Quieren que Sergio Ramírez se abra las venas, o se inmole entre lenguas de fuego

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Soy admirador del escritor laureado en grande como pocos, Sergio Ramírez, que también ha sido un perseverante luchador social, un humanista en múltiples dimensiones, por lo que estoy en completo desacuerdo con la impugnación que un grupo derechista en el exilio, ha hecho de su candidatura a ocupar en la Real Academia de la Lengua, la silla que tuvo Mario Vargas Llosa.

La Real Academia Española cuenta con 46 académicos de número, incluidos el director y los cargos de su junta de gobierno. El último en ingresar como académico de la RAE fue el formidable escritor Javier Cercas, que tomó posesión de la silla R.

Según establecen los estatutos de la RAE, las plazas académicas son vitalicias. Hay dos sillas por cada letra del alfabeto latino, una en mayúscula y otra en minúscula, excepto ocho letras: “v” minúscula, “w” minúscula, “x” minúscula, “y” minúscula, “z” minúscula y las mayúsculas de “Ñ”, “W” e “Y”.

Los académicos deben resolver asuntos lingüísticos, literarios, gubernativos o económicos. En el pleno de esta institución se presentan enmiendas o sugerencias de nuevas entradas en el Diccionario. También se examinan propuestas de comisiones ordinarias y especiales. Las primeras, realizan trabajos fundamentales de la Academia, y las segundas, cumplen funciones específicas, como dictaminar premios, o elaborar informes o estudios.

Los impugnadores tienen derecho a cuestionar a Sergio Ramírez, como a cualquier otra persona en el mundo, sea o no tan pública y famosa como él, sin embargo, no hay nada en la prolongada y muy activa vida política que ha tenido nuestro connacional, que lo inhiba de ocupar la silla “L”, de la RAE, ni ningún puesto semejante.

Uno de los principales señalamientos al Premio Cervantes, es por el atentado con una bomba el 30 de mayo de 1984, en La Penca, territorio nicaragüense fronterizo con Costa Rica, cuya explosión dejó siete muertos, incluyendo tres comunicadores: Linda Frazer, estadounidense, Jorge Quirós y Evelio Sequeira, camarógrafo y periodista costarricenses del “Canal 6”. Resultaron heridas 22 personas, 5 de gravedad. Fue la primera vez que una conferencia de prensa fue objeto de un ataque terrorista.

La bomba fue colocada dentro de una cámara de televisión transportada por un supuesto periodista, de quien se conoció años más tarde, que en realidad era un agente encubierto: Vital Roberto Gaguine, un argentino que se hizo pasar por fotógrafo de noticias danés bajo la identidad falsa de Per Anker Hanseny, según se supo en 1993. El asesino murió en 1989 durante el ataque al cuartel de La Tablada, en su país.

A petición del poderoso y discreto Renán Montero, un experimentado oficial de contrainteligencia militar cubano estacionado en Managua, el periodista y cineasta sueco Peter Torbiörnsson aceptó entregarle un paquete al danés Per Anker Hanseny, sin embargo, él no sabía que le daría una bomba, que quien la recibiría era un terrorista que la haría explotar en La Penca. Atando cabos, el hombre de prensa sueco se dio cuenta de la conspiración para la que lo habían manipulado, y la denunció en 1993. En 2011 estrenó un documental con detalles del atentado terrorista, llamado Último capítulo, adiós Nicaragua, y con una entrevista inculpadora al ministro del Interior de los años 80.

Es decir, Sergio Ramírez, con todo y su cargo de vicepresidente, ni siquiera tuvo oportunidad de darse cuenta de un asunto que manejaban solo tres personas en el Ministerio del Interior (Mint). Era tan compartimentado, que hasta al viceministro Luis Carrión lo dejaron por fuera, pues se enteró años después.

Entre los firmantes de la carta que pide a la RAE no considerar a Sergio Ramírez para ocupar la silla “L”, figuran Juan Lorenzo Holmann, gerente general de LA PRENSA; Luciano García, opositor conservador; Luis Fley, exdirigente de la Contrarrevolución, y Medardo Mairena, líder campesino.

Los que cuestionan a Sergio Ramírez también le imputan responsabilidad por las decenas de miles de jóvenes convocados al Servicio Militar, que murieron en las filas del Ejército Popular Sandinista (EPS) combatiendo a la Contra. En esto tampoco dan en el blanco, no solo porque el ganador de los premios Hamlet, y Alfaguara, no tenía parte ni arte en esa decisión, sino, sobre todo, por el contexto internacional.

