Los juegos de la imaginación en la novela de Sergio Ramírez (II)

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“Toda lectura es un viaje”… Sergio Ramírez.

“Es urgente que vayamos nosotros a encontrar (a los pobres) en las calles y en los rincones oscuros donde a veces se esconden (…)”. Papa Francisco. V Jornada Mundial de los Pobres.

En un artículo publicado en El País, en noviembre del año pasado, Sergio Ramírez explica que “cada vez que nos cuentan algo ficticio o que ha ocurrido en realidad, distintas áreas del cerebro se ponen en alerta, y gracias a un enjambre de conexiones neuronales se activan los circuitos que despiertan la memoria y el estado de atención, y otros que, al escuchar lo que oímos relatar, estimulan nuestras emociones: odio y amor, rechazo y empatía, venganza y perdón” (20/11/2025).

Efectivamente, cuando leemos ficción literaria, “viajamos” fuera de nosotros mismos y nuestro cerebro se activa de tal forma que podemos ver, o al menos vislumbrar, el mundo “a través del filtro de la conciencia de los protagonistas de esas obras”, como dice Jerome Bruner, uno de los pioneros de las ciencias cognitivas. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, por citar un ejemplo, permitió a los blancos estadounidenses, especialmente en el norte de los Estados Unidos, apreciar el drama de los esclavos afroamericanos y contribuyó al desarrollo de una nueva sensibilidad y de un nuevo imaginario social adverso a la posesión de personas como objetos en ese país y en el resto del mundo. Igual impacto en el imaginario y la sensibilidad de sus tiempos tuvieron las novelas de Charles Dickens, Víctor Hugo, Toni Morrison y otros autores cuyas obras, como explica el filósofo social Roman Krznaric, “nos ayudan a escapar de la camisa de fuerza de nuestros egos y a expandir nuestro universo moral”.

La historiadora Lynn Hunt también ha mostrado cómo las novelas epistolares del escritor inglés Samuel Richardson, en el siglo XVIII, pusieron sobre la mesa temas como la violencia sexual y la violencia de clase, fomentando la empatía de sus lectores y contribuyendo al desarrollo de una sensibilidad social más igualitaria en Inglaterra y Europa. El sufrimiento de los personajes en estas novelas, dice Hunt, tuvo «efectos físicos que se tradujeron en cambios cerebrales que se expresaron en nuevos conceptos sobre la organización de la vida política y social”. (El historiador cultural Robert Darnton confirma lo dicho por Hunt y hasta se atreve a insinuar que la novela Julia o la Nueva Heloísa, de Jean-Jacques Rousseau (publicada en 1762), en la que se exploran los condicionamientos de la estructura de clase de la sociedad burguesa en los dilemas morales de sus protagonistas, pudo haber tenido un mayor impacto en el imaginario europeo de su tiempo que El Contrato Social, también publicado en 1762. Como es ampliamente reconocido, El Contrato Social constituye una de las obras filosóficas de mayor relevancia en el estudio de la legitimidad política, una condición que se sustenta en la articulación de consensos sobre la organización y el funcionamiento de la sociedad.

Al igual que las obras literarias antes mencionadas, la de Sergio Ramírez estimula nuestra imaginación y nos sensibiliza, pues sus cuentos y novelas nos hacen partícipes de los mundos que él crea. En estos mundos, las víctimas del despotismo y del “mal cristalizado en estructuras sociales injustas” son las protagonistas (Papa Francisco, 10 Aniversario de Evangelii Gaudium, 24/11/23). 

En El cielo llora por mí, para citar un ejemplo, encontramos al prójimo del que nos habló el Nazareno pernoctando en un campamento formado por “champas de plástico”, invisibles en pleno centro de Managua. Ellos son, nos dice nuestro novelista, “los obreros del Nemagón, un plaguicida que había dejado a legiones de ellos estériles, o insomnes para siempre, o víctimas de enfermedades malignas que habían vuelto de hule sus huesos, mientras sus mujeres parían niños ciegos, paralíticos o deformes” (Alfaguara, 2008, 288-9).

En Ya nadie llora por mí, otro ejemplo, Sergio Ramírez vuelve a iluminar con su prosa “los rincones oscuros” de nuestra realidad social. En esa novela, viajamos con el inspector Dolores Morales en su destartalado Lada y, en un momento, nos bajamos del auto, y nos encontramos frente a una escena dantesca que nuestro novelista nos hace percibir imaginativamente en sus punzantes detalles:

“Del otro lado, la basura acumulada desbordaba hasta la mitad de la calle, y una tropa silenciosa compuesta de mujeres y niños hurgaba entre los desperdicios. Unos escogían cartones, trapos, botellas y envases plásticos que metían en sacos, y otros rasgaban las bolsas negras de polietileno en busca de desperdicios útiles, y de frutas magulladas, o a medio podrir, que ponían en canastos. Ya llenos los sacos y los canastos, iban a depositarlos en un carretón tirado por un caballo ceniciento que enseñaba el costillar” (Alfaguara, 2017, 101)

La imagen de la pobreza que describe Sergio Ramírez genera lo que los estudiosos del cerebro y de la mente llaman un “neuroacoplamiento”. Este concepto hace referencia a la sincronización mental que se produce entre el autor y el lector cuando las neuronas espejo del lector se activan al percibir la imagen de personajes que sobreviven comiendo “huesos de pollo con algo de carne, rebanadas de pizza mordisqueadas” y otros restos, como vuelve a destacar Sergio Ramírez en El cielo llora por mí (Alfaguara, 2008, 92).

