El convenio militar de Nicaragua con Rusia

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La dictadura de Ortega y Murillo expone a un país pequeño, como es Nicaragua, a riesgos de subordinación de potencias que no pagarán el costo de eventuales consecuencias. Hablamos del convenio militar acordado por el régimen de Nicaragua con la Federación de Rusia, que subordina al pequeño país a los intereses militares y geopolíticos de la gran potencia extracontinental.

En un momento en que el mundo vuelve a dividirse en bloques, el gobierno de Nicaragua ha firmado un acuerdo militar con Rusia que incluye intercambio de inteligencia, cooperación en guerra electrónica, entrenamiento conjunto y un marco jurídico que otorga condiciones especiales al personal ruso en territorio nacional.

Es obvio que este paso imprudente coloca a Nicaragua en el centro de una confrontación geopolítica que no controla y cuyos costos recaerán exclusivamente sobre su población. Es un error que ignora las lecciones del fin de la Guerra Fría y que la historia reciente ofrece advertencias claras.

Cuando terminó la Guerra Fría, quedó demostrado que los países pequeños que se alinearon ciegamente con una superpotencia —ya fuera Washington o Moscú— terminaron pagando precios altísimos: aislamiento económico, sanciones, pérdida de autonomía y, en algunos casos, conflictos internos alimentados desde afuera.

Hoy, en pleno siglo XXI, Nicaragua parece repetir ese patrón. En lugar de apostar por una política exterior equilibrada, diversificada y orientada al desarrollo, el gobierno de Ortega y Murillo opta por atar su seguridad a una potencia involucrada en conflictos abiertos, sancionada por gran parte de la comunidad internacional y enfrentada a Occidente en múltiples frentes.

El acuerdo militar con Rusia no fortalece la soberanía, sino que la compromete. El discurso oficial presenta el pacto con Rusia como un acto de soberanía. Pero la soberanía no se mide por con quién se firma un documento, sino por la capacidad real de un país de tomar decisiones sin depender de intereses ajenos.

Cuando un acuerdo militar incluye intercambio de información sensible, presencia de personal extranjero con protección jurídica especial, cooperación en áreas estratégicas como ciberseguridad y guerra electrónica y estructuras permanentes de coordinación, entonces no se está ampliando la soberanía sino que se está cediendo margen de maniobra.

Nicaragua corre el riesgo de convertirse en tablero de otros. Centroamérica no es un escenario militar. Y convertirla en uno —aunque sea simbólicamente— es un error que puede tener consecuencias profundas.

En un contexto global donde las tensiones entre potencias se intensifican, cualquier país que se coloque demasiado cerca de un actor confrontado corre el riesgo de sufrir represalias económicas, ser objeto de sanciones adicionales, perder acceso a mercados y financiamiento, y quedar atrapado en dinámicas que no responden a sus necesidades internas.

La verdad es que Nicaragua no tiene la capacidad económica, militar ni diplomática para absorber esos impactos. Pero Rusia sí. Por eso, como señalan diversos analistas, el costo real de esta alianza lo pagará el pueblo nicaragüense, no el Kremlin.

Nicaragua es un país que necesita puentes, no trincheras. Enfrenta desafíos urgentes como migración masiva, estancamiento económico, aislamiento diplomático, deterioro institucional y una población exhausta.

En ese contexto, profundizar alianzas militares con una potencia en conflicto no resuelve ninguno de esos problemas. Al contrario, los agrava.

El país necesita abrir puertas, no cerrarlas. Necesita diversificar relaciones, no reducirlas a un solo eje. Necesita estabilidad, no convertirse en un punto de fricción entre superpotencias.

En conclusión, el acuerdo militar con Rusia no es un gesto simbólico ni un trámite diplomático. Es una decisión estratégica que coloca a Nicaragua en una posición vulnerable en un mundo cada vez más polarizado. El régimen de Nicaragua está ignorando las lecciones del fin de la Guerra Fría y repite errores que ya demostraron su costo.

En esta encrucijada histórica, Nicaragua debería apostar por la prudencia, la diversificación y la defensa de su autonomía real. No por alianzas que, lejos de protegerla, la exponen a riesgos que no está en condiciones de enfrentar.

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