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Julio es un mes de revoluciones. Nos referiremos a cuatro de ellas: La americana de 1776, la francesa, de 1789, la cubana, de 1959 y la nicaragüense, de 1979. Para juzgar sus aportes habría que preguntarse: ¿avanzaron la libertad individual?, ¿pasaron el poder del tirano o de minorías al pueblo?, ¿aumentaron la protección a los derechos humanos?, ¿produjeron sociedades más prósperas y pacíficas? Veamos.
La primera, la Revolución Americana, sustituyó la monarquía o el poder de los reyes por un sistema republicano. Fue el primer experimento político en limitar considerablemente el poder del gobernante y en establecer la independencia de los poderes del Estado, en particular, del judicial. En ella las autoridades pasaron a ser producto de la voluntad popular expresada en elecciones periódicas.
Una vez ganada la guerra de independencia el nuevo régimen no lanzó campañas persecutorias. Por el contrario, creó un marco de amplias libertades, particularmente la de expresión y asociación, y protegió los derechos individuales —incluyendo el de propiedad— con muchas garantías legales y procesales. Otro resultado excepcional es que no atornilló a ningún mandatario. George Washington, su principal líder, se fue a su casa después de su segundo período. Otro ha sido su durabilidad. Su Constitución ha sido la más duradera de la historia e igual ha sido su ausencia de dictadores o golpes de Estado junto con la persistente alternabilidad del poder. Su lado oscuro es que, aunque proclamó la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, permitió que continuara la esclavitud de los negros hasta su abolición en 1863.
La Revolución Francesa derrocó igualmente a la monarquía y, bajo el lema de libertad, igualdad y fraternidad se lanzó a crear una república. Muy a su inicio promulgó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero le siguió una orgía desenfrenada de sangre y destrucción que parecía instigada por fuerzas infernales. Los opositores a las nuevas autoridades fueron sistemáticamente guillotinados, particularmente durante el período del terror presidido por el tirano de Robespierre en el que mataron a más de 30,000. Miles de curas fueron asesinados y centenares de iglesias destruidas; cerca de 200,000 personas fueron masacradas en la rebelión campesina-católica de la región de la Vendée. El orden se restableció 10 años después con el golpe de Estado de Napoleón, quien se convirtió en dictador y luego en el emperador que lanzó a Francia a otras sangrientas guerras. Fue hasta casi un siglo después, con la tercera república de 1870, que el país logró establecer una democracia funcional.
La Revolución Cubana derrocó en 1959 al dictador Batista con la promesa de restaurar la democracia. En su lugar instaló una tiranía totalitaria bajo su dictador a perpetuidad Fidel Castro. No tuvo nada de original. Fue una copia del modelo del comunismo soviético con su supresión absoluta de toda oposición y la anulación de todas las libertades y derechos individuales. Su resultado está a la vista: penuria extrema, colapso económico y millones de emigrantes.
La Revolución Sandinista derrocó al dictador Somoza en 1979 con la misma promesa de restaurar la democracia y redimir a los pobres. Pero intentó copiar a la Revolución Cubana. Lejos de democratizar el país instauró una dictadura colectiva de nueve comandantes seguida de la de Ortega. Sus políticas internas y su afán de extender la revolución comunista a El Salvador provocaron un gran levantamiento campesino con apoyo norteamericano y una nueva guerra civil. Obligados por las circunstancias externas a ofrecer elecciones libres fueron repudiados por la mayoría de la población, pero tras dejar millares de muertos y a un pueblo cuatro veces más pobre. que antes.
Los distintos resultados de estas cuatro revoluciones han sido producto, en gran parte, del distinto substrato ideológico o espiritual que las inspiró. La americana fue grandemente tributaria de los principios cristianos. Estos fueron, y no la ilustración, quienes plantearon en las mentes europeas la idea de que todos los hombres son iguales y poseedores de una dignidad y derechos humanos inviolables. La francesa, aunque asumió como propios algunos de dichos conceptos, tuvo un trasfondo ateo. Quiso entronizar a la diosa razón, por encima del Dios judeo-cristiano, y fue sumamente hostil al cristianismo. Al igual lo fueron la cubana y la nicaragüense, inspiradas en el ateísmo marxista leninista que rechaza de plano la ética cristiana. Los frutos de las revoluciones, al igual que el de los hombres, depende mucho de las creencias que los animan.
El autor es sociólogo e historiador.