En los años 80 en Nicaragua se produjo una guerra civil en toda la línea, no una de intervención, como la calificaba el fallecido Gral. Humberto Ortega, aunque con una directa y muy fuerte participación financiera, armamentista y de inteligencia extranjera: la de EE. UU. apoyando a la Contra; y la de la Unión Soviética, dándole soporte al EPS. Campesinos, por un lado, y campesinos, por otro, hiriéndose y matándose como peones entre las patas de los caballos de las grandes potencias mundiales.

En toda guerra, la primera baja es la libertad de expresión —otro señalamiento de los impugnadores—. Como periodista, rechazo de plano todo tipo de censura. Sin embargo, es obvio que en todo conflicto militar las partes involucradas le impiden informarse e informar a los periodistas y comunicadores, a no ser bajo circunstancias controladas. Los comunicadores tenemos que desarrollar mecanismos para burlarla cuando es posible. Otro palo de ciego.

Cuando comenzaron a escasear reclutas, en tales circunstancias todo Estado acude al Servicio Militar. Atribuirle la responsabilidad que dicen, a Sergio Ramírez, como si fuera un genocida o artífice de delitos de lesa humanidad, no tiene sentido, carece de verdad. La Contra tuvo su servicio militar con jóvenes campesinos que simpatizaban con ellos, y con los miles que secuestraron en las montañas de Nicaragua.

Ni siquiera a Luis Fley, uno de los comandantes de la Contra muy activo dirigiendo tropas en el teatro de la guerra, se le han hecho acusaciones de este tipo, pese a las atrocidades cometidas por ambos bandos, como tropas norteamericanas en Nicaragua, Guatemala, Dominicana, Irak, Libia, Afganistán, etc., y rusos en Afganistán, Chechenia y Ucrania, por mencionar algunas.

Habrían querido los detractores que Sergio Ramírez renunciara a la Revolución por aplicar el Servicio Militar, medida dolorosa, pero indispensable en una guerra. Se hacen de la vista gorda de que este hombre venía cargando una mochila de sueños de justicia social desde antes del 23 de julio de 1959 en León, cuando la guardia de la dictadura masacró a balazos una marcha de estudiantes en la que él participó, asesinando a Sergio Octavio Saldaña González (20 años), José Rubí Somarriba (21 años), Erick Ramírez Medrano (17 años) y Mauricio Martínez Santamaría (19 años). En la lista de muertos pudo estar su nombre, o el de Vilma Núñez de Escorcia.

Los impugnadores también señalan lo que consideran una insuficiente autocrítica pública del escritor. Otros intelectuales han mencionado el contenido de Adiós muchachos (2017, Alfaguara), pero, según su carta a la RAE, los reclamantes quieren más, quizás que Sergio Ramírez se abra las venas, o se inmole entre lenguas de fuego, con lo que perderíamos a uno de los más importantes novelistas del mundo en lengua española; y a un muy activo, e influyente denunciador de las injusticias sociales que oprimen a los pueblos, con acceso a tribunas planetarias.

El autor es periodista y escritor nicaragüense

COMENTARIOS

  1. JULIO RICARDO HERNANDEZ
    Hace 2 meses

    Gracias Guillermo, por arrojar un poco de luz en este polvazal que ha hecho tinieblas de un acontecimiento que nos debería enorgullecer, no solo como nicaragüenses, sino como opositores, víctimas del exilio y la apatridia, tener de nuestro lado una voz poderosa, reconocida en los más influyentes medios de comunicación, centros de pensamiento, universidades y círculos literarios, como la voz de Sergio.
    Gracias por traer, en palabras sencillas, un poco de sentido común a este repudio sin sentido.

  2. JULIO RICARDO HERNANDEZ
    Hace 2 meses

    Gracias Guillermo, por arrojar un poco de luz en este polvazal que ha hecho tinieblas de un acontecimiento que nos debería enorgullecer, no solo como nicaragüenses, sino como opositores, víctimas del exilio y la apatridia, tener de nuestro lado una voz poderosa, reconocida en los más influyentes medios de comunicación, centros de pensamiento, universidades y círculos literarios, como la voz de Sergio.
    Gracias por traer, en palabras sencillas, un poco de sentido común a este repudio sin sentido.

