Elecciones libres como medio de apalancar la transición democrática

Este miércoles 25 de febrero de 2026 se cumplieron 36 años de las elecciones de 1990 en Nicaragua. Históricas elecciones en las que doña Violeta Barrios de Chamorro, abanderada de la Unión Nacional Opositora (UNO) que formaron 14 partidos políticos de lo más diversos signos políticos e ideológicos, derrotó de manera contundente a Daniel Ortega y al FSLN.

Además de históricas fueron épicas aquellas elecciones, porque no significaron solo un cambio de gobernantes sino también, y sobre todo, la sustitución pacífica en general de una dictadura revolucionaria de orientación marxista-leninista y totalitaria, cuyo modelo era Cuba, con una genuina democracia.

Los comandantes sandinistas, que gobernaban el país de manera autoritaria, como buenos marxistas leninistas y discípulos de Fidel Castro tenían aversión a las elecciones libres y a la democracia representativa, a las que calificaban despectivamente como “anacronismos democrático-burgueses”. Proclamaron que el pueblo ya había votado por ellos cuando derrocaron a la dictadura somocista mediante la lucha armada, y que por tanto eran la vanguardia revolucionaria y únicos representantes de las masas populares. De manera que ya no había nada que elegir.

Sin embargo, tuvieron que convocar a unas elecciones básicamente libres, en febrero de 1990, obligados por la irresistible presión externa, por la espantosa crisis económica que ellos mismos causaron con sus medidas socialistas y los alocados intentos de exportar la revolución a los demás países centroamericanos, así como por la resistencia pacífica y silenciosa de amplios sectores de la población.

En su fantasía ideológica ellos creían que el pueblo los amaba y apoyaba sin condiciones. Sin embargo, para su sorpresa y frustración, perdieron las elecciones y fue entonces que la parte más cimarrona del sandinismo, encabezada por Daniel Ortega, se dio a la tarea de sabotear al nuevo gobierno democrático en todas las formas posibles, ilegales y violentas.

Es que el gobierno democrático transicional de doña Violeta nació con el respaldo popular mayoritario, pero no tenía el apoyo de las instituciones del poder real, sobre todo la militar y la policial, respaldo que es indispensable para gobernar con estabilidad y eficacia. Sin embargo, el gobierno de doña Violeta cumplió su cometido y le entregó a su sucesor democráticamente electo, un gobierno con instituciones consolidadas y una economía saneada. Y si la transición democrática se interrumpió en 2007 fue por la traición de un sector del liberalismo y la división de la otra parte, lo que le permitió a Ortega recuperar el poder y restaurar la dictadura.

Ahora, después de 19 años de una segunda dictadura sandinista, empeorada y degradada en una versión conyugal, familiar y con pretensiones dinásticas, se acrecienta la significación histórica de las elecciones de 1990 en las que el David democrático venció al Goliat autoritario. Y su ejemplo debería servir de inspiración y enseñanza a quienes en la actualidad luchan por recuperar la libertad y construir una nueva y más consistente democracia.

En general sin elecciones no hay democracia, aseguran los politólogos y lo confirma la práctica. Las elecciones por sí solas no son la democracia, pero sin ellas no puede haber un sistema democrático de gobierno y de vida social.

Es fácil comprender que en toda sociedad organizada tiene que haber un mando, pero lo razonable y civilizado es que esta potestad la ejerza solo quien tenga derecho para ello. Y el que manda al margen de ese derecho es un usurpador, aunque tenga los medios de fuerza y coerción para mandar.

Eso significa que para que una sociedad o un país sea democrático, el derecho de mandar tiene que emanar de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.  La cual se determina por medio de elecciones en las que los gobernantes son elegidos o designados por los gobernados, en elecciones libres, limpias, incluyentes y justas. O sea pluralistas y organizadas por un organismo electoral eficiente y creíble, independiente e imparcial.

De manera que, y por lo consiguiente, cuando hay la oportunidad de pasar de una dictadura a la democracia, las elecciones auténticas son una herramienta indispensable. Ya sea que la dictadura se desplome por sus propias contradicciones, o que voluntariamente los gobernantes autoritarios acepten que el cambio es preferible y lo promuevan por sí mismos, o concertados con la oposición. Pero en todo caso se deben realizar elecciones libres en el momento que se considere más oportuno.

Incluso en el caso de Venezuela, que está en un proceso de cambio inédito y original, como ha dicho Marco Rubio, tendrá que llegar el momento en que se deberá convocar a elecciones libres.

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