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Luchar por la democracia es como nadar contra la corriente, y además río arriba. Y no solo en Nicaragua, donde impera una dictadura implacable que refuerza cada vez más la presión de sus tentáculos totalitarios, en vez de aflojarla como demanda el mundo civilizado.
Se sabe muy bien que la libertad es indispensable para vivir con dignidad. Y que la democracia es la mejor forma de gobernanza política que hay y ha habido a lo largo de la historia. Sin embargo, en la mayor parte del mundo no hay libertad, ni democracia, y la lucha para obtenerlas o conquistarlas se tiene que librar en condiciones muy adversas.
En el Informe sobre la Democracia 2026 del Instituto V-Dem (Varieties of Democracy Institute, de Suecia) se señala que en la actualidad solo hay 87 democracias en el mundo. Mientras que el departamento de investigaciones de la prestigiosa revista británica The Economist divide las 87 democracias existentes en 24 plenas y 63 defectuosas. La democracia plena es un sistema político con elecciones libres, alta confianza institucional, libertades civiles firmes y una cultura política sólida. En tanto que la democracia defectuosa (o imperfecta) es una que mantiene elecciones y derechos básicos, pero sufre de baja participación ciudadana, restricciones de garantías, debilidad en el gobierno y problemas de corrupción.
O sea que la democracia completa, la que llena todos los requisitos para ser considerada como tal, solo existe en 24 de los 193 países que pertenecen a las Naciones Unidas.
De manera que es enorme la mayoría de países donde imperan las autocracias, entre ellos la Nicaragua de Rosario Murillo y Daniel Ortega, a quien el periodista argentino Leonardo Oliva, de Connectas (Plataforma Periodística para las Américas), lo llama “Kim Jong Dos”, comparándolo con Kim Jong Un, el déspota comunista de Corea del Norte.
Según Oliva, “el humor a veces permite suavizar la tragedia: en el caso del país centroamericano, el entierro definitivo de la democracia a partir de la sinceridad brutal de Ortega. Un régimen que institucionaliza su dictadura tras años de simular elecciones en medio de una escalada autoritaria sin precedentes”.
Pero el caso de Nicaragua no es una rareza. Según el mencionado Instituto V-Dem., 6,000 millones de personas, o sea el 74 por ciento de la población mundial, viven actualmente bajo regímenes autoritarios.
La buena noticia es que según el índice de The Economist, a pesar del agravamiento del régimen autoritario de Nicaragua “la región de América Latina y el Caribe ha mejorado su nivel democrático más que las otras. Tras nueve años de descenso, las puntuaciones aumentaron en más de la mitad de los países de la región, gracias a una mayor participación política”, dice el informe. Esta parte del mundo (América Latina), además, tiene la segunda mayor proporción de gente que vive en democracias (71 por ciento)”.
Posiblemente el derrocamiento del dictador venezolano Nicolás Maduro en enero de este año ha mejorado el panorama político latinoamericano y creado la expectativa de que también en Nicaragua, y en Cuba, se podrá salir del autoritarismo y entrar a la democracia.
Confiamos en que así será. Y en que la lucha contra la corriente que libra el pueblo nicaragüense para recuperar la libertad y reconstruir la democracia, habrá de triunfar más pronto que tarde.