Salazar respalda la agenda de Donald Trump, pero se distancia de las deportaciones masivas indiscriminadas. "Después de Irán, el próximo debe ser Cuba. Cuba es la nodriza del mal", dijo en marzo de este año.

Salazar respalda la agenda de Donald Trump, pero se distancia de las deportaciones masivas indiscriminadas. «Después de Irán, el próximo debe ser Cuba. Cuba es la nodriza del mal», dijo en marzo de este año.

María Elvira Salazar: su ofensiva contra Ortega y Murillo

Antes de llegar a la Cámara de Representantes, Salazar entrevistó a Fidel Castro y Augusto Pinochet. Hoy impulsa sanciones para “asfixiar” a la dictadura sandinista y advierte: “Después de Cuba, sigue Nicaragua”.

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Cuba. Nacida el 1 de noviembre de 1961 en La Pequeña Habana de Miami, Florida, María Elvira Salazar tiene 65 años. Es hija de inmigrantes cubanos que huyeron del régimen de Fidel Castro. Según su sitio web, creció mientras escuchaba las historias de sus padres sobre el comunismo y las dificultades que enfrentaron tras dejar su país. “Mis padres llegaron de Cuba con 5 dólares. De ellos aprendí el valor del trabajo”, aseguró en diciembre de 2023 en una publicación en su perfil de Instagram. Su infancia y juventud transcurrieron entre Miami y Puerto Rico.

Cargo. Salazar es miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos como congresista federal por el estado de Florida. Representa el 27.º distrito congresional de Florida desde enero de 2021, reelegida en 2022 y 2024. Actualmente preside el Subcomité del Hemisferio Occidental dentro del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara, desde donde impulsa posiciones firmes frente a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Matrimonios. En 2022 contrajo matrimonio con el empresario Lester Woerner. Según perfiles biográficos, vive en el área de Coral Gables, Florida, y tiene dos hijas, Nicoletta y Martina, fruto de su primer matrimonio con el diseñador y constructor de viviendas Renzo Maietto, con quien mantuvo una relación entre 1999 y 2010. Durante su campaña congresional de 2018, los problemas financieros heredados de ese primer matrimonio generaron controversia en la contienda. Perdió frente a Donna Shalala, pero en 2020 volvió a competir y ganó la revancha.

Leyes. La republicana, conocida por sus posturas anticomunistas, impulsa en la actualidad la Ley Nica 2.0 para establecer “los aranceles más altos posibles” a Nicaragua y “debilitar al régimen”. El propósito de su propuesta es asfixiar económicamente a la dictadura Ortega Murillo. La anunció en el octavo aniversario del estallido social de abril de 2018 en una carta dirigida al Comité de Conmemoración por Libertad y la Democracia de Nicaragua. “Después de Cuba, Nicaragua es la que sigue”, afirmó. La congresista también participó en la promoción de la Ley Renacer, que endureció las sanciones contra Nicaragua. 

Rubio. Mantiene una estrecha relación política con el senador Marco Rubio, también de origen cubano y una de las figuras más influyentes del ala republicana cubanoestadounidense en Florida. Desde su llegada al Congreso, Salazar ha coincidido con Rubio en temas de política exterior hacia América Latina, sobre todo en lo relacionado con las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua. La congresista lo llamó públicamente “mi amigo”, al felicitarlo por su nominación como secretario de Estado del presidente Donald Trump. “Como cubanoamericanos de Miami y miembros del exilio, compartimos el compromiso de luchar contra el comunismo y proteger la libertad”, expresó.

Es anticomunista y mantiene duras posiciones frente a los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Es anticomunista y mantiene duras posiciones frente a los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Periodista. Salazar es licenciada en Comunicaciones por la Universidad de Miami y tiene una maestría en Administración Pública de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, de la Universidad de Harvard. Inició su carrera periodística como reportera en Canal 23 de Miami y luego en Univision. También trabajó como corresponsal y presentadora en CNN en Español y, posteriormente, se incorporó a Telemundo.