Las neuronas espejo, ampliamente consideradas responsables del fenómeno de la empatía, son una compleja red de células cerebrales que se activan no solo cuando realizamos una acción, sino también al observar a otros ejecutarla, ya sea de forma visual o mediante la imaginación. Así, al leer a Sergio Ramírez, las imágenes que proyectan las citas anteriores se acoplan a nuestro cerebro y activan nuestras neuronas espejo, ayudándonos a sentir y entender algo de lo que experimentan quienes se alimentan de nuestros desperdicios.

No pasemos por alto la segunda descarga imaginativa que reciben nuestros cerebros al leer el párrafo de Ya nadie llora por mí, citado anteriormente. En las ciencias cognitivas, hay un principio conocido como la Ley de Hebb, propuesto por el neurólogo Donald Hebb, que se resume así: las neuronas que se activan juntas, al reaccionar a dos imágenes o vivencias, se enlazan entre sí y se activan de forma simultánea, reforzándose mutuamente.

La Ley de Hebb nos ayuda a entender los juegos de la imaginación en la novela de Sergio Ramírez. Después de transmitir la imagen de mujeres y niños viviendo como bestias, nuestro escritor acentúa el impacto de esa escena al decirnos que esos desgraciados depositaban los desperdicios recogidos “en un carretón tirado por un caballo ceniciento que enseñaba el costillar” (itálicas añadidas). Así, la figura del famélico rocín y la de seres humanos hambrientos proyectadas por la novela se entrelazan en nuestros cerebros de tal forma que la imagen del esquelético animal refuerza la del hambre y la miseria de la “tropa silenciosa, compuesta de mujeres y niños,” que recoge “desperdicios útiles y […] frutas magulladas o a medio podrir”.

En resumen, los juegos imaginativos de Sergio Ramírez nos ayudan a salir de nosotros mismos y “viajar” para encontrar y reconocer a los “humildes personajes” que él dignifica en su obra y reconoce en su discurso de aceptación del Premio Cervantes. En filosofía, reconocer implica volver a conocer lo que creíamos entender, ahora aceptando la dignidad humana negada, por ejemplo, a quienes comen nuestra basura.

Es importante señalar que, sin embargo, nuestro escritor no nos dice lo que debemos hacer para reconocer al “otro” o a la “otra”; ni cómo debemos actuar ante ellos; es decir, no pontifica ni nos alecciona, sino que simplemente nos cautiva con sus “mentiras verdaderas”, como él se refiere a lo que crea el novelista o el cuentista, haciéndonos vivirlas en el espacio imaginativo en el que sus lectores y él nos acoplamos.

Literatura, política y sensibilidad social

Los juegos imaginativos en la obra de Sergio Ramírez tienen una dimensión política si entendemos la política como la construcción y reconstrucción del imaginario social a través del cual una sociedad interpreta el poder y la historia. En este sentido, nuestro autor no ha dejado de ejercer la política, aunque hace ya muchos años se bajó de los estrados de la plaza pública para sentarse a escribir.

Los “oficios compartidos” de Sergio Ramírez, como él mismo denomina sus roles de político revolucionario y escritor, pueden entenderse como dos aspectos de un mismo propósito: fomentar “una nueva forma de vivir y sentir [nuestra nicaraguanidad]», una forma más humana y, en mi opinión, más auténticamente cristiana (ver Adiós muchachos: una memoria de la revolución sandinista. Aguilar, 1999, 16). Ambos oficios se han nutrido del mismo caudal ético, de una misma identificación afectiva con los excluidos, y de una misma convicción que él resume así: “Nunca dejaré de creer que la justicia, la equidad, y la compasión, son posibles. Que los más pobres tienen derecho a vivir con dignidad, y a sentarse en el banquete de la civilización, a participar del desarrollo tecnológico, y del bienestar, que son dones de toda la humanidad” (Discurso de aceptación del Premio Cervantes, 2012).

En una Nicaragua y en un mundo donde la verdad política es con demasiada frecuencia cualquier cosa que resulta conveniente para mantener o alcanzar el poder, el empeño de nuestro Premio Cervantes por mantener su norte ético y luchar porfiadamente contra la injusticia, ajustando su rumbo de acuerdo con su conciencia y exponiendo la razón de sus razones a la crítica pública, es digno del reconocimiento que ha obtenido la genialidad de su prosa. Nicaragua le debe este reconocimiento.

El autor es profesor retirado de Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.

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