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El evangelio de este domingo nos recuerda la importancia del perdón. Un día, Pedro le preguntó a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?” Es decir, ¿hay un límite para el perdón? ¿Hay un momento en que ya es suficiente y debemos dejar de perdonar? Pedro adelanta una primera respuesta: “¿Hasta siete veces?” (Mt 18,21). De modo sorprendente, Jesús le respondió: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Para Jesús, el único límite del perdón es no ponerle límites.
Jesús no da esa respuesta por capricho ni por idealismo. La da porque así es Dios: nos perdona siempre. El salmo de hoy lo describe con una ternura asombrosa: “El Señor es clemente y compasivo, paciente y lleno de amor; no nos condena para siempre ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados” (Sal 103,8-10). Dios siempre va más allá de la justicia estricta. Su justicia es la misericordia. Y ahí está la clave de todo: no perdonamos porque seamos generosos, sino porque hemos sido perdonados primero.
Para explicarlo, Jesús cuenta una parábola. Un rey, movido a compasión, perdona a un siervo una deuda inmensa, imposible de pagar (Mt 18,27). Pero ese mismo siervo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debía una cantidad menor y no tiene compasión: lo agarra, trata de estrangularlo y lo mete a la cárcel (Mt 18,28.30). Aquel hombre no era injusto: tenía derecho a exigir el pago de la deuda, pero era alguien sin corazón. No era deshonesto, pero sí cruel. Podemos ser jurídicamente correctos y, al mismo tiempo, despiadados. Podemos incluso sentirnos buenos cristianos y llevar por dentro un corazón cerrado a la misericordia.
Ante el mal recibido, casi instintivamente pensamos que el mal puede repararse mediante otro mal, dañando a quien nos ha hecho daño, excluyendo a quien nos ha ofendido o guardando rencor a quien nos ha maltratado. Esto no sana la herida recibida, ni devuelve la dignidad perdida, ni da fuerzas para empezar de nuevo. Más bien eleva el grado de dolor y de violencia. No se cura una herida produciendo otra. Ser crueles, odiar, guardar resentimiento en el corazón y querer vengarse son acciones que dañan profundamente nuestra vida y provocan graves desequilibrios emocionales. Solo el perdón desactiva de raíz la espiral del mal.
“Perdonar setenta veces siete” es un camino de madurez y de humanidad. El perdón engrandece y sana a quien lo ofrece y, al mismo tiempo, confronta al culpable con la verdad, dándole la oportunidad de reparar el mal cometido. El perdón es desconcertante: quien primero tiene que convertirse no es tanto quien hizo el daño, sino la propia víctima, que se ve llamada a dar algo que nadie merece. Porque el perdón verdadero es siempre inmerecido: perdonamos lo imperdonable, como Dios nos ha perdonado a nosotros lo imperdonable.
Perdonar no es debilidad; exige una fuerza espiritual y una valentía moral enormes. Quien perdona no se rebaja: se acerca más a la plenitud humana y refleja algo del esplendor misericordioso de Dios. En realidad, el perdón libera antes a quien perdona que a quien es perdonado: nos suelta de un pasado que, de no soltarlo, sigue carcomiendo la vida y la va llenando de amargura. Perdonar nos permite mirar el futuro con nuevos ojos, con serenidad e incluso con alegría.
Es comprensible la indignación que provocan el mal, la injusticia y la violencia que destrozan la convivencia social. Pero ni siquiera ahí podemos renunciar al perdón y resignarnos a la lógica de la represalia y el odio. Perdonar no es olvidar; es recordar de otra manera, sin rencor ni deseos de venganza. Perdonar tampoco es ignorar el mal, callar la verdad ni cruzarse de brazos ante el daño recibido. Perdonar es no resignarnos a que el pecado y el mal tengan la última palabra.
Seamos claros, porque aquí suele haber confusión. Hablar de perdón no es negar la justicia, no es pedir impunidad ni sugerir que las víctimas deben olvidar y pasar página. Una injusticia no reparada socava la convivencia social; un perdón otorgado a expensas de la justicia no cierra las heridas, sino que las profundiza aún más. Quien ha cometido un delito debe responder ante tribunales independientes, con debido proceso y derecho a la defensa. Los corruptos, injustos, torturadores y criminales deben enfrentar las consecuencias de sus acciones y rendir cuentas ante la ley. La misericordia de Dios no es excusa para la impunidad de los delincuentes.
Sin embargo, debemos ir más allá de la justicia, sin confundirla nunca con la venganza. Al exigir justicia, no podemos volvernos crueles como el siervo de la parábola, ni reproducir los mismos mecanismos ilegales y desalmados de quienes han perpetrado esos crímenes. La justicia “debe ejercerse y, en cierto modo, completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas”, pues “el perdón, en modo alguno, se contrapone a la justicia (…); el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2002).
La justicia de los tribunales “no vence el mal, sino simplemente lo circunscribe; en cambio, solo respondiendo al mal con el bien es que el mal puede ser verdaderamente vencido” (papa Francisco, Catequesis 16/2/2016). Sin la misericordia que Dios nos da gratuitamente y que nos impulsa a perdonar con generosidad, ni las personas ni los pueblos pueden reconciliarse de verdad. La justicia sola, sin perdón, deja siempre una herida abierta que, tarde o temprano, vuelve a sangrar; y el perdón sin justicia se convierte en una palabra vacía que humilla otra vez a la víctima. Solo el corazón tocado por la misericordia de Dios puede sostener juntas la exigencia de la verdad y la capacidad de perdonar.
Perdonar, en el fondo, es un don de Dios que hay que implorar humildemente en la oración; nadie logra perdonar únicamente con sus propias fuerzas. Quien perdona llega a tener un corazón semejante al de Dios, en el cual hay sitio para todos, siempre y sin condiciones. Y llega a tener una mirada semejante a la de Dios, bajo la cual nos sentimos protegidos y sin miedo, sabiendo que Dios siempre nos mira con bondad, compasión y ternura.
Que la Virgen María, Madre de misericordia, nos alcance un corazón capaz de perdonar sin cansarse y de exigir, sin odio, la justicia que el mundo tanto necesita.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua