La fiebre del oro atrae a cientos de personas a Santa Rosa del Peñón

Fiebre de oro en Santa Rosa del Peñón tras hallazgo del mineral

Cientos de personas excavan día y noche en busca de oro, cuyo precio en los últimos años registró alzas históricas que lo mantienen en alrededor de 5,000 dólares por onza, esto impulsa a las personas a aventurarse a excavar en busca del metal

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Los precios históricos que mantiene el precio internacional del oro no solo están estimulando las grandes inversiones, también la economía de pequeñas comunidades, como una ubicada en el occidente de Nicaragua. Desde hace varios días centenares de personas, atraídas por el supuesto descubrimiento de una veta, llegan cada día a la ribera del río Amayón, en el municipio de Santa Rosa del Peñón, del departamento de León. Allí el sonido de las herramientas excavando y golpeando las piedras ya no distingue entre el día y la noche.

El supuesto hallazgo, literalmente ha desatado una nueva fiebre que ha movilizado a cientos de personas hacia una zona minera improvisada, donde los túneles crecen a fuerza de piochas, palas y troncos que sostienen las precariamente excavaciones. El riesgo de quedar soterrado existe, pero se diluye con la esperanza de encontrar oro. A lo que si tienen miedo es a que las autoridades los desalojen y entreguen la veta a las mineras extranjeras o a los chinos que también están invadiendo el país en busca de oro.

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Hombres con el rostro cubierto de lodo y jóvenes que apenas superan la mayoría de edad escarban sin descanso entre el barro, mientras las mujeres con baldes en las manos ayudan a sacar el material y a colocarlo en sacos para trasladarlo a donde algún plantel artesanal pueda procesar ese material. Todos buscan lo mismo: oro.

Mineros artesanales en busca de oro en Río Amayón
Mineros artesanales en busca de oro en Río Amayón, en Santa Rosa del Peñón, León, Nicaragua. Foto: Cortesía de comunitarios / LA PRENSA

Precio del oro se mantiene en niveles récord

En los últimos cinco años el precio internacional del oro registró una ola alcista sin precedentes que lo llevó desde aproximadamente los 1,800 dólares por onza al récord histórico de casi 5,600 dólares por onza que registró en los últimos días de enero de 2026. Y aunque desde esa fecha registró algunas fluctuaciones, se mantiene en el rango de los 5,000 dólares por onza y según los pronósticos así seguirá por lo que resta del año y quizás también en 2027.

No hay información oficial sobre cuánto pagan los planteles por cada saco de material o por los «granitos» de oro que algunos mineros extraen de forma artesanal. Pero seguramente en pocos días estas personas consiguen con esta actividad más de los 6,188.02 córdobas mensuales (unos 168 dólares) que es el salario mínimo vigente para los trabajadores del campo.

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Las alzas históricas del precio del oro lo convirtieron en el principal producto de la cesta exportadora de Nicaragua. El año pasado, según los informes del Banco Central de Nicaragua (BCN), las ventas del sector minero en el mercado externo generaron 2,009 millones de dólares, monto que representó alrededor del 20 por ciento de los ingresos por las exportaciones totales, que incluyen las del régimen general y las de zona franca.

Alrededor del río Amayón no hay cercas ni rótulos que anuncien que la zona es propiedad privada, porque ahí no existe ninguna concesión entregada por el Estado, es una zona pública, donde, tras el supuesto hallazgo de una veta de oro, los habitantes de la comunidad comenzaron a extraer material, pero pero cada día se suman cientos de buscadores de oro que llegan desde diversas zonas del país.

Habitantes de la comunidad encontraron veta

En Santa Rosa del Peñón la minería no es una novedad. Es una forma de vida que ha pasado de generación en generación y que sostiene buena parte de la economía local. En la zona acumulan cantidades de tierra y piedras que al procesarla no genera ni rastros del metal precioso, por tanto la gente no obtiene ganancias.

«De eso vive la gente de la minería artesanal, no hay otro trabajo más que eso. La esperanza es que (ahora la historia sea diferentes, que esta) sea una veta real y que no nos la quiten», dice un habitante de la comunidad que habló con LA PRENSA pero pidió no mencionar su nombre.

Añade que muchos habitantes de Santa Rosa del Peñón, trabajan en pequeños planteles donde procesan material (tierra y piedras) extraído de minas cercanas, que luego muelen en busca de partículas de oro. Otros alternan las labores agrícolas con la minería artesanal. Sin embargo, desde que surgió el rumor de una veta rica en oro, toda la dinámica del pueblo cambió.

Rumor de la veta corrió de boca en boca

Según el informante todo comenzó con un hallazgo. Un pequeño grupo de trabajadores encontró una veta en el cauce del río. Al principio guardaron silencio para aprovecharla, pero la noticia se escapó de la boca de uno de ellos, y en cosa de horas se esparció de boca en boca por toda Santa Rosa del Peñón y luego en los pueblos cercanos.

«Unos brother andaban trabajando y se hallaron ese punto. Sacaron oro para ellos, pero comenzaron a decirle a personas de confianza, esas personas le dijeron a otras y de repente ya era público. Comenzó a llegar más y más gente», asegura uno de los mineros artesanales que llegó desde un pueblo cercano y que también pide omitir su nombre.

