Lo más grande del Día de la Hispanidad

Día de la Hispanidad le llamamos quienes vemos con gratitud y alegría lo que trajo Colón ese 12 de octubre de 1492. Dia de la Resistencia Indígena le llaman quienes con odio y amargura lo lamentan. Una de las razones —hay muchas más— de nuestro aprecio por dicha fecha es que en su alforja el almirante trajo algo de valor inapreciable: la fe católica.

Para un cristiano (quienes profesan la divinidad de Cristo) esto tiene que ser lo más precioso que trajo España. Desde el punto de vista espiritual nada se compara a esto. Pero también desde una visión enteramente secular, o si se quiere agnóstica, puede reconocerse que la venida del cristianismo implicó la llegada de un humanismo y una ética incomparables. También que los indígenas lo recibieron con asombro y simpatía.

A indios imbuidos de una religión pródiga en dioses crueles y voraces, que exigían terribles y cuantiosos sacrificios humanos, los misioneros cristianos hablaban de un Dios muy distinto. El Dios encarnado que había dado la vida por ellos, los amaba sin término. No sólo era un amigo, lo cual ya era bastante, sino un padre. El Dios que predicaban los españoles no hacía distinción entre españoles e indios, hombres o mujeres, ricos o pobres.

Sobre el altar los indios veían entre intrigados y admirados al dios de los conquistadores: un hombre semidesnudo y sangrante clavado a un madero; un sacrificado. En la mentalidad indígena estaba profundamente arraigada la necesidad de ofrecer víctimas a los dioses. El cura español, con su aún torpe y balbuceante dominio de los vocablos aborígenes, les explicaba que Dios había enviado a su hijo único, quien con su sangre había pagado las deudas de todo el género humano. La víctima, les decía, era nada menos que el hijo de Dios, por lo que su inmolación era el sacrificio perfecto; una ofrenda que saldaba con creces todas las deudas de la humanidad y que hacía innecesario seguir sacrificando hombres. Ese hombre Dios también les pedía amarse. Los bienaventurados no eran los ricos y los poderosos, sino los pobres y los humildes.

La velocidad con que esta fe fue aceptada e internalizada por las masas indígenas es causa de admiración. La aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531 fue uno de sus grandes aceleradores. Dice el historiador chileno Bravo Lira: “Por la forma en que se llevó a cabo y la amplitud de sus resultados esta evangelización de América, que se completa en los siglos siguientes, no tiene paralelo. Es hasta ahora el más vasto y fructuoso esfuerzo misional en la historia de la iglesia”.

Es cierto que la nueva fe estaba contaminada por algunas creencia y supersticiones indígenas, como es cierto que la conducta de muchos de sus adherentes distaría mucho del ideal cristiano, pero la evidencia de que las masas indígenas y después mestizas la hicieran propia con mucho fervor es algo que ningún historiador disputa. Incluso es revelador que durante las luchas por la independencia de España muchos indios se abstuvieron de apoyarla. Historiadores como Pablo Ayón, reconocen que amplios sectores del pueblo humilde, predominantemente indígena —y católico— añoraba los tiempos del gobierno español. Quien se levantó en Centroamérica contra la ofensiva anti religiosa de Morazán fue, precisamente, el indio Rafael Carrera.

La devoción de los habitantes de Nicaragua fue, precisamente, una de las cosas que más impresionó al primer diplomático norteamericano E.G. Squier cuando, en 1849, vio la reacción del pueblo ante el toque del “Ángelus”. “En un instante se apagaron todos los ecos; los jinetes sofrenaron sus caballos, de las manos de los marineros cayeron las velas, remos, mecates, el vigía se paró en seco, cántaros y tinajas quedaron a medio llenarse. Todo el mundo se quitó el sombrero, y todos los labios musitaron: ¡Ave María Purísima…! …Algo como de magia tuvo el repentino silencio de la multitud y su absoluto recogimiento místico. Todo eso no podía sino emocionar profundamente al extranjero que por primera vez lo presenciaba”.

La religión cristiana fue también una fuente importante de moralización. Los indígenas carecían de una moral teológica que ayudara a distinguir entre lo moral o lo inmoral. Sus dioses eran fuerzas irracionales y caprichosas que no podían ser aplacados por la buena conducta sino por manipulaciones mágicas y sacrificios humanos. Por siglos, abnegados misioneros, al precio de incontables muertes, enfermades y mil tribulaciones, se esforzaron por educar a los indios en la nueva ética —respeto a la vida, dejar las borracheras, unirse en matrimonio estable, etc.— y en elevar su nivel cultural.

Mario Vargas Llosa, agnóstico confeso, comentaba al respecto cómo los misioneros ayudaron a dichas comunidades: “A modernizar y enriquecer, con aportes occidentales, sus costumbres, sus creencias, su arte y, sobre todo, su música. En vez de armas, traían instrumentos de música; sus experiencias en Perú y Paraguay les habían enseñado que el lenguaje de las flautas, los violines, o las cítaras, facilitaban la comunicación con los naturales del nuevo mundo”.

No sería tarea fácil, empero, sustituir una cultura primitiva y milenaria por la europea cristiana. Hoy es evidente que dicha tarea es incompleta. Hay un enfriamiento del fervor. Hoy Squier ya no vería lo que observó en 1849. Peor aún; hoy enfrentamos una ola materialista y la embestida de ideologías anticristianas que reniegan de nuestra herencia hispano-cristiana. Defenderla y revitalizarla es el reto de quienes, agradecidos, todavía creemos que el 12 de octubre de 1492 fue un día glorioso.

El autor es sociólogo e historiador.

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