¿Qué buscan los que se meten en política? Muchos textos responden que, en primera instancia, es la toma del poder. ¿Pero poder para qué? En última instancia la única motivación legítima y capaz de ennoblecer la política es el deseo de mejorar su país. Ausente esto la política se pervierte.
De aquí que sea necesario reflexionar sobre lo que hay que hacer para mejorar la nación. Muchos intentan hacerlo. El problema es que suelen limitarse a proponer remedios institucionales, cambios en la estructura del Estado, en la economía, nuevas políticas sociales, etc. Pero olvidan la importancia del cambio cultural, del cambio de valores.
En Estados Unidos, por ejemplo, se ha documentado cómo la pobreza y el crimen que sufren los negros no se debe al racismo ni a factores económicos sino a la alarmante y moderna desintegración de sus familias. 60 o 70 años atrás eran mucho más unidas y menos pobres.
Hoy son muchos los científicos sociales que vienen enfatizando el rol que las distintas culturas tienen en el buen o mal comportamiento de sus habitantes, y en su posibilidad de progreso. Uno de ellos es el nicaragüense Salvador Mendieta. Su libro de inicios de siglo, La enfermedad de Centroamérica, pocos nicas lo conocen no así autores extranjeros, como Lawrence Harrison, quien lo cita extensamente en su clásico El subdesarrollo es un estado de la mente (1985).
Los valores pesan. La moralidad pesa. Tanto en la calidad de vida de las personas como en la de sus gobiernos. El reto es cambiarlos. Una ruta de probada eficacia, aludida antes, es la evangelización cristiana. Afirmarlo no es producto de una visión religiosa sino de evidencias empíricas e históricas. Fue el cristianismo quien a través de su defensa de la sacralidad y dignidad de toda vida humana sacó de la barbarie a los pueblos de Europa e introdujo los valores dominantes de Occidente. Desde Aristóteles hasta los romanos se pensaba que había humanos inferiores que era legítimo esclavizar y hasta matar. Séneca escribió: “Nosotros ahogamos a los niños débiles o anormales al nacimiento”.
De entrada, el cristianismo abolió el infanticidio, las luchas de gladiadores, los duelos y, eventualmente, a través de activistas cristianos, la esclavitud. Explicó a paganos y bárbaros los diez mandamientos bíblicos y el nuevo del amor incondicional e introdujo una nueva moralidad sexual exaltando la institución del matrimonio indisoluble. Asimismo, proclamó la igualdad de todos los seres humanos —que hoy la modernidad enarbola ignorando su origen— y del amor preferencial por los más débiles o desafortunados. Para tener una visión más completa de la contribución del cristianismo a la civilización occidental basta leer al sociólogo Rodney Stark (La victoria de la razón. Cómo el cristianismo ha producido libertad, progreso y riqueza, Editorial Lindau, Turín 2008). Abundan los testimonios de como la conversión a Cristo y la lectura de la Biblia ha transformado o sacado del vicio a millares de individuos y comunidades.
Si es tan positiva, y padecemos una crisis moral, ¿por qué no enseñar cristianismo en todas nuestras escuelas? En 1894 Zelaya sacó a Cristo de las aulas de un plumazo, sin consultar el sentimiento de las familias nicaragüenses. Aún hoy muchos lo celebran como una reivindicación del Estado laico, sin ponerse a pensar en el daño causado. Por el contrario, fue un líder secular, Lee Kuan Yew de Singapur, quien entendió que el recurso humano era lo más importante y que la enseñanza de valores y virtudes era lo que más podía enriquecerlo y hacerlo productivo. Concluyó entonces que el mejor vehículo para lograr dicha educación era impartir religión en las escuelas. Este fue uno de los ingredientes que contribuyeron a que Singapur saltara de pobre extremo a rico extremo.
Imaginemos todos los alumnos memorizando los diez mandamientos y luego discutiéndolos uno por uno. Maestros, complementados por religiosos (as) pastores y laicos cristianos, enseñándoles el valor del amor, del matrimonio, la fidelidad, honradez, el servicio y toda la gama de virtudes naturales y sobrenaturales.
El gobierno podría impulsar ese nuevo currículo, suministrar biblias a toda la juventud y dar todo el apoyo posible a los pioneros de este esfuerzo. No cambiará Nicaragua de la noche a la mañana, pero irá en buen camino. Como dice la escritura: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es el Señor”.
El autor es sociólogo e historiador.