A diferencia de las compactas ciudades europeas, la mayoría de las ciudades de Estados Unidos están diseñadas con un centro urbano (el downtown) y suburbios extensos donde los residentes dependen del automóvil para sus desplazamientos. En esas ciudades, casi todo está muy lejos del hogar y el transporte público suele ser insuficiente o inexistente. Por lo tanto, el automóvil no es un lujo: es una necesidad.
Este modelo, conocido en inglés como urban sprawl (dispersión urbana), surgió hace muchas décadas debido a varios factores.
El auge del automóvil
A principios del siglo XX, la empresa Ford puso en marcha la producción masiva del Modelo T, un coche económico a precios accesibles para la mayoría. Para impulsar el uso generalizado del automóvil privado, las empresas automovilísticas y petroleras compraron sistemas de tranvías eléctricos urbanos para desmantelarlos. Desde entonces, las ciudades norteamericanas se empezaron a rediseñar para el tráfico vehicular, no para los peatones.
La vivienda, lejos del negocio
En Europa, los barrios suelen ser de uso mixto. Es decir, uno vive en un edificio de apartamentos y en la planta baja o muy cerca puede haber una panadería, un restaurante, un mercado, un bar. En cambio, en Estados Unidos —con la excepción de ciudades más antiguas como Nueva York, Boston, Filadelfia o Chicago— se implementaron leyes de zonificación que establecieron una separación estricta entre la vivienda y el negocio. Se crearon zonas exclusivas para residencias, en general lejos de los comercios, de las oficinas y de las industrias. Al prohibir comercios en las urbanizaciones, la distancia entre las residencias, los trabajos y los mercados y las tiendas aumentó tanto que ir a pie dejó de ser una opción viable.
La intervención del gobierno
El gobierno federal dio un gran impulso a la expansión hacia las afueras con dos medidas. Una fue una ley de 1956 que financió la construcción de miles de kilómetros de autopistas interestatales. Las autopistas dividieron los centros urbanos y los conectaron con las nuevas urbanizaciones que se construían en los suburbios.
La otra medida fue la concesión de hipotecas baratas a los veteranos de las guerras. Solo que generalmente esas hipotecas debían usarse para comprar casas unifamiliares nuevas, precisamente las que se estaban construyendo en las afueras.
La huida blanca
Otro fenómeno decisivo, conocido como White Flight (la huida blanca) se produjo en las décadas de 1950 y 1960. En esos años, las familias de clase media y alta —que en su mayoría eran blancas— abandonaron los centros de las ciudades para escapar de la diversidad racial, del cierre de industrias y negocios, y de la percepción del peligro de la delincuencia. El Sueño Americano adquirió una nueva definición: tener una casa propia con jardín en un suburbio tranquilo, lejos del bullicio y los riesgos del centro de la ciudad. Disfrutar ese sueño, desde luego, exigía ponerse al volante del automóvil personal.
Pero mantener el modelo de dispersión urbana es sumamente costoso no solo para la gente, sino también para los gobiernos locales. ¿Por qué? Porque el diseño disperso, con su baja densidad poblacional, genera relativamente pocos ingresos fiscales para mantener la infraestructura necesaria, como alcantarillados o redes de electricidad. Por ejemplo, en ciudades compactas como Nueva York o Madrid, una sola tubería de agua de 100 metros puede dar servicio a un edificio de 50 apartamentos. Pero en un suburbio, esa misma tubería sirve solamente para dos, tres o cuatro casas unifamiliares.
Los residentes de los suburbios también sufren un impacto económico. Las personas que dependen del automóvil gastan entre el 15 y el 25 por ciento de sus ingresos en el transporte privado, un desembolso que abarca la compra y el mantenimiento del automóvil, la gasolina, el pago de los seguros obligatorios, los peajes en las autopistas. En las ciudades caminables, con un transporte público eficiente, el gasto suele ser de menos del 5 por ciento de los ingresos. Además, las personas que deben ir de los suburbios a sus trabajos en la zona céntrica se ven obligadas a sufrir las molestias, los riesgos y la pérdida de tiempo de la creciente congestión vehicular.
Muchos estadounidenses están considerando las ventajas de vivir en el centro. Pero en ciudades como Miami la demanda ha disparado los precios, desplazando a los antiguos residentes de menos ingresos, mientras la llegada de personas con la cartera abultada —tanto de otros estados como del extranjero— ha puesto de moda el downtown con la construcción de edificios y centros comerciales de lujo.
Algunas ciudades, entre ellas Minneapolis, Portland y Salt Lake City, están cambiando sus leyes de zonificación para permitir una mayor densidad de viviendas y ampliar el transporte masivo.
Los centros de las ciudades vuelven a ser atractivos para muchas personas. La noción del Sueño Americano, basado en la casa en el suburbio, con el automóvil (o varios automóviles) en la entrada, podría estar empezando a cambiar. Pero revertir el modelo de dispersión urbana establecido desde hace un siglo no será una tarea fácil. [FIRMAS PRESS]
El autor es escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son El ocaso y La espada macedonia, publicadas por Mundiediciones. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump con Mundiediciones y el ensayo Una plaga del siglo XXI, sobre la pandemia del covid-19.