Las zonas de amortiguación territorial rara vez, o nunca, brindan la paz y la seguridad que prometen sus defensores. Tras el colapso de la Unión Soviética, Ucrania fue vista como un cordón neutral entre Rusia y la OTAN. En cambio, se convirtió en una zona de creciente tensión geopolítica, seguida de una guerra abierta.
El primer ministro francés, Georges Clemenceau, cometió el mismo error al suponer que los estados recién independizados de Europa Central y Oriental servirían de barrera contra la expansión de la Rusia bolchevique. En cambio, fueron uno de los primeros objetivos de Hitler y, tras su derrota, terminaron formando parte del Pacto de Varsovia.
En una era en la que los misiles balísticos, los drones y otros proyectiles pueden alcanzar objetivos estratégicos distantes con una precisión cada vez mayor, la idea de una zona de amortiguación protectora no solo es errónea, sino que es un disparate.
Sin embargo, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, insiste en que las Fuerzas de Defensa de Israel deben ocupar gran parte del sur del Líbano para proteger a los desplazados que viven en el norte de Israel. Recientemente, se jactó de que las tropas israelíes habían destruido cinco puentes sobre el río Litani, a unos 30 kilómetros de la frontera entre el Líbano e Israel, creando así una zona de amortiguación que se mantendrá “hasta que el norte de Israel esté a salvo”. Pero es improbable que esta ocupación, una clara violación del derecho internacional, logre sus objetivos declarados. De hecho, dejará a los israelíes, especialmente a los soldados, en una situación de mayor vulnerabilidad.
Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional acordó que ningún país tiene permitido arrebatar territorio a otros por la fuerza. La “inadmisibilidad de la adquisición de territorio mediante la guerra” ocupa un lugar destacado en el preámbulo de la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que exigía la “retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados en junio de 1967”. Sin embargo, en Gaza y el sur del Líbano, el mundo entero observa cómo Israel adquiere deliberadamente grandes extensiones de tierra por la fuerza.
En Gaza, una de las zonas más densamente pobladas del mundo, el ejército israelí ocupa, según informes, más del 50 por ciento del territorio. En Líbano, Israel mantiene una ocupación indefinida de entre 850 y 1,060 kilómetros cuadrados, casi el 10 por ciento del territorio total del país. Y en Cisjordania, Israel ha insistido durante mucho tiempo en que debe conservar el valle del Jordán, al oeste del río, como zona de amortiguación en cualquier acuerdo de paz.
Pero con los misiles y drones iraníes alcanzando Tel Aviv, Beit Shemesh, Haifa y Dimona —y con los drones ucranianos llegando hasta Rusia— la justificación de tales demandas se ha desmoronado. Además, al presionar para ocupar aún más territorio, Israel corre el riesgo de convertir a la población civil local en objetivos de primera línea. Algunos críticos incluso advierten de una dinámica en la que los civiles servirán de hecho como escudos humanos, lo que proporcionaría una bonanza política y mediática para los hasbaristas (propagandistas) israelíes. Al mismo tiempo, al ocupar el sur del Líbano, los propios soldados israelíes estarán más cerca de los combatientes de Hezbolá y, por lo tanto, en mayor peligro.
Como lo ha demostrado el politólogo Dominic Tierney, el poder militar por sí solo rara vez gana guerras, porque los conflictos modernos son luchas políticas, sociales e ideológicas, no meras batallas tácticas. “Si bien un ejército dominante puede ganar batallas, asegurar el territorio y destruir fuerzas convencionales —explica— a menudo no logra crear una paz duradera ni alcanzar los objetivos políticos —lo que se conoce como ‘ganar la guerra’— porque no puede solucionar problemas subyacentes como la falta de legitimidad, la insurgencia o la inestabilidad política arraigada”.
Lejos de reconocer estas limitaciones, Israel ya ha declarado que prohibirá el retorno de los ciudadanos libaneses que huyeron antes del inicio de su última invasión terrestre. Esta política no es nueva. Desde 1948, Israel ha negado el derecho al retorno a aproximadamente 750,000 palestinos y sus descendientes, a pesar de las numerosas resoluciones de la ONU que le instan a ofrecer esta opción.
En lugar de anexionarse más territorio donde siempre habrá opositores, la estrategia más sensata es buscar una solución política. Ya existen soluciones tanto para Gaza como para el Líbano, pero los políticos israelíes, especialmente el primer ministro Benjamin Netanyahu y su gobierno, parecen más interesados en preservar el statu quo que en lograr un progreso real.
Como señaló hace mucho tiempo el antiguo estratega chino Sun Tzu, dañar a un enemigo o simplemente conquistar territorio no garantiza la victoria. Al contrario, un enemigo desplazado puede regresar con mayor determinación, o el costo de mantener el nuevo territorio puede resultar insostenible. En un entorno competitivo y hostil, un enemigo en retirada puede reagruparse, adaptar sus tácticas, adquirir nuevas tecnologías y, finalmente, contraatacar. La lucha nunca termina realmente.
Pero no hace falta sabiduría ancestral para comprender que los países deberían centrarse en resolver las tensiones subyacentes en lugar de intentar crear zonas de amortiguación. Controlar un territorio no elimina a la otra parte. Los opositores de Hezbolá en el Líbano y los líderes palestinos que se oponen a Hamás se han ofrecido a cooperar con Israel, pero este se ha negado rotundamente. Sus líderes actuales parecen creer que el conflicto perpetuo y la ocupación sirven mejor a sus intereses que las impopulares concesiones políticas que la paz exigiría.
Pero la paz es la única opción sostenible. La seguridad en Gaza y Líbano no puede lograrse mediante zonas de amortiguación, sino únicamente a través de una solución política que atienda las necesidades humanitarias y las causas profundas del conflicto. Esto exige respeto por el derecho internacional, rendición de cuentas por las acciones que afectan a la población civil de todas las partes y una auténtica voluntad de negociar. La alternativa son ciclos interminables de violencia.
El autor es exprofesor de periodismo en la Universidad de Princeton, es el autor de El Estado de Palestina AHORA: Argumentos prácticos y lógicos sobre la mejor manera de lograr la paz en Oriente Medio .
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