Cuando la información recorrió el municipio, el lugar se llenó rápidamente: «Cuando quise llegar, esa mierda ya estaba full», dice entre risas, describiendo como cientos de personas invadieron el sitio en cuestión de días.

Todos sueñan con encontrar oro

Nadie sabe con certeza cuánto oro queda bajo la tierra, pero todos comparten la misma esperanza: encontrar el próximo «bolillazo» que cambie, aunque sea por unos días, el destino de sus familias. «Bolillazo» es parte de la jerga local, dos libras de tierra que prometen oro, aunque la mayoría de personas que han llevado tierra del río a sus hogares no la han procesado.

Pero la esperanza de encontrar ese «bolillazo», provoca que desde hace varios días en este municipio del norte de León se viva una nueva fiebre del oro, que está movilizado a cientos de personas hacia una zona minera improvisada, donde los túneles crecen a fuerza de piochas, palas y troncos que sostienen precariamente las excavaciones.

«Aquí la gente no se cansa. Día y noche, sábado y domingo, sacando broza. Ahora ya van enmaderando, haciendo hueco, cruzando el río. Ahora está todo el río lleno de gente», relata uno de los mineros artesanales que está documentado el fenómeno en redes sociales.

Una nueva fiebre del oro

La escena recuerda a las antiguas estampas antiguas de las grandes fiebres del oro. Donde antes corría únicamente el agua del rio Amayón, ahora sobresalen volcanes de tierra removida, sacos llenos de piedras y decenas de personas inclinadas sobre el cauce, buscando entre las rocas el brillo que caracteriza al metal dorado. Porque cualquier partícula de él, por pequeña que sea, puede garantizar el sustento familiar de una o varias semanas, o incluso, si la suerte acompaña al minero, el sustento de varios meses.

A Santa Rosa del Peñón algunos mineros artesanales llegan solamente con sus manos y sacos llenos de esperanzas. Pero otros llegan armados de pichas, taladros y hasta plantas eléctricas, para garantizar que la oscuridad de la noche le impida escarbar y sacar material. «Como era una veta grande una cooperativa ya está acumulando sacos. Solo metían el saco y lo llenaban. Van a procesar hasta después», comenta uno de los mineros.

Para quienes llegan por primera vez, todas las piedras parecen iguales. Para los mineros artesanales con experiencia, cada color y cada textura cuenta. La tierra rojiza puede ofrecer pequeñas partículas visibles durante el lavado. Las piedras blanquecinas esconden otro tipo de minerales; y cuando aparece la «escarcha» dorada, la expresión de los mineros cambia totalmente. «Esos puntitos que brillan… eso es oro», explica uno de los trabajadores mientras sostiene una roca cubierta por diminutos destellos.

Cada hueco reprensenta la oportunidad de encontrar oro en el Río Amayón
Cada hueco reprensenta la oportunidad de encontrar oro en el Río Amayón. Foto: Cortesía de comunitarios / LA PRENSA

Aprender a leer la tierra

También hablan del «tiento», una prueba artesanal que realizan en una batea para calcular si vale la pena seguir excavando y extrayendo el material. «Lo hacemos en una panita o en un cacho. Ahí hacemos el tiento y vemos si el material paga», explicó.

Ese conocimiento no se aprende en libros. Se transmite entre familiares, vecinos y compañeros de trabajo, generación tras generación.

La minería artesanal no es una actividad fácil de realizar. Además de los peligros que implica deja huellas en el cuerpo. Los trabajadores pasan horas dentro del agua, cavando, cubiertos de barro y cargando los sacos de tierra y piedras que extraen y cuyo peso supera los 40 kilogramos, alrededor de un quintal. «Allí uno se va a remojar. Uno viene a la casa lleno de todo», cuenta uno de los mineros.

Los riesgos también son grandes. Los improvisados túneles que abren durante las excavaciones los sostienen con troncos de arboles que consiguen en la zona y el peligro de que la tierra ceda y quedar enterrados es latente. Aun así, pocos parecen pensar en el peligro, la esperanza de encontrar el próximo «bolillazo», los hace olvidarse de él.

Mapa Metalogénico Preliminar de Nicaragua 2015
Mapa Metalogénico Preliminar de Nicaragua 2015. Foto tomada del sitio web del Ministerio de Energía y Minas (MEM)

Un pueblo que no deja de cavar

«La verdad que la posibilidad de encontrar oro hace que a uno se le olvide el miedo», comenta un comunitario, quien no descarte que ante la aglomeración aparezca la policía pronto. «Vimos un oficial que llegó y con la misma se fue. Si más gente llega segurito que van a mandar patrullas porque ya se percibe el desorden», comentó.

A diferencia de concesiones privadas que existen en la zona, donde el acceso está restringido por la profundidad y el riesgo, esta nueva veta apareció prácticamente al alcance de cualquiera.

En las orillas del río ya no existen horarios. Algunos llegan antes del amanecer; otros continúan trabajando cuando cae la noche. Mientras unos excavan, otros lavan el material y algunos observan atentos cada piedra con la ilusión de encontrar un destello dorado.

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Se trata de un pueblo que, ante la falta de oportunidades, ha vuelto a mirar hacia la tierra con la esperanza de encontrar sustento económico para el futuro. Un oro que les pertenezca no a grandes empresas transnacionales, sino a los comunitarios.

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