójimo significa no ser indiferentes. La indiferencia enfría el corazón y envenena la convivencia. Ninguna experiencia religiosa es auténtica si ignora al prójimo y, peor aún, si lo maltrata o lo excluye.
Ya desde la primera alianza, como escuchamos hoy en el libro del Éxodo, el amor al Señor se expresa en la misericordia hacia los más débiles: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No explotes a las viudas ni a los huérfanos, porque si los explotas y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor” (Ex 22,20-22). Nos engañamos si creemos amar a Dios mientras maltratamos a los más vulnerables o vivimos indiferentes ante ellos, sin tenderles la mano, sin compartir sus dolores, sin servirles ni ayudarles.
Para Jesús, amar es lo más importante y lo único necesario: amar a Dios y al prójimo. Detrás de tantas insatisfacciones y tristezas que padecemos, hay grandes vacíos de amor. En el origen de los corazones resentidos, de las personas distanciadas y de las familias divididas, hay siempre una carencia de amor. El desamor es el gran pecado que vuelve desierta la existencia e impensable el futuro.
Jesús lo ha resumido todo en el amor a Dios y a los hermanos. Amar no es un sentimiento, sino un acto de libertad. Amar no es una obligación, sino una necesidad para vivir. Cerrarnos al amor es comenzar a morir lentamente, porque, como nos recuerda San Juan de la Cruz, “en fin, para este fin de amor fuimos criados” (Cántico espiritual B 29,3).
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo auxiliar de Managua