  3. Hace 2 meses

    por qué el odio contra el MRS?
    Por cierto, hasta se le cambió el nombre para quitarle la palabra “sandinista”, para que la, entre comillas, “oposición democrática” se sintiera más cómoda. Y aun así siguen con el odio, con el rencor, contra Mónica Baltodano, contra Sergio Ramírez, contra Joaquín Cuadra, contra Hugo Torres, contra Víctor Hugo Tinoco.

    Pero ¿por qué?

    La realidad es sencilla. A unos, por coprófagos —entiéndase, comemierdas—; y a otros, como ciertos abogados y “filósofos” de TikTok que escriben con frases en latín para aparentar profundidad intelectual, les molesta otra cosa.

    El abogado de ayer, honestamente, me dejó una duda: que quizá Sergio Ramírez sí es un gran novelista, porque la novela que se tiró para decir que cualquiera que defendiera a Sergio Ramírez era un “espadachín sandinista”, un “enano intelectual” o un “guardaespaldas intelectual”, fue digna de ficción literaria.

    Pero el problema real de algunos de ellos es otro. La mayoría de los que fuimos sandinistas en algún momento de nuestras vidas tenemos trayectoria. Muchos tenemos historia política, organizativa o militar. Yo personalmente tengo hasta primera plana en La Prensa, fui presidente de la Asociación Nacional de Estudiantes Universitarios en Nicaragua y tengo experiencia militar. Y casi toda la gente del MRS —con excepción de Sergio Ramírez— tiene experiencia organizativa, política o militar.

    Entonces a ciertos sectores les da miedo la proyección que esas personas puedan tener dentro de una eventual dirección democrática opositora. Eso es todo.

    Y los otros simplemente actúan por resentimiento, porque mamaron de la teta del sistema anterior que fue derrocado por la Revolución Sandinista y perdieron privilegios.

  4. Hace 2 meses

    Así es que, hermanos nicaragüenses cabecitas calientes, bájenle a los decibelios al rencor. Porque ya la historia ha demostrado demasiadas veces hacia dónde conduce el odio político convertido en fanatismo tribal.

    En Genocidio de Ruanda, los extremistas hutus utilizaron la radio y la propaganda para deshumanizar a los tutsis. Día y noche repetían que eran perversos, enemigos internos, una plaga, “cucarachas” que había que eliminar. Poco a poco fueron sembrando odio colectivo hasta desembocar en uno de los genocidios más brutales del siglo XX.

    Y honestamente, eso es precisamente lo peligroso de ciertos discursos aquí. Porque los imbéciles fanáticos son fáciles. No necesitan mucho. La mecha es cortísima. No necesitan grandes discursos ni profundos análisis filosóficos. Les basta una consigna, una frase incendiaria, una etiqueta, un enemigo al cual odiar.

    Porque por cada artículo razonado que alguien escribe, hay cinco imbéciles que no leen absolutamente nada y solamente se quedan con la última frase, con el último grito, con el último insulto.

    Y al final lo único que les queda retumbando en la cabeza es: “hay que agarrar machete”, “hay que acabar con los malditos sandinistas”, “son el cáncer de Nicaragua”.

    Y seamos honestos: muchos de los mismos que firman cartas y juegan de intelectuales Holman, un wachi wachi que ni siquiera tiene el carácter ni el temple para asumir las consecuencias reales de los odios que ayudan a sembrar, jamás ha tenido la testosterona política ni los testículos para defender frontalmente sus posiciones; Luis Flay es una persona mayor alejada de cualquier confrontación real. Pero siempre existe el peligro de que algún fanático con la mecha corta, de esos que solamente entienden la última oración incendiaria, sea el que termine queriendo convertir el discurso en violencia y mandar a otros al desastre.

    Y ahí es donde ya no estamos hablando de democracia ni de justicia. Ahí estamos entrando en la peligrosa lógica de deshumanizar al adversario político. Y cuando una sociedad comienza a ver al otro no como un ser humano, sino como una enfermedad que hay que erradicar, la historia demuestra que las cosas nunca terminan bien.

  5. Hace 2 meses

    Y ya para concluir, honestamente da pena y da lástima a la vez la “oposición democrática”. Lo más mediático y trascendental que han producido desde el 2018 es esa famosa carta. Y sí, como dijo otro comentarista en un artículo de La Prensa, tienen todo el derecho de escribirla; por supuesto que lo tienen. Pero por favor, no la manden, porque da vergüenza ajena. Porque todo este espectáculo lo único que ha dejado al descubierto es el nivel de mezquindad, resentimiento y pequeñez moral al que pueden llegar algunas personas.

