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La experiencia del 2018 en Nicaragua, y de otros países como Bielorrusia, Turquía e Irán, ha establecido que una rebelión social, aunque multitudinaria y pacífica, puede no ser suficiente para colmar las demandas libertarias de los sublevados, cuando gobiernos tiránicos desoyen el clamor popular, y más bien lo reprimen a sangre y fuego, hasta aplastarla. Otras sociedades tienen éxito, como ocurrió el 23 de febrero del 2014 en Ucrania, cuyo pueblo triunfó sobre un gobierno autoritario que, contra la voluntad popular, había decidido darle la espalda a Europa, y abrazar a Moscú.
Hasta 2018, creía que una rebelión masiva del pueblo era suficiente para tumbar a un gobierno antipopular, pero los Ortega y Murillo demostraron lo contrario, se atornillaron al poder, y desataron una represión que causó 351 asesinatos, la mayoría de jóvenes. Mucho de los cadáveres tenían orificios en la cabeza, pues sus francotiradores no dispararon para dispersar, sino para matar, hecho que pone de manifiesto la naturaleza genocida y perversa de esta odiosa pareja enloquecida.
Entonces, ¿qué hacer? Se requiere algo más que la participación activa en las calles de la mayoría de la gente del país —solo quedando por fuera casi todos los empleados públicos, y los pocos leales a esa peligrosa pareja de los Ortega-Murillo—. La lección es que la rebelión del 2018 fue espontánea, y así no se puede enfrentar a unos dictadores desquiciados, sino que se requiere de un pueblo organizado en estructuras clandestinas capaces de realizar acciones de resistencia pacífica, y de ponerse a salvo de la represión.
¿Hay algo en Nicaragua de esta organización popular, nacional, a escondidas del régimen? No. No pareciera. No hay señales de ello, ni siquiera mínimas. ¿Y si están en una etapa de acumulación de fuerzas? Lo dudo. Ese período llevaría ocho años, y esto es algo muy largo, así que tenemos que admitir, aún con dolor, que cada conmemoración de la magnífica rebelión cívica del 18 de abril, revela también el fracaso de las organizaciones opositoras en el exterior.
Dirigentes de organismos opositores a la dictadura Ortega-Murillo se reúnen periódicamente, emiten comunicados, gestionan ante organizaciones internacionales promotoras y defensoras de derechos humanos, intentan hacer alianzas, conmemoran las efemérides más importantes de la rebelión, ofrecen conferencias de prensa, viajan a eventos, etcétera, pero no pasan de ahí: no tienen trabajo interno en Nicaragua o es muy incipiente o muy débil. Lo peor es que algunos se dedican al canibalismo político, práctica que suscita sospechas de que sean agentes de la tiranía.
Lo más grave que les ocurre a las organizaciones opositoras a la dictadura, sobre todo a partir de la ilegal operación militar de los EE. UU. en Venezuela, es que consideran que solo con este tipo de apoyo de Washington se logrará destronar a los Ortega-Murillo, siguiendo una corriente centenaria de pensamiento político que ha habido en Nicaragua, de especialistas en agachar la cabeza ante el imperio.
Los agachados han vuelto, toman fuerza, y se desgañitan clamado por una espectacular operación militar de los EE. UU., en Managua y otras ciudades, que ponga en sus manos las cabezas sangrantes de los Ortega-Murillo, y que, en bandeja de oro les entregue el poder. Pero tomar el poder, sin participación del pueblo, no es tomarlo, sería solo una ilusión, porque no decidirían nada, serían lacayos, sirvientes incondicionales de la Casa Blanca, y le darían un adiós definitivo a los ideales de abril del 2018.
Recordemos que aún en los momentos más críticos de la represión somocista, consignas contra la dictadura aparecían en las paredes de las casas y muros de toda Nicaragua. Ahora no. No hay pintas, no hay un grito en el silencio de la oscura noche, ninguna camioneta de la Policía queda detenida en la calle porque le echaron azúcar en el motor o en el tanque de gasolina o diésel, no hay una bandera azul y blanco ondeando, no hay papelitos con mensajes subversivos. Pero hay un horrible silencio.
Debemos organizar una resistencia pacífica y popular en el interior de Nicaragua, constituida por pequeñas células de luchadores por la democracia, bien adiestrados en medidas conspirativas, bien entrenados, capaces de realizar con destreza, de día y de noche, todo tipo de acciones pacíficas contra los Ortega-Murillo. Mientras tanto, tengan un poquito de vergüenza, y no digan que luchan contra la tiranía, porque esa afirmación es puro bla, bla.
El autor es exprisionero político nicaragüense que reside en algún país europeo.