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En Pittsburgh, una ciudad marcada por la diversidad, pero también por los desafíos migratorios, dos organizaciones pro inmigrantes se han convertido en pilares de resistencia y apoyo. Latino Community Center (LCC) y Casa San José no solo acompañan a los inmigrantes en medio del miedo y la incertidumbre; también están construyendo modelos de fortaleza comunitaria que hoy sirven de ejemplo en toda Pensilvania.
El 2025 ha sido un año duro para las familias inmigrantes. Las redadas, las deportaciones y el discurso político hostil han obligado a muchas comunidades a replegarse. Pero para Rosamaría Cristello, fundadora y directora ejecutiva del Latino Community Center, la respuesta no podía ser el silencio. “Nos tocó actuar rápido. Si no lo hacíamos, el miedo iba a ganar terreno”, aseguró.
Desde enero, el LCC implementó una serie de clínicas de preparación familiar en alianza con la Universidad de Pittsburgh. En estas sesiones, padres y madres aprendieron cómo dejar preparados documentos legales que designan a tutores para sus hijos en caso de detención o deportación. “Fue algo triste que tuvimos que hacer, pero necesario. Logramos preparar esos documentos en español y dar un poquito de paz a nuestras familias. Saber que tus hijos estarán protegidos si algo pasa, cambia todo”, explicó Cristello.
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El LCC también reforzó los protocolos de seguridad en sus programas y decidió priorizar la protección física y emocional de su personal y sus beneficiarios. Varias actividades comunitarias se pausaron para garantizar que nadie quedara expuesto a riesgos innecesarios. “No era momento de crecer, sino de enfocarnos para poder sobrevivir”, enfatizó Cristello.
Pese a ese contexto adverso, la organización no detuvo su misión educativa y social. Su programa Después de Escuela, que atiende a decenas de niños latinos, se mantuvo funcionando de manera continua. Además, 23 jóvenes del programa de liderazgo juvenil consiguieron ingresar a universidades locales y estatales, varios de ellos con becas completas. “El mundo puede estar en fuego, pero nosotros nos enfocamos en ellos: qué les gusta, qué quieren ser”, añadió la directora ejecutiva de LCC.
Otro avance importante fue la obtención de 1.6 millones de dólares en fondos estatales para la construcción de un Centro de Jóvenes en su sede principal. “Será un espacio diseñado por ellos mismos, donde podrán estudiar, aprender tecnología y tener un lugar seguro”, dijo Cristello.
Actualmente, LCC atiende entre 1,800 y 2,000 familias al año. En los últimos tiempos estas familias proceden principalmente de Guatemala, México, Venezuela y Ecuador.

Para Cristello, la verdadera medida del éxito está en la confianza que la comunidad deposita en ellos. “Cuando una madre llega llorando y se va con un plan, eso es un logro. Cada familia que se siente menos sola, eso ya es una victoria”, concluyó.
Casa San José: proteger con cercanía
En otro punto de la ciudad, Casa San José ha vivido un proceso similar, aunque con un enfoque más directo en la defensa y respuesta ante crisis migratorias. Su directora, Mónica Ruiz, reconoce que el último año ha puesto a prueba todos los recursos disponibles. “Estamos recibiendo más casos que nunca. Mujeres solas, niños sin sus padres, familias que se quedaron sin ingresos de un día para otro. No podíamos mirar hacia otro lado”, afirmó.
De esa necesidad nació el programa Madres Fuertes, una iniciativa que ofrece vivienda gratuita temporal a mujeres inmigrantes y sus hijos mientras enfrentan situaciones de emergencia. “Les damos techo, comida y acompañamiento psicológico. Lo mínimo que una persona necesita para poder pensar con claridad y decidir sus próximos pasos”, explicó Ruiz.
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El programa, financiado gracias a donaciones comunitarias y alianzas con otras instituciones, ya ha beneficiado a decenas de familias desde su creación. “Muchas de esas mujeres hoy tienen trabajo, sus hijos están en la escuela y ya no viven con miedo”, añadió.
Red de apoyo que salva vidas
Otro de los pilares de Casa San José es su Red de Respuesta Rápida, formada por más de 500 voluntarios en toda la región. Esta red se activa en minutos cuando se reportan operativos de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE, por sus siglas en inglés). Los voluntarios observan, registran y acompañan a las familias afectadas. “A veces llegan 20, 30 y hasta 70 personas; su presencia puede hacer que Inmigración se vaya, en otros casos por lo menos tenemos los nombres de las personas que son detenidas para avisarle a sus familiares y eso nos ayuda con la abogacía que hacemos”, señaló Ruiz.
Además de su labor de emergencia, Casa San José continúa expandiendo sus programas de salud, educación y empleo. Ofrece consultas médicas gratuitas, clínicas dentales, clases de inglés y cursos de tecnología que culminan con la entrega de computadoras a quienes completan el programa. “Queremos que las personas tengan herramientas reales para salir adelante. No se trata solo de sobrevivir, sino de construir estabilidad”, dijo Ruiz.
Uno de los logros más significativos de este año es el avance del proyecto para su nuevo edificio comunitario en Beechview, con una inversión de 6.3 millones de dólares. El espacio permitirá ampliar los servicios y crear un entorno seguro y accesible para miles de latinos. “Será un hogar para todos. Un símbolo de que seguimos aquí, firmes, aportando mucho a esta ciudad que también es nuestra. Queremos un lugar donde los latinos se sientan seguros. Estamos en tiempos difíciles, pero no debemos ser vencidos. Somos fuertes e inteligentes”, sostuvo la directora.
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Tejiendo comunidad en tiempos difíciles
Tanto Latino Community Center como Casa San José coinciden en que su labor no se trata solo de asistencia, sino de construir comunidad. Su trabajo conjunto ha permitido canalizar recursos, crear puentes con instituciones locales y visibilizar las contribuciones de los inmigrantes latinos en Pittsburgh.
En los últimos años, ambas organizaciones han logrado no solo resistir la presión política y social, sino fortalecer su capacidad de acción. Han obtenido nuevos fondos, ampliado su base de voluntarios y ganado reconocimiento por su impacto en la integración cultural y social de los inmigrantes.
“Lo que hacemos es por amor y por justicia”, resume Ruiz. “Cada persona que atendemos, cada niño que vuelve a sonreír, nos recuerda por qué seguimos aquí”.
Cristello coincide: “La comunidad latina está viva, fuerte y aportando. Pase lo que pase, seguiremos acompañándola”, finalizó.