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Es un hecho. El año 2026 marca el inicio de un gran final: el de la salida del régimen sandinista, incrustado en el destino de Nicaragua desde hace casi cincuenta años. Desde 1979, cuando en una confabulación internacional —que contó incluso con la anuencia de la administración demócrata de Estados Unidos— se derrocó a Anastasio Somoza, el sandinismo atracó el poder y lo ha retenido hasta el día de hoy.
Esta tarea no será nada fácil. Mientras más tarde se empiece a implementar la unión de toda la derecha, más se postergará la tan ansiada democracia, incrementando además las cuotas de dolor y angustia de un pueblo que anhela paz, libertad y oportunidades reales.
Hoy los vientos que comienzan a soplar son otros. El mundo cambió, y el fracasado laboratorio ideológico del antes y después de la Guerra Fría está prácticamente oxidado y en ruinas.
Los partidos de derecha, sin complejos ni maniqueísmos —a diferencia de lo que ocurre con algunos sectores liberales— vienen ganando terreno en Europa, Asia y América.
Esta realidad no escapa a una Nicaragua hoy empeñada a la China comunista, a la paupérrima Venezuela y a la arruinada Cuba: naciones que fueron prósperas en el pasado, pero cuyos regímenes las arrastraron a la miseria y que ahora muestran claros signos de agotamiento.
El derrumbe de estos países no lo marcan únicamente los fracasos económicos ni los reiterados señalamientos por violaciones a los derechos humanos, al Estado de derecho y a las libertades propias de un sistema democrático. Lo empujan también profundas degradaciones éticas y morales, asociadas a graves delitos de corrupción y a su connivencia con el crimen organizado. Todo ello es ya del dominio público mundial, una cadena de descomposición que se extiende desde Fidel Castro —el personaje más siniestro y cavernario nacido en América— hasta el último de sus herederos políticos.
Pero, claro está, estos regímenes no quieren irse. Y es ahí donde entra en juego la dinámica geopolítica estadounidense, orientada a la liberación de estas naciones como parte de una agenda estratégica de estabilidad regional. No puede olvidarse, además, que la crisis migratoria global ha llegado a un punto insostenible, obligando a un reacomodo del asentamiento ancestral de millones de personas. Generar condiciones democráticas y productivas para el retorno se ha vuelto una necesidad impostergable.
En Nicaragua, la derecha comienza a reagruparse. Convergen liberales —en torno a la Unidad Liberal— conservadores, excombatientes de la Resistencia, independientes y sectores de la sociedad civil en una agenda humanitaria y política impostergable.
Esta confluencia puede conducir a una unidad nacional poderosa, capaz de construir una opción electoral creíble tanto al propio pueblo como a la comunidad internacional (lo que ahora resulta escaso). No queda otro camino, por más que este planteamiento confronte intereses particulares y métodos de lucha contrarios.
En este contexto, se debe dialogar con todas las fuerzas activas y determinantes para hacer retroceder ese mamotreto de abusos inconstitucionales cometidos por la dictadura sandinista y volver al marco constitucional vigente en 2007, cuando Daniel Ortega atracó nuevamente el poder.
Dicha Carta Magna no es la ideal para las circunstancias actuales, pues arrastra numerosos candados que favorecen al sandinismo. Sin embargo, resulta preferible a los remedos arbitrarios que el régimen ha impuesto desde entonces para perpetuarse.
Más que revisar interminablemente aspectos legales o recurrir a discusiones jurídicas estériles, lo urgente es actuar políticamente, abrir canales de diálogo y hacer valer la presencia de una sociedad inconforme, harta de atropellos, cárcel, endeudamiento y expoliación soberana a potencias ajenas a nuestra idiosincrasia continental.
Debe trabajarse, por tanto, en la construcción de una fuerza opositora contundente para cuando las compuertas electorales se abran, producto de negociaciones y de un diálogo inevitable.
Y aunque es prematuro hablar de casillas electorales, la única con perennidad ética y política es la del Partido Liberal Independiente (PLI-histórico), de lograr este la representación legal que reclama, pudiendo convertirse en el punto de concentración del voto mayoritario de la derecha.
Todo esto puede sonar rutinario cuando se plantea como tesis teórica. Sin embargo, llevarlo a la realidad constituye el gran reto de los nicaragüenses, del mismo modo que lo será para cubanos y venezolanos en sus respectivas luchas.
La era de nuevos tiempos está por llegar. Somos los propios nicaragüenses, al margen de las perspectivas hemisféricas de Estados Unidos y de los aportes de la comunidad internacional, quienes debemos ponernos al frente de esta cruzada política.
En América ya son varios los países donde la derecha ha derrotado a la izquierda y a los pusilánimes centros. Nicaragua también lo hará, y el 2026 asoma desde ya como un gran desafío histórico.
El autor es nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional, fundador del partido de derecha OPA y vocero en el exterior del PLI histórico.