    Estamos enfrentando una dictadura real, brutal, represiva, que ha encarcelado, desterrado y destruido vidas. Pero pareciera que para ciertos sectores el enemigo principal no es Ortega ni Murillo, sino Sergio Ramírez, Mónica Baltodano, Víctor Hugo Tinoco o el mismo Hugo Torres, que en paz descanse después de haber muerto prácticamente en cautiverio. Ésos son los nombres que les quitan el sueño. Ésos son los demonios personales que persiguen con obsesión casi tribal.

    Y no, esto no es por andar de “espadachín sandinista”, como dicen algunos con esa soberbia de TikTok jurídico. Lo digo porque sinceramente ver la calidad moral, humana e intelectual de algunos autoproclamados dirigentes democráticos da tristeza. Porque si algún día llegaran al poder con ese mismo espíritu sectario, con esa sed de listas negras y de inquisición ideológica, honestamente lo que cambiaría sería solamente el administrador del garrote.

  6. Hace 2 meses

    Muchas gracias a Guillermo Cortés por escribir un artículo con argumentos, contexto histórico y sin caer en el berrinche tribal que tanto abunda hoy. Se puede estar de acuerdo o no con Sergio Ramírez, con Mónica Baltodano, con Víctor Hugo Tinoco o con Dora María Téllez, pero convertir cualquier opinión distinta en “espadachín sandinista” ya no es análisis político ni moral: es simple fanatismo. Ayer mismo un abogado salió con esa leguleyada barata de que todo el que admire o defienda a Sergio Ramírez automáticamente es operador del sandinismo. Curioso. Yo, por ejemplo, tengo la mano derecha mutilada por la guerra de los 80; no puedo teclear con ella. Esa herida me la dejó una granada en combate durante el Servicio Militar. Y aun así, jamás he culpado personalmente ni al muchacho de la Contra que lanzó esa granada, ni vivo consumido por odio. Fue una tragedia nacional donde murieron campesinos de ambos lados mientras las grandes potencias jugaban ajedrez geopolítico sobre Nicaragua. Pero ahora resulta que un muchachito con ínfulas de fiscal moral viene a repartir certificados de pureza patriótica desde Facebook y a llamar “espadachines” a quienes no piensan como él. Honestamente, eso da más tristeza que enojo.

    Porque aquí pareciera que algunos se sienten investidos de una autoridad moral divina, autootorgada por ellos mismos. Hablan como si fueran seres inmaculados que jamás estuvieron involucrados en nada, cuando la historia de Nicaragua está llena de contradicciones humanas. Ahí tenés al mismo comandante Luis Fley: combatió contra Somoza, fue sandinista, luego pasó a la Contra, una Contra a la que incluso Estados Unidos le suspendió ayuda en ciertos momentos por denuncias de violaciones a derechos humanos. ¿Y entonces? ¿Vamos a reducir toda una vida humana a una etiqueta simplista? ¿O solo se aplica la condena selectiva a quienes no les caen bien? Porque la realidad es que muchos de esos ataques contra Sergio Ramírez no nacen de un análisis jurídico ni filosófico profundo; nacen de resentimientos personales, rivalidades históricas, resentimiento de clase o simple protagonismo político.

    Y mientras tanto, en la pitonisa con su perol y brebajes con su desvencijado esposo en El Carmen deben estar muertos de risa viendo cómo ciertos “paladines de la democracia” se despedazan entre ellos mismos. Porque esto ha dejado al descubierto algo gravísimo: la oposición nicaragüense sigue profundamente fracturada por egos, soberbias y complejos personales. Algunos parecen más interesados en decidir quién entra en listas negras morales, quién es “puro” y quién no, que en construir una verdadera alternativa democrática. Pareciera que ya se imaginan administrando el país como nuevos inquisidores, repartiendo certificados de ciudadanía ideológica. Y eso es peligrosísimo. Porque la democracia no se construye con puritanismo político ni con linchamientos morales selectivos. Se construye entendiendo que Nicaragua fue una tragedia compleja, dolorosa y llena de heridas humanas reales, no un cuento infantil de santos absolutos contra demonios absolutos.

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