¿Por qué fracasó el idealismo revolucionario?

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Hablando de lo difícil que es juzgar objetivamente la Revolución Sandinista de 1979-1990, Sergio Ramírez, afirmó en una entrevista (BBC Mundo 18 de mayo) que hace falta que llegue el momento que se diga “este fue un fenómeno político, social, un fenómeno de una generación que lo dejó todo por la revolución. Personas que dejaron sus colegios, sus comodidades, sus vidas, afrontando riesgos de muerte. Fue gente que se entregó sin pedir nada a cambio”.

Es cierto. Yo viví de cerca el fenómeno. Detrás de la revolución había toneladas de idealismo. Jóvenes que morían heroicamente soñando una Nicaragua mejor. Fui amigo de algunos, entre ellos Julio Buitrago, Roberto Amaya, Casimiro Sotelo y otros más. ¿Quién podría decir que carecían de amor por Nicaragua? No puede negarse, empero, que como ocurre en cualquier empresa humana, hubiese también revolucionarios con sus dosis de odio, resentimientos y envidia. Pero es innegable que las motivaciones nobles eran uno de los principales motores de la revolución.

¿Por qué entonces fue tan amarga la cosecha? ¿Por qué la revolución, lejos de mejorar la vida de los pobres los sumió en mayor miseria? ¿Por qué quedaron enterrados en los cementerios no sólo millares de jóvenes sino millares de sueños? ¿Por qué no surgió el hombre nuevo desprovisto de egoísmo y, en su lugar, tantos ocuparon las mansiones de los ricos? ¿Por qué no surgió de tanta sangre, la Nicaragua soñada?

Es natural que, en la narrativa histórica de los dictadores, se culpe al imperialismo. Pero no fue así. Estados Unidos armó a la Contra para detener el imprudente apoyo del FSLN a la guerrilla salvadoreña. Quienes se alzaron en las montañas contra el gobierno, poniendo en juego su pellejo, fueron decenas de miles de humildes campesinos agraviados por las políticas del gobierno.

Las culpas están en otra parte y es un deber ante las presentes y futuras generaciones encontrarlas. En realidad, son varias. Unas pueden ubicarse en el corazón, en la miríada de sentimientos mezquinos y oscuros que suelen esconderse en las cavernas de nuestra intimidad. Lo que la Iglesia llama las consecuencias del pecado original. Otras pueden ubicarse en la mente, en el mundo de las ideas.

Las ideas, lo que uno cree como verdad o falsedad, como bueno o malo, tienen gran poder. Lo explicó muy bien el clásico de Richard Weaver, Ideas have consecuences (Las malas tienen malas consecuencias). La dirigencia sandinista, y buena parte de sus cuadros más fieles, abrazaron un credo malévolo: el marxismo leninismo. Aunque con astucia estratégica lo negaban. Sergio Ramírez, en su honesto libro Adiós muchachos lo confiesa: su juego político consistió “en negar ante aliados y el público en general, la identidad del FSLN como un partido marxista leninista”.

Las consecuencias del credo oculto no se hicieron esperar: antagonizar a Estados Unidos, considerados “enemigos de la humanidad”, al sector privado, como clase explotadora, a los medios independientes, como instrumentos burgueses, implantar la “dictadura del proletariado” de Marx, dándole poder absoluto a la vanguardia revolucionaria de Lenin, más otros condimentos que al final produjeron una sangrienta guerra civil y hundieron al país. Una verdadera tragedia.

La revolución sandinista no se frustró por la maldad de sus integrantes sino, en gran parte, por la maldad de sus ideas. El dicho “el camino al infierno está lleno de buenas intenciones” tiene mucho de verdad. Los sentimientos ardientes por la justicia y la paz pueden llevar al despeñadero si no están alumbrados por la luz de la verdad.

Un pecado mayor de la dirigencia del FSLN fue precisamente no buscarla, no usar el pensamiento crítico ante las falacias teóricas del marxismo y ante sus hechos. ¿Acaso ignoraban los genocidios de Stalin y Mao? ¿o la muralla de Berlín, uno de los testimonios más elocuentes del fracaso del comunismo? En su lugar dejaron llevarse por las sobresimplificaciones mesiánicas de Marx, el romanticismo y la admiración por tiranías fallidas como la cubana. Cayeron así en la mentira y con ella causaron a su pueblo inenarrable dolor.

Buscar la verdad es uno de los más importantes deberes éticos. Y allí está el problema: la tarea de encontrarla no es fácil. Suele dar pereza pensar. Peor aún: existe el miedo a la verdad. Porque esta puede contradecir nuestras creencias o comprometer nuestra comodidad. Pero es la única salida. Como dice la frase evangélica: “La verdad nos hará libres”. Bendito el que la busca, desgraciado el que la ignora.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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