Uno de los principales desafíos que enfrenta cada migrante consiste en regularizar su estatus o condición migratoria en el país donde ha establecido su residencia temporal. A esto se suman las dificultades propias de adaptarse a una nueva realidad cultural y de enfrentar trámites burocráticos que, la mayoría de las veces, resultan tediosos y frustrantes.
Esta situación se vuelve más compleja cuando el país del que huimos tampoco te brinda las condiciones necesarias para alcanzar un desarrollo humano adecuado en el extranjero.
El Colectivo Nicaragua Nunca Más asegura que más de 838,000 ciudadanos nicaragüenses se encuentran en el exilio debido a la situación sociopolítica y de persecución que afronta el país bajo el mandato de la codictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Entre los países que han recibido la mayor cantidad de migrantes se encuentran Estados Unidos, Costa Rica, España, entre otros.
Nosotros huimos de Nicaragua no por placer ni con el propósito de explorar nuevos horizontes. Hemos tomado esta decisión porque no teníamos alternativas para permanecer en un país donde no se respetan la democracia, el Estado de derecho ni las libertades públicas y religiosas. Un país con un régimen déspota y autoritario exige a sus ciudadanos a someterse a su voluntad represiva; quienes no están dispuesto a agachar la cabeza están obligados a huir.
Ya sea por exilio forzado o por expulsión, las condiciones humanitarias que sufrimos en el exterior son caóticas. Esta realidad se vuelve todavía más difícil cuando las políticas migratorias de los países receptores nos dicen, a cada momento, que tampoco somos de acá. No obstante, las leyes internacionales y las legislaciones internas nos protegen: el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece: “En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”.
Si decidimos regresar a la tierra donde nacimos, nos encarcelan, nos vigilan, nos asedian y nos exponemos a diferentes tipos de vejámenes, situaciones que también afectan a nuestro círculo familiar y esas acciones nos recuerdan que allá, en nuestro país no nos quieren.
La situación se agrava porque se nos obliga a padecer un segundo exilio, acompañado de la incertidumbre de pensar que, también allá —en otro país que no es el nuestro—, nos recordarán casi permanentemente que tampoco somos de allá.
Las condiciones empeoran no únicamente por las acciones de las instituciones públicas encargadas de hacer cumplir las leyes migratorias, sino también por la persecución transnacional que sufrimos y que diferentes organismos internacionales han denunciado en reiteradas ocasiones. Una persecución que, en gran medida, es ejecutada por los mismos nicaragüenses que también han sobrellevado el exilio y que son llamados
“opositores de los opositores”. Ellos persistentemente nos recuerdan que no somos de acá, y que sí nos quieren ver allá, en Nicaragua, encarcelados y torturados por la dictadura sandinista a la que dicen oponerse, aunque no la ataquen y más bien aplauden cuando hace daño a sus propios ciudadanos.
Entonces, ¿cuál será el lugar conveniente donde podamos permanecer sin ser vilipendiados? ¿Estamos obligados a vivir como nómadas mientras desaparezca la dictadura sandinista? ¿Se nos da la opción de escoger entre vivir en un país donde no nos quieren o quedarnos en el país al que sentimos que ya no pertenecemos?
Las interrogantes anteriores no son fáciles de responder. Tenemos que persistir y resistir, conscientes de que el tiempo se encarga de colocar a cada uno en el lugar adecuado. Mientras eso sucede, es importante respetar las leyes del país que nos ha acogido y comprender que ahora nos corresponde estar acá, aunque no pertenezcamos a este lugar, porque tampoco nos quieren allá.
La autora es abogada de derechos humanos.
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