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Sor María Romero Meneses nació en Granada, Nicaragua, el 13 de enero de 1902. Desde muy pequeña aprendió a tocar el piano y desarrolló habilidades en el canto y la pintura. Cuando tenía apenas ocho años, en 1910, llegaron a Nicaragua las misioneras de Don Bosco, las Hijas de María Auxiliadora, congregación que conquistó el corazón y la vocación de la pequeña María Romero.
En 1921 inició el noviciado en El Salvador, donde selló con los votos de castidad, pobreza y obediencia su profesión religiosa y su entrega total como hija de María Auxiliadora. En 1929, ya en Nicaragua, emitió los votos perpetuos y, en 1931, se trasladó a Costa Rica, país donde desarrolló su gran obra espiritual y material como asistente en los consultorios médicos de la congregación.
También trabajó en un internado de jóvenes y en asociaciones de ayuda a los necesitados. Su labor humanitaria estuvo siempre del lado de los más pobres, apoyando especialmente a la comunidad migrante en Costa Rica, integrada en su mayoría por nicaragüenses.
El milagro que se le atribuye a Sor María Romero para su beatificación ocurrió con el matrimonio Solís-Quirós, de Costa Rica. A Claudia Quirós, con siete meses de embarazo, le diagnosticaron que su hija tenía una grave malformación congénita, con la posibilidad de que naciera sin paladar. La familia hizo todo lo que estuvo a su alcance económico, consultando a los mejores médicos especialistas del país y del extranjero, sin obtener una respuesta positiva.
La madre embarazada visitó la iglesia de María Auxiliadora, en San José, donde relató a las religiosas la difícil situación de su embarazo. Desde entonces comenzó a rogar a Sor María Romero, uniéndose amigos y familiares del matrimonio en una cadena de oración. El 28 de noviembre de 1994 nació María Solís Quirós y, con ella, el milagro que dejó en silencio a los médicos en la sala de maternidad: una niña completamente sana, sin ningún problema de labio leporino.
Cada 7 de julio, la Iglesia católica conmemora a la Beata María Romero Meneses, religiosa salesiana que vivió 75 años, de los cuales 46 fueron dedicados al servicio de los pobres y desposeídos. Fue beatificada a inicios del milenio por el papa San Juan Pablo II y es, hasta el momento, la segunda mujer originaria de Centroamérica en recibir tal dignidad.














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