El miedo a la verdad

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Por extraño que parezca, el ser humano no sólo suele temer cosas que le amenazan o dañan sino también otras que le convienen o liberan. Erich Fromm tituló uno de sus libros El miedo a la libertad. En el trataba de explicar cómo en la Alemania de los años veinte del siglo pasado su población huyó de la libertad para abrazar el totalitarismo nazi.

Existe también el miedo a la verdad. Querer descubrir la verdad o falsedad de las cosas, tratando de mantener a raya los prejuicios, no es algo que caracterice a la mayoría. Suele dar pereza pensar. Peor aún, suele dar miedo descubrir verdades que puedan contradecir nuestras creencias o comprometer nuestra comodidad. Aceptar que estamos equivocados no es algo que nos venga natural. Buscamos evidencias de que estamos en lo correcto y tendemos a rechazar las contrarias. Vivimos supuestamente en una era racionalista, pero la historia es pródiga en mostrarnos lo fácil que es para el hombre dejarse seducir por la mentira y abrazar mitos destructivos.

Es desafortunado. Porque quien rechaza, o no se esfuerza por descubrir y seguir a la verdad, camina a oscuras y se expone a tropiezos que van de menores a mortales. Quien camina en ella, en cambio, tienen una luz que le ilumina y le permite distinguir, a través de las apariencias, lo bueno de lo malo. Si “La verdad os hará libres”, como dijo el divino maestro, ¿por qué entonces tantos le temen o no la encuentran?

Una anécdota personal puede ilustrar el tema: en mis años de estudiante —entonces marxista— pasé por el muro que separaba el Berlín occidental, capitalista, del oriental, comunista. Visitar a este lo esperaba como una experiencia emocionante. Mi primer problema fue ver la muralla llena de alambradas y torres con ametralladoras que, obviamente, eran para evitar que escaparan sus ciudadanos. El siguiente fue cuando abordé el metro y vi, ante mi asombro, los rostros más tristes de mi vida. Sentí angustia, confusión. Desesperado busqué en mi repertorio metal algo que evitaría grietas en mis convicciones ideológicas y encontré un recurso absurdo: pensar que quizás por haber leído años atrás muchas historias anticomunistas en Selecciones del Reader Digest, estaba viendo la realidad con una óptica torcida, menos mal que esta ceguera fue temporal.

Es increíble como uno puede aferrarse a lo que se quiere creer. Tendemos a engañarnos a nosotros mismos. Nos suele dar miedo la verdad porque es exigente y comprometida. Hay veces que la entrevemos, pero no queremos sacar sus consecuencias. Es rara la persona con la honestidad intelectual necesaria para buscar la verdad desnuda con independencia de sus ideas previas y, sobre todo, de sus deseos. Buscamos verdades a nuestra medida; que se acomoden a nuestra forma de ser, que no nos obliguen redefinir nuestras metas o aspiraciones, que no nos pidan mucho, que no nos obliguen a renunciar a ciertos apegos.

El ateísmo y el relativismo moral son precisamente ejemplos de esas creencias atractivas o preferentes que no obligan a mucho y dan mucha autonomía. Porque la idea de un Dios, y de leyes morales objetivas y universales, suele incomodar. Mejor me labro yo mismo mi verdad; mejor defino yo mismo, sin Dios que interfiera, lo que es bueno o malo. Podrá haber ateos, agnósticos o relativistas sinceros que han llegado a dichos puertos tras una indagación seria y honesta sobre la verdad. Pero es más probable que la mayoría lo sean por preferencia; porque no quieren creer en Dios o en verdades absolutas externas a ellos.

Es una pena de que exista tanto miedo a la verdad. Porque la verdad es luz y libertad radiantes, un bien precioso indispensable para la verdadera felicidad del ser humano en esta tierra y en el más allá. Buscarla y vivirla es una de las mayores exigencias éticas del ser humano. No hay que temerla sino amarla. Ella nos espera para abrazarnos.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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