Premiada. Su biografía oficial de campaña señala que ha ganado cinco Premios Emmy de periodismo televisivo, aunque no especifica en qué años ni por cuáles trabajos concretos. Se sabe que a inicios de los noventa cubrió la guerra civil de El Salvador como jefa del buró de Centroamérica de Univisión. También realizó reportajes sobre regímenes autoritarios en América Latina.

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Entrevistas. De acuerdo con el diario El Tiempo, entre sus entrevistados se hallan los expresidentes Bill Clinton, George W. Bush, Álvaro Uribe, José María Aznar, Vicente Fox, Juan Manuel Santos, Nicolás Maduro y Juan Guaidó. Las entrevistas a Fidel Castro (1995) y Augusto Pinochet (2003) son las más recordadas. Ella fue la única periodista de un medio hispanohablante de Estados Unidos que logró entrevistar a Castro cara a cara. En el caso de Pinochet, un juez chileno utilizó esa entrevista como base para considerar que el exdictador estaba mentalmente apto para enfrentar juicio por violaciones a los derechos humanos.

Ortega. En marzo de 2023 la congresista advirtió a Daniel Ortega que “sus días están contados”. “Ha sido pesado en la balanza de Dios y no pasó la prueba y todo lo que se ha robado del pueblo de Nicaragua se convirtió en añicos”, expresó. También hizo referencia a la “guerra” de la dictadura Ortega Murillo contra la Iglesia católica. “(…) la Iglesia católica ha vencido a demonios muchísimos más grandes que usted y que su esposa, la satánica Rosario Murillo. Debe ser humillante que todos sepan que, a pesar de su título de presidente, ella es la que tiene el verdadero poder”, manifestó. 

Diablo. En febrero de 2026, Salazar volvió a condenar los ataques a la libertad religiosa en Nicaragua. En esta ocasión transmitió su mensaje “específicamente a Rosario Murillo”. Para ella, la codictadora “es el mismo diablo” y por eso “está orientando a su esposo a no permitir que este tipo de actividades (religiosas) sucedan en el territorio nicaragüense”. Además, recalcó que para la pareja dictadora “el juego ha terminado” y acusó a Murillo de intentar “sustituir a Dios” con su régimen en la vida de los nicaragüenses. 

Nicaragua. Salazar trabajó en Nicaragua como periodista de Univisión. Ha tomado esa experiencia para dar mayor peso a su defensa de la libertad religiosa de los nicaragüenses. “Conozco Nicaragua muy bien. Viví allí, y vi de primera mano cómo los nicaragüenses son las personas más católicas del hemisferio occidental”, declaró en febrero de este año durante la audiencia Defendiendo la libertad religiosa alrededor del mundo

Terrorismo. En julio de 2024, como presidenta del Subcomité del Hemisferio Occidental, la congresista pidió la incorporación de Nicaragua a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo. Argumentó que Daniel Ortega y Rosario Murillo utilizaban el país como plataforma para promover la migración irregular hacia Estados Unidos. “Rosario y Daniel tienen una gran piñata. Ahora Nicaragua es una gran plataforma de gente que llega para venir a Estados Unidos”, manifestó durante su intervención.

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Maduro. Fue contundente al pronosticar el futuro de Nicolás Maduro. A él le envió un mensaje similar al que dirigió a Ortega: “Sabe que tiene sus días contados”. Se lo advirtió en más de una ocasión, meses y semanas antes de que Estados Unidos extrajera de Caracas al ahora depuesto presidente venezolano. También calificó a Trump como “el gran exterminador” del socialismo en la región.

Ladrón. En noviembre de 2021 arremetió contra Gustavo Petro, entonces candidato a la Presidencia de Colombia. Lo hizo durante una audiencia con Brian Nichols, subsecretario para el hemisferio occidental. Salazar calificó al político colombiano como “un ladrón, un socialista, un marxista, un terrorista”. 

