Jesús actua, cura y alimenta

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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario 2026 

Jesús, al enterarse de la muerte de Juan Bautista, se retira. Ante la multitud, tiene compasión: curas enfermos y, al caer la tarde, multiplica cinco panes y dos peces para alimentar a los cinco mil. Todos comen hasta saciarse y sobran doce cestas. 

Jesús no ofrece solo consuelo verbal; actúa: cura y alimenta. La compasión evangélica se traduce en acciones concretas que alivian la necesidad inmediata y permanente.  

Hay aquí en este pasaje bíblico una clara denuncia implícita del hambre y de la desigualdad, hambre de lo que se necesita hoy en nuestro contexto, sea hambre de cualquier cosa que cada uno tiene…  

El milagro expone una realidad humana: muchos pasan necesidad. Que un gesto milagroso sea necesario para alimentar a la gente interpela, encara y denuncia a estructuras que permiten la indigencia. La provisión es señal de que el Reino exige alimento para todos. Hay personas, pueblos que pasan hambre y necesidad por cause del egoísmo de unos pocos, que reparten solamente a sus secuaces y a quienes parten mente, ideología y violencia ante los que no comparten su maldad, retórica y que contantemente denuncian y reclaman sus derechos y libertades.  

Jesús distribuye lo poco disponible y crea comunión. La multiplicación muestra la lógica del compartir: una comunidad que comparte impide la acumulación de pocos frente a la miseria de muchos. Se puede ver que claramente existe un contraste con el poder que oprime y niega lo que por derecho todo un pueblo reclama aun sometido y silenciado, un pueblo a quien se le dice que no necesita a nadie que venga a remplazar lo establecido, ya tienen un padrastro, que no hace falta su opinión o su deseo de cambio para una vida mejor en libertad y sin miedo, sin dominación o sometimiento a la fuerza.  

En el contexto de gobernantes que “dominan a sus pueblos bajo las armas y la opresión”, el pasaje pone en evidencia dos modelos: el poder que explota y endurece (acumula, reprime, usa violencia) versus el poder cristiano que sirve, distribuye y protege la vida. Jesús actúa como Pastor que prioriza el pan, no la espada. Jesús es un PAN… que alimenta no que contamina o enferma.  

Como Iglesia actúamos primero aliviando el sufrimiento, dando esperanza que nace de Dios que ama a su pueblo con un amor más allá de su imaginación.  

Como amados por Jesús, debemos ser solidarios y rechazar toda violencia de donde venga, estatal, social o familiar.  

Acompañar a víctimas de violencia, documentar abusos, ofrecer refugio y denunciar públicamente las violaciones de derechos humanos. La hospitalidad es Resistencia ética frente a la opresión. 

Educar sobre la opción preferencial por los que sufren, la dignidad humana y el compromiso cívico; promover la presión internacional cuando la represión persista. Hay que gritar y denunciar el mal y todo aquello que denigra al ser humano.  

Usar la liturgia y la palabra para recordar que la Eucaristía implica compromiso por el hambriento; predicar la justicia como fruto de la fe y convocar a la conversión social. 

Jesús: Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.  

El milagro del pan es signo del Reino: Dios quiere que nadie pase hambre, hambre de alimentos, hambre de libertad, de justicia, hambre de democracia y de paz.  Frente a regímenes que oprimen por la fuerza, la Iglesia responde con el pan que comparte, la denuncia que interpela y la solidaridad que protege. Ser discípulos del Señor hoy exige compasión activa, construcción de justicia y coraje profético ante los poderes que destruyen la dignidad humana. 

Como bien dice hoy San Pablo a boca abierta: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… En todas estas cosas salimos más que vencedores por aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.” (Rm 8,35.37–39) 

Pablo no niega el sufrimiento real — enumera tribulación, persecución, espada — pero proclama una certeza mayor: el amor de Cristo no se rompe. Para quienes viven amenazas, exilio y muerte, este texto es promesa: aun en el abismo de la persecución Dios permanece con ustedes y por medio de su amor sostiene la esperanza. 

Ser amado por Cristo significa que no estamos definidos por la violencia que se sufre. Su valor no depende de la opinión de los opresores; un pueblo no es hijastro de sus gobernantes o de quienes se proclama como salvadores y mesías frustrados, que necesitan y dependen de estar montados sobre la silla del poder y las armas. El valor de todo hijo de Dios, su identidad es la de hijos e hijas de Dios, amados hasta el extremo. Eso da dignidad en medio del despojo y da fortaleza, da esperanza que no defrauda.  

“Más que vencedores” no significa ausencia de heridas, sino que, a pesar de las heridas, la última palabra no la tiene el verdugo sino el Amor que redime. La victoria es la fidelidad, la resistencia solidaria, la capacidad de seguir amando y de construir vida donde se intentó borrar la esperanza. 

La Escritura nos exige como Iglesia y como comunidades de fe estar presentes: acompañar, denunciar, proteger, crear redes de apoyo. No basta consolar: la fe se hace acción concreta (asistencia, visibilidad internacional, rutas de ayuda, presión por justicia). 

Frente a dictadores sin conciencia, este pasaje enciende el coraje de la verdad: denunciar la injusticia y testimoniar la esperanza. El martirio y el exilio han sido en la historia voces que despiertan la conciencia mundial; su sufrimiento llama a la conversión de los que oprimen. Hay que seguir gritando, reclamando, denunciando aun cuando nuestra voz sea un grito en el desierto, hay piedras que aun siendo duras oirán nuestras quejas, dolores y ansias de reclamar una familia, una patria libre y soberana. No hay que callar porque si los hombres no hablan, hablaran las piedras del camino.  

Para los pueblos ultrajados y sometidos bajo las armas y el poder y perseguidos: no hay que desfallecer, hay que mantener la vida de oración y memoria, sostener vínculos comunitarios, guardar historias y nombres (no dejarse reducir al número), proteger a los más vulnerables. 

Para nosotros como Iglesia y sociedad: visibilizar los hechos, acompañar con ayuda humanitaria, garantizar vías seguras para refugiados, ofrecer apoyo legal y mediático, exigir rendición de cuentas a instancias internacionales. 

Nuestro Señor Jesús, conoce el dolor de los oprimidos; se queda cerca de quienes hoy sufren persecución y muerte. Nos quiere hacer instrumentos de su amor: el Señor acompaña al exiliado, protege al perseguido, consuela al que llora y convierte el corazón de los verdugos. Que nadie se separe jamás de su amor.  

Pablo en su elocuencia fruto de su propia relación con Jesús nos habla con Palabras llenas de esperanza 

Ninguna opresión tiene la última palabra. La fidelidad en la prueba, la solidaridad de los hermanos y la acción profética de la Iglesia trabajan para que la promesa de Pablo se haga realidad: el amor de Dios sostiene, transforma y, al final, vence. AMEN.

El padre Marcos Somarriba es párroco de la iglesia Santa Ágata en Miami 

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