Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Mientras los editores y analistas en las páginas de Opinión de LA PRENSA debaten sobre los alcances de la nueva farsa electoral y el acelerado avance del régimen hacia la formalización de un modelo de partido único, en ciertos círculos del exilio la discusión sigue atrapada en la retórica de salón. Es imperativo sacudir ese diagnóstico y bajarlo a la cruda realidad.
Se recetan análisis desde la comodidad de los estudios climatizados en Miami, donde se despacha con ligereza académica que hablar de cambios en una autocracia cerrada sin alterar primero el «balance de poder» resulta ser un ejercicio tautológico. Se exige, con pureza teórica indiscutible, que sea la «resistencia política y popular» la única palanca de transformación frente a la tiranía nicaragüense.
Pero la realidad que documenta la prensa nacional desbarata cualquier coartada teórica: el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo no disimula su ruta. Mientras la maquinaria oficialista —con Gustavo Porras al frente y bajo la farsa de «consultas» exprés al cuerpo diplomático y a sus estructuras subordinadas— empuja la reforma constitucional para septiembre destinada a sepultar formalmente cualquier rendija electoral y blindar el partido único, los analistas de salón siguen pidiendo peras al olmo.
Exigirle «resistencia popular» como un mantra abstracto a una ciudadanía atrapada en un Estado policial totalitario, donde la protesta se paga con cárcel, destierro o desaparición, es una burla intelectual. Pretender que un pueblo desarmado, vigilado y hambriento modifique por sí solo el balance de fuerzas frente a una maquinaria militarizada es, sencillamente, exigir milagros desde la barrera.
Frente a la crítica de la redundancia, hay que responder con la brutalidad de las opciones reales. En una tiranía cerrada que ha clausurado todas las válvulas cívicas, la correlación de fuerzas no se altera con comunicados ni con seminarios de análisis político. Las opciones para fracturar el poder del régimen se reducen a un dilema que los estrategas de escritorio evitan nombrar por comodidad o cobardía moral:
O se activa una palanca de presión externa implacable —como una política de máxima presión económica y financiera desde Estados Unidos, bajo la lógica de un golpe certero a la economía del régimen que estrangule su caja chica—, o se asume el camino trágico y destructivo de la confrontación armada.
No hay terceras vías mágicas. Continuar discutiendo sobre calendarios electorales, cuotas de participación o candados jurídicos no es solo una pérdida de tiempo; es un acto de complicidad con la simulación.
Es hora de que los estrategas del exilio dejen de jugar con las palabras y se definan. Si rechazan la ficción de las elecciones bajo la bota del tirano, pero tampoco están dispuestos a respaldar la asfixia económica frontal ni la ruptura violenta, lo que están vendiendo es humo. La lucha contra la dictadura no necesita más eufemismos académicos, sino claridad estratégica: o se golpea el bolsillo y el sustento del poder tiránico desde afuera, o se deja de mentirle al país prometiendo salidas que la realidad ya incineró.
El autor es doctor en Ciencias Políticas.