Migración. Frente a las políticas migratorias de Trump, Salazar respalda el control fronterizo y la deportación de inmigrantes con antecedentes criminales, pero se distancia de las deportaciones masivas indiscriminadas. Su proyecto más conocido, la Ley de Dignidad, propone un estatus legal renovable —sin ciudadanía automática— para ciertos inmigrantes indocumentados, además de agilizar los procesos de asilo. Para la congresista, no es viable expulsar a millones de personas que llevan años trabajando en Estados Unidos. Incluso pidió al presidente que les diera “una oportunidad” a quienes huyeron de sus países y no los castigara “por los errores de (Joe) Biden”. 

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  1. Hace 2 meses

    Un ateo en Don Bosco

    Yo soy ateo. Y lo digo sin aspavientos, sin ganas de convencer a nadie, sin necesidad de hacer proselitismo de la incredulidad. Nunca he sentido esa urgencia casi misionera que algunos tienen de convertir al otro, pero en versión laica. Para mí, la fe —o la ausencia de ella— es un asunto profundamente personal, casi íntimo. Así como respeto mi propio silencio sobre el tema, también he procurado respetar el de los demás. El teísmo, las creencias religiosas, siempre las he mirado con una mezcla de distancia y respeto. Cada quien con su forma de entender el mundo.

    Quizás por eso mismo, mi historia en la iglesia Don Bosco, en Miami, tiene un peso especial.

    Recién graduado de la Florida International University, todavía con ese vértigo de quien acaba de salir al mundo “real”, terminé trabajando en la construcción de esa iglesia. No era un empleo como tal, era una pasantía de seis meses, sin paga. Pero me quedaba cerca de casa —yo vivía en la 16 avenida y la obra estaba en la 13— y, en ese momento de mi vida, eso bastaba.

    Ahí fue donde conocí a Monseñor Emilio Vallina.

    No voy a decir “que Dios lo tenga en su gloria”. No sería honesto conmigo mismo. Pero sí puedo decir, sin ningún conflicto, que descanse en paz. Porque el padre Emilio —como le decíamos— era, ante todo, un ser humano excepcional. Un anciano que encarnaba casi a la perfección esa imagen universal del abuelo dulce: pausado, cercano, con una mirada que no juzgaba.

    Cuando terminé la pasantía, la iglesia no tenía recursos para pagar un ingeniero residente. Y yo, por mi parte, tampoco tenía trabajo. Entonces tomé una decisión que, vista en frío, no tenía nada de lógica económica: me quedé. Decidí terminar la obra.

    No por fe.
    No por religión.
    Sino por comunidad.

    La iglesia estaba en mi barrio. Hacía falta alguien. Y yo estaba ahí.

    Recuerdo especialmente un domingo, en plena campaña electoral del año 2000, cuando se enfrentaban George W. Bush y Al Gore. Faltaban apenas días para las elecciones.

    Ese día, Monseñor Vallina predicó algo sencillo pero poderoso: habló del privilegio de votar. Lo presentó como una bendición —en su lenguaje— y como una responsabilidad. No habló de partidos ni de candidatos. Habló de deber cívico.

    Al terminar la misa, mientras conversábamos, se acercó una viejita, más anciana aún que él. Interrumpió con esa urgencia inocente que tienen algunos mayores y preguntó directamente:

    —Padre, ¿por quién hay que votar? ¿Quién es el bueno?

    El padre se rió. No con burla, sino con ternura.

    Y le dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

    —No, hija mía. Yo le dije que fuera a votar. Usted tiene que decidir por quién votar. Esto no se trata de buenos y malos. Pero sí le digo algo: hay que votar. Porque es un derecho y también una responsabilidad. Después no podemos quejarnos si no hicimos nada.

    Y luego, casi como quien suelta una verdad incómoda con suavidad:

    —Además, toda persona verdaderamente decente… rara vez se mete a político.

    Esa frase no fue un sermón. Fue una vacuna.

    Desde entonces, mi relación con la política quedó marcada por una suspicacia permanente. No una indiferencia —porque sí creo en el deber cívico— sino una desconfianza lúcida, tanto hacia el Partido Demócrata como hacia el Partido Republicano.

