Cada vez que una nueva medición internacional muestra los deficientes resultados de comprensión lectora de los estudiantes, se repite una ceremonia conocida. Nos alarmamos, buscamos responsables, discutimos métodos y proponemos nuevas estrategias pedagógicas. Pasado algún tiempo, la inquietud se desvanece hasta que otra evaluación, como PISA, vuelve a recordarnos que los jóvenes tienen serias dificultades para comprender lo que leen. El problema existe y es grave. Pero quizá llevamos demasiado tiempo formulando mal la cuestión.
Durante medio siglo hemos cambiado programas, metodologías, sistemas de evaluación y tecnologías educativas. Hemos pasado de unas técnicas a otras, de la memorización a las competencias, del papel a la pantalla, y ahora nos preguntamos qué hará la inteligencia artificial con todo ello. Sin embargo, hemos dedicado menos atención a una pregunta más elemental. Antes de preguntarnos cómo enseñar a leer, deberíamos preguntarnos nuevamente en qué consiste leer.
Leer no es simplemente reconocer signos, pronunciar palabras o extraer información de un texto. Es un acto de la persona entera. Significa recibir una palabra que otro ha dejado escrita, demorarse en ella, comprenderla y permitir que nos descubra algo de la realidad. Leer verdaderamente es, de algún modo, leer dentro, penetrar en el sentido de cuanto tenemos delante.
Pero nadie comienza leyendo. Antes, el niño aprende a escuchar. Reconoce voces, descubre que las palabras nombran las cosas, escucha historias y comienza a imaginar aquello que no está ante sus ojos. Después habla, pregunta, inventa y relata. Solo más tarde llega la palabra escrita. Escuchar, hablar, imaginar, leer y escribir no son capacidades independientes, sino expresiones de una misma facultad humana para recibir el mundo, comprenderlo y comunicarlo.
Daniel Pennac recordaba en Como una novela algo que la pedagogía puede olvidar: la lectura muere cuando aquello que fue descubrimiento se convierte solamente en una carga insoportable. El niño al que leen un cuento antes de dormir no pregunta qué competencia está desarrollando. Quiere saber qué ocurrió después. Una palabra ha abierto un mundo y desea entrar en él.
Para hacerlo necesita imaginación, pero también atención. Un texto posee su propio tiempo. Una frase conduce a otra, un razonamiento necesita desarrollarse y una palabra desconocida obliga a detenerse. En una cultura dominada por la velocidad y la distracción, leer educa porque enseña algo extraordinariamente sencillo y difícil: permanecer.
Hay, sin embargo, algo anterior al libro. El primer texto que el hombre está llamado a leer es la realidad misma. Antes de encontrar letras encontramos cosas; antes de descifrar frases descubrimos rostros, sonidos, formas, movimientos y relaciones. El niño mira mucho antes de saber leer y descubre que el mundo no es una acumulación caótica de objetos. La realidad posee, podríamos decir, una gramática que nosotros no hemos inventado.
Aquí aparece la contemplación. Josef Pieper comprendió que contemplar significa dejar de relacionarnos con cuanto existe únicamente desde la utilidad y recuperar la capacidad de recibir. Contemplar no es pasividad, sino una forma intensa de atención. El niño que observa una hormiga, mira el mar o se maravilla al descubrir que una pequeña semilla puede convertirse en árbol está aprendiendo algo anterior a cualquier información: que el mundo merece ser mirado.
Leer exige la misma disposición. El buen lector se detiene, vuelve atrás, relaciona, pregunta y se sorprende. Una historia puede permitirle descubrir aquello que siempre había tenido delante sin haberlo visto. Leer es también dejarse enseñar.
Por eso la crisis de la lectura es bastante más que un problema escolar. Es una crisis del logos. Una sociedad necesita personas capaces de seguir un razonamiento, comprender lo que otro ha dicho antes de responderle y distinguir un argumento de una consigna. Cuando perdemos esa capacidad, no solamente comprendemos peor los libros; comenzamos también a comprender peor la realidad y a los demás.
PISA puede medir determinadas capacidades lectoras y advertirnos de un deterioro que sería absurdo ignorar. Pero no puede medir el asombro de un niño, su imaginación, su capacidad de guardar silencio, el placer de descubrir una palabra ni aquello que sucede cuando aprende verdaderamente a mirar. No puede hacerlo porque esas realidades no pertenecen al orden de lo mensurable.
Recuperar la lectura exige, por eso, algo más profundo que otra técnica. Hay que volver a hablar con los niños, contarles historias, leerles en voz alta, dejarles imaginar, conversar con ellos, permitir el silencio y poner buenos libros en sus manos. Antes de aprender a leer libros, el hombre tiene que aprender a leer la realidad. Y para aprender a leer la realidad tiene que aprender primero a contemplarla.
Una civilización comienza a recuperar la lectura cuando vuelve a enseñar a sus hijos a escuchar, hablar, imaginar, mirar y contemplar. Solo entonces las palabras dejarán de ser signos que deben descifrarse y volverán a convertirse en caminos para encontrarnos con los demás, adentrarnos en la realidad y comprender un poco mejor quiénes somos.
El autor es doctor en Filosofía y Letras (Filosofía) por la Universidad de Navarra (España) Profesor del Instituto de Filosofía de la Universidad San Sebastián. Miembro del Panel de Humanidades y Ciencias Sociales de la Fundación Fulbright.