    Y aun así, he votado. He votado incluso por candidatos conservadores, siendo yo una persona de inclinación liberal. Porque a veces uno no vota por afinidad ideológica absoluta, sino por representación concreta.

    Durante años, por ejemplo, me sentí representado por Ileana Ros-Lehtinen. Era republicana, conservadora, y aun así, dentro de nuestras diferencias, había una conexión con la realidad de su distrito.

    Pero con María Elvira Salazar… no.

    Y no es una cuestión de partido.
    Es una cuestión de fondo.

    Tal vez por eso vuelvo, mentalmente, a ese momento en Don Bosco. A ese anciano que no me predicó religión, sino responsabilidad. Que no me pidió fe, sino criterio.

    Y yo, ateo, terminé aprendiendo una de las lecciones más claras sobre ciudadanía… dentro de una iglesia.

  2. Hace 2 meses

    Esta semana, nuevamente, La Prensa decide colocar en vitrina a María Elvira Salazar, presentándola como una figura que lucha y defiende la democracia en Nicaragua. No quiero caer en el papel de aguafiestas, como ciertos sectores que desde una supuesta pureza histórica pretenden monopolizar la legitimidad de la oposición. Esos que se autodenominan de “sangre azul” y que, con una narrativa selectiva, descalifican cualquier trayectoria que haya tenido vínculos con el sandinismo en sus orígenes, ignorando procesos complejos y figuras como Dora María Téllez o Víctor Hugo Tinoco. Para ellos, la historia no es un campo de análisis, sino un filtro ideológico donde solo cabe lo que valida su relato.

    Ese exclusivismo no es inocente: responde a una nostalgia política donde la libertad parece estar condicionada al retorno de estructuras de poder pasadas. Sin embargo, más allá de ese debate —que sigue siendo necesario—, lo que llama la atención es la insistencia en proyectar a Salazar como una especie de paladina incuestionable.

    Hubo un momento en que su trabajo como periodista le otorgaba cierto respeto. Pero su transición a la política marcó un giro evidente hacia prácticas que dejan mucho que desear. Un ejemplo concreto es su voto en contra del plan de infraestructura impulsado por Joe Biden. A pesar de haberse opuesto, cuando los fondos comenzaron a beneficiar a su distrito en Miami, no dudó en atribuirse el mérito, como si su gestión hubiese sido determinante. Ese tipo de conducta no solo refleja oportunismo político, sino también una falta de coherencia que erosiona la confianza pública.

    Aquí es donde surge una pregunta inevitable: ¿por qué ahora esta reiterada exposición mediática? No parece descabellado pensar que responde a un contexto electoral adverso, donde incluso en un distrito mayoritariamente republicano, su posición no es tan sólida como antes. La insistencia en reforzar su imagen podría ser un intento de reposicionamiento frente a una competencia más fuerte de lo esperado.

    Más allá de estrategias, el problema de fondo es otro. Salazar ha mostrado una tendencia a actuar más como vocera que como representante. Su alineamiento con Donald Trump no se presenta como una coincidencia ideológica estructurada, sino como una adhesión casi automática. Esto no es un debate entre derecha o izquierda, liberalismo o conservadurismo; es una cuestión de independencia política y de criterio propio.

    Cuando una figura pública parece carecer de una línea ideológica definida y su accionar se reduce a respaldar sin matices a un liderazgo específico, deja de representar a sus electores para convertirse en un instrumento de agenda ajena. Y eso, en cualquier sistema democrático, es problemático.

    En ese contexto, la narrativa que intenta posicionarla como una defensora clave de la democracia en Nicaragua resulta, cuando menos, cuestionable. No por negar la importancia del apoyo internacional, sino porque ese apoyo debe estar respaldado por coherencia, ética y resultados concretos, no por gestos mediáticos o discursos reciclados.

    Al final, queda la sensación de que esta campaña no busca informar, sino influir. Y ahí es donde corresponde al ciudadano —más allá de etiquetas o nostalgias— evaluar con criterio propio, sin caer en relatos simplificados ni en la comodidad de aceptar figuras prefabricadas. Porque la política no debería ser un ejercicio de fe, sino de análisis.

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